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Salman Rushdie

Un fanático perseguido por fanáticos

Salman Rushdie escribió hace años unos textos burlescos y despreciativos sobre el islam. Los clérigos islámicos pudieron replicar con el mismo tono o con argumentos, pero eligieron condenarlo a muerte e incitar a su asesinato. Una reacción tan brutal y desproporcionada revela el carácter fanático de tales clérigos pero lo más significativo es que en el mundo musulmán se han alzado poquísimas voces protestando contra la tropelía, lo cual revela la extensión del fanatismo en ese ámbito.
 
Ahora, dentro de su campaña permanente contra la Iglesia, El País ha publicado un artículo de Salman Rushdie, pontificando sobre la religión de la forma más simplona y, a su vez, fanática. Rushdie no dice que le persiguen unos clérigos, ni siquiera una religión, sino “la religión”, en general. Y no sólo a él: “la religión nos persigue a todos”. ¿Quiénes son esos “todos”? En los países musulmanes la religión no persigue a casi nadie, porque casi todos los habitantes profesan esa fe. ¿Acaso por ello, por no sentirse perseguidos, dejan de ser “alguien”, dejan de ser personas esos creyentes? Los fanáticos suelen empezar por negar la condición humana a quienes discrepan de ellos, como hace implícitamente Rushdie.
 
Y en los países occidentales el islam ocasiona constantes problemas y amenazas, pero es todavía demasiado débil para erigirse en perseguidor de “todos”. Obviamente, aquí no se refiere Rushdie al Islam, sino al cristianismo, del cual denuncia y mezcla alegremente las guerras de religión francesas, el “nacionalcatolicismo del dictador español Franco”, la guerra civil inglesa o los disturbios irlandeses. Finura de análisis.
 
Escribe Rushdie, como si fuera un argumento definitivo: “Para quienes crecimos en India en el periodo que siguió a los disturbios de la Partición de 1946-1947, tras la creación de los Estados independientes de India y Pakistán, la sombra de aquellas matanzas sigue siendo una espantosa advertencia de lo que los hombres son capaces de hacer en nombre de Dios”. Las matanzas de la India y Pakistán se harían invocando a Dios, pero seguramente también a la Nación, y a las ideologías progresistas y antiimperialistas de la época, en nombre de las cuales el subcontinente indio se independizó de Gran Bretaña. ¿Por qué no carga Rushdie la sangre a la cuenta de esos ideales y sí al de Dios? Los hombres cometen barbaridades invocando a Dios, a la libertad, la igualdad y la fraternidad juntas o por separado, y prácticamente cualquier ideal sirve al respecto. Pero el ideal no queda necesariamente descalificado porque algunos o muchos lo empleen como cobertura del crimen.
 
Y ya que menciona el “nacionalcatolicismo” español, no fue éste sino gente de ideas parecidas a las de Rushdie las que planearon la guerra civil y el exterminio del clero y los creyentes, y no estuvieron lejos de lograr su objetivo. De hecho, las mayores matanzas y tiranías del siglo XX, tanto en países europeos muy civilizados como en los más atrasados, se inspiraron en ideologías ateas o, en general, antirreligiosas. El ateo Rushdie podría dedicar un rato a pensar sobre el fenómeno, muy digno de reflexión.
 
Con magnífico espíritu de tirano, el perseguido novelista dogmatiza que las religiones deben ser recluidas al ámbito privado “al que pertenecen, como tantas otras cosas que son aceptables en privado y entre adultos dueños de su voluntad, pero inaceptables en medio de la plaza del pueblo”. Perfecto. Pero resulta que muchos millones de adultos tan dueños de su voluntad como el novelista piensan de otra manera. ¿Qué harán los rushdies para forzarles a un comportamiento que no desean y que siempre fue aceptado como normal? ¿Quemarán las iglesias y catedrales que tanto les incomodan en medio de la plaza del pueblo? ¿Perseguirán a quienes prediquen su religión…? Bueno, en España, Francia, Rusia y otros lugares ya se ha hecho la prueba, acompañándola de abundante derramamiento de sangre, que no parece perturbar la elevada ética de este fanático perseguido por otros fanáticos.
 
En su simplicidad lindante con la simpleza, el escritor muestra gran preocupación ante el hecho de que la población useña se declare mayoritariamente creyente. Él prefiere la situación europea, donde sólo el 21% de la gente se declara religiosa… según ciertas encuestas. Y cita elogiosamente a Jacques Delors, ex presidente de la Comisión Europea, para quien "el choque entre los creyentes y los no creyentes será un aspecto dominante de las relaciones entre Estados Unidos y Europa en años venideros". La atea Europa desea chocar con la creyente Usa, al parecer. También podría meditar el fanático Rushdie sobre la casualidad de que sean los creyentes useños quienes plantan cara al fanatismo islámico, defienden la democracia en el mundo y salvaron la libertad en la descreída Europa. Los Delors europeos siempre se han encontrado muy a gusto con las tiranías del Tercer Mundo y se han desentendido de sus crímenes, como en su tiempo se desentendieron de los de Stalin, por poner algún ejemplo significativo. El fanatismo es simple, poco útil ante la complejidad de la vida.

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