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Zapatero y la historia

Rojos, digo nazis, digo rojos

Sobre mi anterior artículo, Zerolo, por supuesto..., me objetaba Daniel Rodríguez Herrera que le parecía excesivo calificar de nazi a Zapatero, especialmente porque no había mayores razonamientos en el artículo que lo justificaran. En su opinión, semejante comparación banalizaba lo que hicieron los nazis de verdad, pues daba alas al argumento de "qué poca cosa fueron los nazis, si al fin y al cabo son como Zapatero".

Objeción importante. Sin embargo, mirada más de cerca, la comparación "nazis-rojos" se justifica, en primer lugar por sí misma, en cuanto a los crímenes cometidos por unos y otros, y en segundo lugar por relación con ZP. Este personaje se ha declarado rojo, lo cual significa identificarse con el gulag y, en España, con la destrucción de la legalidad republicana y su consecuencia de las chekas (lo escribo con "k" para diferenciarlo de las habitantes de Chequia, que nada tienen que ver). La autoidentificación de ZP no procede de la ignorancia, pues el individuo ha promovido una ley de exaltación de los chekistas (y los etarras). Debido a su idiotez (Albiac dixit, con acierto) y a su frivolidad niñatesca, Zapo parece poco consciente de las implicaciones, pero esa inconsciencia no mejora las cosas, y en la práctica viene a ser lo mismo: así como el Frente Popular demolió la república, él y su gente están demoliendo las bases de la convivencia democrática instaurada en la transición. Lo hacen mezclando la demagogia y la violencia. Y no me refiero solo a sus asaltos a sedes del PP y demás, sino al eje de su estrategia: la legitimación y el premio a los asesinatos de la ETA. La cual coincide con el Gobierno en su decisión de liquidar la legalidad constitucional salida del franquismo, y por ello ilegítima, según los pensadores sociatas y etarras, rojos unos y otros.

Desde luego, nuestros rojos no han llevado su delincuencia hasta los extremos de los nazis en la guerra mundial, ni es probable que las circunstancias internacionales y nacionales se lo permitan, pero la delincuencia nazi no se limitó, ni mucho menos, al Holocausto. En cierto modo Zapo se parece más a los nazis que a los rojos. Estos últimos, como ha observado Stanley Payne, se caracterizaron por sus asaltos directos al poder, mientras que los nazis siguieron una táctica diferente: conseguir el poder legalmente para, desde él, destruir a conciencia las bases de la democracia. Hitler demostró que se podía hacer, y eso es lo que está haciendo el actual Gobierno español.

Por otra parte, naturalmente, no todos los nazis mataron judíos o cometieron crímenes, ni todos los comunistas y socialistas participaron en las chekas. Las gentes se parecen mucho, al margen de los partidos que escojan, y sin duda había y hay, entre los nazis y entre los rojos, muchas de esas que convencionalmente llamamos buenas personas. Con una de ellas, Fernando Jáuregui, autor de una alucinada Crónica del antifranquismo, sostuve el otro día una pequeña discusión delante de Sánchez Dragó para Noches blancas (saldrá a finales de mayo o principios de junio, creo). Alucinada porque, como de costumbre, los comunistas aparecen como los defensores de la libertad. Partiendo de ahí todo es posible, claro.

Jáuregui argüía que él había militado en el PCE y defendido las libertades. Le contesté que podía haber personas que, autoengañándose, lucharan por la paz dentro del partido nazi, puesto que a Hitler la palabra "paz" no se le caía de los labios. Pero ni el partido comunista ni el partido nazi representaban nada parecido a las libertades o a la paz, y somos ya mayorcitos y con experiencia histórica bastante para saber el significado de esas palabras en boca de rojos y de nazis. O debiéramos serlo.

El autor de la crónica afirmó también que el apoyo de los antifranquistas a la ETA había sido un error, porque no habían entendido bien la realidad del grupo terrorista. Le repliqué: los antifranquistas no se ocuparon de la ETA mientras esta no mataba, y la apoyaron con entusiasmo en cuando comenzó a hacerlo y porque lo hacía. La apoyaron porque asesinaba, pues la propaganda antifranquista en general implicaba, en su ataque al franquismo, la justificación de cualquier violencia. Por lo común, los antifranquistas (comunistas sobre todo) no se atrevieron a practicar el terrorismo, debido a la paliza que habían recibido con el maquis, mediante el cual habían intentado resucitar la guerra civil. Por eso les encantaba un grupo que volvía a la carga asesinando. Y siguen encantados, como han dejado claro con su ley de memoria histórica, sus diálogos y su proceso de paz.

La identificación del rojo Zapo con los nazis no está, pues, fuera de lugar. La primera consecuencia de su política, si la sociedad no la detiene a tiempo, será la involución de la democracia actual hacia una democracia bananera y la progresiva anulación de la nación española. Y a partir de ahí, las consecuencias pueden empeorar mucho más. Luego, los causantes argüirán que ellos tenían "muy buenas intenciones".

Un pueblo que desconoce su historia se condena a repetir lo peor de ella.

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