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Antiamericanismo

La guerra de Estados Unidos contra Irak despertó un viejo fantasma: el antiamericanismo. Pero, a diferencia de otros tiempos, este sentimiento de odio se ha profundizado y globalizado. El odio reúne ahora no solamente a los fanáticos de Al-Qaeda, a los nacionalistas de ultraderecha y la izquierda radical del Tercer Mundo, que ven a Estados Unidos como el “Gran Satán”, culpable de todos los males de la humanidad, sino también a aliados de la “vieja Europa”: Alemania y Francia.

El mismo odio comparten los movimientos pacifistas que surgieron en todas partes, incluso en Estados Unidos, condenando la guerra de Irak. Los pacifistas no ofrecen una alternativa. La “no-guerra” no termina la amenaza que representa Saddam para el mundo, ni elimina la terrible opresión que sufre el pueblo iraquí. Por el contrario, la no-guerra hubiera preparado el campo para futuros ataques terroristas con armas que podrían devastar ciudades enteras.

¿Por qué Saddam, si hay muchos otros dictadores?, preguntan. Saddam no es un déspota más. Es un asesino feroz que ha perseguido y torturado brutalmente a sus adversarios y forzado el genocidio de su pueblo, envenenando con gas a los chiítas y los kurdos. Su partido político se inspiró en el nazismo de Hitler. ¿Por qué los pacifistas no exigen que Saddam sea juzgado por sus crímenes contra la humanidad? No les interesa. Algunos incluso fueron a Bagdad para formar un “escudo humano” en defensa del tirano.

Los pacifistas que queman la bandera de Estados Unidos condenan no tanto la guerra como las libertades individuales en Estados Unidos. El odio a Estados Unidos nace muchas décadas atrás con la absurda teoría marxista de la explotación, que suponía que la prosperidad de un país se consigue con la ruina de otro. Nuestros pueblos son pobres, dicen, porque los norteamericanos son ricos. Por eso la ayuda externa, los créditos de desarrollo de los países ricos a los países pobres, es mirada, no como una colaboración, sino más bien como la “devolución de lo robado” en épocas pasadas. Los países pobres no ven motivo de gratitud hacia Estados Unidos por la ayuda que brindan el Banco Mundial, el BID o el FMI con fondos aportados en gran parte por el pueblo norteamericano.

Pero la economía no es un juego de suma cero, donde lo que gana uno lo pierde otro. En el comercio entre personas o entre países siempre hay una creación efectiva de riqueza que beneficia a todos. Lo que enriquece a los países es el comercio pacífico, no la guerra, como cree la izquierda. Las multinacionales se benefician, no engañando a los pueblos, sino produciendo lo que estos desean. Estados Unidos ha progresado, no mediante la explotación y las guerras, sino gracias a sus libertades individuales, democracia y estado de derecho.

Estados Unidos ha cometido incontables desatinos en sus intervenciones por el mundo. Se ha ganado el odio de muchos. Pero no es ni ha sido nunca una amenaza para la paz mundial. La amenaza es el terrorismo que defienden Saddam, Bin Laden, Corea del Norte. Estados Unidos tampoco es causante de la pobreza de otros pueblos. Estos son pobres porque sus gobernantes saquean el erario, oprimen a los ciudadanos y prohíben las libertades económicas. Los países que liberalizan sus economías crecen y prosperan.

El filósofo francés Bernard-Henri Levy explica que el antiamericanismo es una pasión como las que han dado forma a las peores perversidades de nuestro tiempo. Es una profunda corriente fascista, contra la cual debemos resistir pues su resurgimiento en gran escala es muy peligroso, asegura. El antiamericanismo conlleva frecuentemente el nacionalismo, antisemitismo y racismo en sus peores formas.

Los fundamentalistas musulmanes odian la democracia y la libertad sexual y religiosa de Estados Unidos. Rechazan la tolerancia, la igualdad de derechos de las mujeres y la separación de la Iglesia y el Estado. En el Tercer Mundo odian a Estados Unidos por la desigualdad de riquezas. Y en Alemania y Francia, muchos detestan la libertad económica de Estados Unidos y la modernidad, en favor de un ilusorio “romanticismo naturalista”. Están equivocados. Los pueblos necesitan desesperadamente extender la tolerancia y la libertad.

El antiamericanismo no es solo un error, también es irracional. Implica el odio a lo mejor de Estados Unidos, a la decencia y el coraje de un pueblo que supo romper sus cadenas y construir su progreso alrededor del respeto irrestricto a la libertad, la vida y la propiedad de las personas.

Porfirio Cristaldo es corresponsal de la agencia © AIPE en Asunción (Paraguay).

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