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Por un balance de las autonomías

El estado de las autonomías refleja, presuntamente, la realidad histórica y política española mejor que el estado centralista. El gobierno tradicional español con los Austrias, algo menos con los Borbones, fue muy descentralizado, y los carlistas reivindicaron en el siglo XIX las viejas formas contra el centralismo liberal. El problema cobró nuevos tintes cuando, a principios del siglo XX, tomaron auge los nacionalismos catalán y vasco. Ambos rechazaban a España, el vasco con planes separatistas, y el catalán pensando en una federación ibérica de Lisboa al Ródano, hegemonizada por Cataluña. La primera idea llevaba a la guerra civil, y la segunda era un disparate, pero arraigaron en el ambiente de autodesprecio extendido por España tras el desastre del 98. El nacionalismo ofrecía a los vascos la pretensión de ser una raza superior, explotada por los inferiores "maketos", y pintaba a los catalanes como "avanzados", "europeos" y, en definitiva, también "superiores" sobre la atrasada y derrotada España, de la que psicológicamente se disociaban.

Como observó Cambó, también pesaba en esa actitud la vanidad por la reciente riqueza. Las nuevas doctrinas presentaban a vascos y catalanes como "los únicos que trabajan", en España. Y sin negar el espíritu de empresa, manifiesto entonces en ellos más que en otros, no es menos cierto que su prosperidad se fundó en la cautividad del mercado español, reservado para sus industrias por una política (centralista) de un proteccionismo exagerado. Además, aquel mercado exclusivo provenía de la abolición de los viejos fueros y autonomías feudales, tan llorados por los nacionalistas.

Las contradicciones y dislates históricos y políticos de esos nacionalismos fueron correspondidos en Madrid por ideólogos influyentes, como Costa u Ortega, inventores de una historia pesimista, negadores de la misma realidad nacional española, actitud depresiva solo soportable por una promesa de regeneración, un tanto arbitraria y simple. La combinación de esos talantes, comunes también a los movimientos revolucionarios, hizo de los nacionalismos un problema cada vez más serio, una de las principales causas de las dictaduras y la guerra civil. Madariaga y otros, buscaron la salida en una federación de 12 ó 13 regiones. Ese es el diseño, suavizado, pero en otro sentido empeorado, del actual estado de las autonomías.

Ha pasado casi un cuarto de siglo desde los primeros pasos de ese nuevo estado, y va siendo hora de hacer un balance objetivo de la experiencia. Los nacionalistas vascos y catalanes persisten en la disolución de España, a medio o largo plazo. El resultado ha sido la práctica desaparición de la democracia en Vasconia y fuertes restricciones a ella en Cataluña. En otras regiones se han formado cacicatos y burocracias infladas, proclives a la corrupción y multiplicadoras del gasto público.

Seguramente hay también aspectos positivos, pero los citados son muy reales, y justifican una atención cuidadosa al problema. Los nacionalistas, sectores del PSOE y de la derecha, quieren "avanzar" o "profundizar" en la autonomía. A mi juicio, y no creo ser único, la autonomía ha ido ya demasiado lejos, y donde conviene avanzar es en la democracia y la cohesión de España, peligrosamente debilitadas por los nacionalismos balcanizantes y las burocracias autonómicas. Ese avance no debe realizarlo solo el estado, sino, y sobre todo, la sociedad, promoviendo los muchos medios que existen para ello.

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