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Por qué se sigue votando al PSOE

Por menos de la cuarta parte de los desaciertos y desmanes cometidos por el PSOE en el poder, la UCD quedó literalmente volatilizada, y sin embargo, el PSOE continúa existiendo como una potencia política. Otra lección importante de las elecciones a la Comunidad de Madrid es que, pese a la mezcla de bajeza y demagogia barata, realmente tercermundista, con que actuó el PSOE en su campaña, sufrió una escasa pérdida de votos. Y se supone que Madrid es una comunidad muy desarrollada y más ilustrada que, por ejemplo, Extremadura o Andalucía. Si la campaña electoral hubiera coincidido con algún suceso desagradable o algún traspiés importante del PP, probablemente éste no habría alcanzado la mayoría absoluta. Esto significa que está de más cualquier optimismo sobre una mayoría suficiente del PP en las próximas elecciones, cosa lamentable porque sin esa mayoría España entraría en una etapa de seria inestabilidad.
 
Estos hechos plantean la cuestión del por qué de esa resistencia del electorado socialista, capaz de cerrar los ojos a cualquier desafuero de su partido, de tragarse los más evidentes fraudes e ilogismos en la argumentación de sus políticos, o de aceptar la peligrosa y retorcida estupidez de líderes como ZP. Hay sin duda muchas razones para tal fenómeno, pero creo que el denominador común es la misma idea que mantenía en Chile el apoyo a Allende y su banda de demagogos: “son una calamidad, pero son los nuestros”. La idea del PSOE como partido “de los pobres” o “de los trabajadores” frente a la “explotación y la arrogancia de los ricos”, sigue teniendo muchos adeptos, curiosamente entre gente nada pobre, y a pesar de que en España la pobreza propiamente hablando apenas existe.
 
Se trata de una especie de fijación, difícil de superar porque juega con muchas motivaciones personales y subconscientes. Es la idea, cultivada profusamente en España durante decenios, también por algunos sectores eclesiásticos, de que un empresario que crea diez puestos de trabajo es un ladrón, y un sindicalista exaltado que hunde la empresa a base de exigencias desorbitadas y huelgas, es un amigo y defensor de los obreros, de los “pobres”. Si a esa mentalidad se le añaden estereotipos como el del “progreso”, provocadores de auténticos movimientos reflejos en mucha gente, entonces tenemos la combinación perfecta: el PSOE representa a los pobres y el progreso. Sus políticos son “los nuestros”. Todo puede perdonárseles.
 
Esa falsedad genera a su vez falsedades sin fin. Es un derivado de la antidemocrática teoría de la lucha de clases -- origen de la guerra civil--, e influye todavía, incluso en la derecha, después de decenios de cultivo en la propaganda política, la historiografía, el cine, la literatura y la universidad. Ciertamente esa mentalidad ha decaído un tanto, pero no lo bastante, y puede dar más de un susto. Si ha decaído se debe a la dura realidad, que ha demostrado a mucha gente los fallos de sus enfoques; y si pervive es porque no ha chocado con una argumentación eficaz y popular que desmonte sus falacias: la derecha española, con su tradicional pragmatismo a ras de suelo, ha sido incapaz de tal cosa. Pero mientras concepciones tales sigan condicionando la mentalidad de tanta gente, nuestra democracia no estará asentada.