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Cataluña

Una buena iniciativa

Con ocasión de una conferencia en la Universidad de Barcelona  de la que he hablado en Libertad Digital, tuve ocasión de oír bastantes lamentaciones sobre la opresión nacionalista, difusa pero efectiva,  ejercida en todos los planos, desde  una semicensura  casi unánime en los medios de comunicación, hasta mil aspectos de la vida cotidiana.  Debo reconocer que esas letanías me fastidian un poco, porque llevan al victimismo resentido, tan cultivado por los nacionalistas. Mi consejo –claro que era un consejo  algo facilón, porque  no vivo allí— fue: ¡menos quejas y más acción!  Ahora un amigo barcelonés  me ha enviado esta nota:
  
“La fundación Boscán convoca un premio anual de literatura catalana en castellano o español común, en las modalidades de novela, poesía y teatro.
 
“Al hacerlo, la fundación se ve obligada, con harto dolor, a denunciar un ambiente propagado en los últimos años desde el poder y con enormes medios económicos para  imponer la idea de que no existe otro idioma propio en Cataluña que el catalán, ni otra literatura catalana que la escrita en catalán.
 
“Esta es una interpretación tosca  y fanatizante de Cataluña, pues niega de plano la realidad y pretende borrar siglos de interrelación fructífera entre nosotros y el resto de España. En la medida en que los catalanes nos hemos sentido españoles a lo largo de los siglos, el idioma compartido con las demás regiones no puede sernos extraño ni opuesto al catalán. En la medida en que Cataluña ha contribuido a ese idioma común de mil modos,  no puede renunciar a una espléndida literatura, a un brillante periodismo  etc., de tan larga y fértil tradición en nuestro suelo. En la medida en que  el idioma común nos abre magníficas perspectivas en todos los ámbitos, desde el cultural al económico,  en el mundo entero y  especialmente en América,  sería una locura cultivar hacia él un forzado desdén o  despecho. Es un idioma también nuestro.
 
 “Esa actitud, artificialmente difundida, empobrece a Cataluña y a todos los catalanes, privándonos de una dimensión fundamental de nuestra cultura y de nuestra historia, para sustituirla por un victimismo estéril. Pues si bien no todos los momentos de nuestra relación con el resto de España han sido felices –eso sería imposible en cualquier relación humana–, el balance es eminentemente positivo. Y no nos une sólo el interés material, sino un vínculo mucho más íntimo, que no debe ser roto por ese  sentimiento estrecho y torvo que algunos impulsan muy  equivocadamente.
 
 “Valga la figura del gran Boscán como emblema de nuestra aspiración, que, en definitiva, no consiste en otra cosa que en lograr el reconocimiento de una realidad para todos visible, pero absurdamente rechazada”.
   
Concluye mi comunicante, que por el momento prefiere el anonimato: “Ni la fundación Boscán existe ni se oye por ninguna parte decir estas cosas. Pero ya va siendo hora de que esto cambie, ¿no cree?”. Lo creo.