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Reivindicación ponderada de Lerroux

El verano último pasé por Villaveza del Agua, pueblo zamorano “humilde y pequeño, desprovisto de encantos, donde se formaron el cimiento de mi naturaleza moral, la base de mi conciencia y la determinación del impulso que me han empujado en los caminos de la vida”, escribe Lerroux. Allí fue éste con un tío cura, a los once años, ejerció de monaguillo con poco celo, y empezó a elaborar su “religión personal”. Pregunté a unos jóvenes por él: ni les sonaba. La gente de edad mediana tenía noticias vagas, y los ancianos bastante mejores. Un señor de más de cien años, a quien no pude ver, conocía muchas anécdotas, me dijeron.

De las grandes figuras de la republica, Lerroux es la que ha salido peor parada de la mano de los historiadores, sean de derecha o de izquierda. Sin embargo, su conducta fue en general respetuosa con la legalidad. No intentó golpes de estado, como Azaña, Companys, Largo o Prieto, ni sobrepaso los límites constitucionales, como Alcalá-Zamora. Trató de asentar el régimen mediante una alianza con la derecha moderada, orientación simétrica de la de Azaña, quien aspiraba a lo mismo aliándose con el PSOE. La estrategia lerrouxiana tenía mejores fundamentos que la de Azana, pues la CEDA, al contrario de los socialistas, mantuvo su moderación aún en trances tan arduos como la insurrección del 34. Asombrosamente, no fue tanto la izquierda como Alcalá-Zamora, conservador afectadamente “progresista”, quien echó por tierra el lerrouxismo y con ello hizo inevitable la guerra.

Nada más revelador que la caída de Lerroux. Su partido, el Radical, muy masonizado, era tachado de corrupto –no sin razones, aunque habría que investigar a sus acusadores-. Pero la sustancia del escándalo que le derribó, el “straperlo”, era insignificante (no digamos si la comparamos con la corrupción de años recientes). En torno a esa pequeñez se asociaron Prieto y Azaña con un chantajista holandés, Strauss, y consiguieron la colaboración de Alcalá-Zamora, quien pensaba que destruyendo al jefe radical heredaría su fuerza política, el mayor partido de centro del régimen. La fabricación de un escándalo formidable sobre unos hechos menores constituyó una maniobra maestra en su estilo. Pero tuvo efectos arrasadores para el régimen, al que privó de su última fuerza estabilizadora.

Al contar estas cosas en una conferencia, una chica me dijo, incrédula, que a ella le habían enseñado que la corrupción del “straperlo” había sido enorme. Así se enseña la historia.

Va siendo hora de poner estas cuestiones en su punto. Por cierto, en los últimos años se han reeditado las memorias de varios protagonistas de la época. No estaría mal reeditar las de Lerroux, las más entretenidas con diferencia, acordes con la vida novelesca del autor.