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Tres mitos innecesarios

No hay duda de que las dos experiencias republicanas en España han sido desastrosas. La primera llegó a amenazar la subsistencia de España como nación, hasta que la disolvió el general Pavía, él mismo republicano. La segunda comenzó por un pronunciamiento militar fallido, cuyo 70 aniversario se ha festejado estos días con un concienzudo olvido, y siguió con una enorme pira de iglesias, bibliotecas, escuelas y obras de arte; luego vinieron varias sangrientas insurrecciones anarquistas, el golpe de Sanjurjo y la insurrección de octubre del 34, primera batalla de la guerra civil, organizada por el PSOE y la Esquerra catalana. Finalmente, tras un tiempo de anarquía extrema que, a juicio del socialista Prieto, no podía soportar el país, la república se derrumbó al reanudarse la guerra civil, organizada por el PSOE y la Esquerra catalana. Finalmente, tras un tiempo de anarquía extrema que, a juicio del socialista Prieto, no podía soportar el país, la república se derrumbó al reanudarse la guerra civil en julio de 1936.

Desde luego, si algún día ha de volver una república, más valdrá que lo haga sobre un frío análisis del pasado, que, en mi opinión, sólo puede conducir al rechazo crítico de aquellas viejas retóricas y tradiciones. En cambio, estos últimos años nos han traído una idealización beata de la II República como ¡ejemplo de democracia! Para entender esa siniestra y estúpida falsificación, sólo hay que recurrir a los testimonios de los prohombres republicanos, empezando por Azaña.

¿A qué obedecen esos cánticos a un régimen tan poco recomendable? Creo que al intento de fabricar un mito que sustituya a otros dos, ya averiados. El primero fue la glorificación del Partido Comunista como el campeón de la lucha contra Franco. Desde luego, al lado de la acción del PCE, la de los demás partidos resulta casi insignificante, pero su ejemplaridad se tambaleó cuando Jorge Semprún expuso algunos rasgos perversos de esa larga lucha, y se derrumbó con el emblemático muro de Berlín. El segundo mito, los célebres “cien años de honradez”, sobrevivió también poco más de una década. El de la república no tiene mayor consistencia que los anteriores, y por tanto es improbable que dure mucho más.

A mi juicio, se trata de mitos innecesarios, intentos de utilizar la historia como arma política arrojadiza. La transición se hizo sobre el principio de que ningún partido iba a pedir cuentas a otros por el pasado, y eso ha hecho posible una democracia relativamente tranquila, que, por fortuna, nada debe a la república. Naturalmente ese acuerdo de enterrar viejas querellas no incluye a la historiografía, que debe rastrear insobornablemente el pasado, no para construir ni destruir mitos, sino para acercarse a la verdad. Pero algunos, especialmente en la izquierda, siguen empeñados en desfigurar la historia por conveniencias políticas. Ello hace más necesario sanear la memoria.