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La izquierda, en contra de los pobres

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Los nuevos socialistas cada vez más defienden posiciones contrarias a los pobres. Los grupos de izquierda, que se oponen a la globalización, no obran en contra de las desigualdades, sino de los más pobres, al negarles los beneficios del libre comercio. Los ecologistas radicales, que frenan el desarrollo industrial para prevenir la contaminación ambiental, no arruinan a las multinacionales, sino a los más pobres, al negarles los frutos del crecimiento. También condenan a los más pobres las trabas a la producción que crean los burócratas para conjurar el calentamiento global y otros desastres imaginarios.

Pero lo más increíble del neosocialismo es su oposición, sin base científica alguna, a la biotecnología y los cultivos genéticamente modificados (GM). Los activistas de izquierda, que prohíben los cultivos GM, no solo dañan a los más pobres, sino que condenan a la miseria y el hambre a los pueblos más atrasados.

En Zambia, tres millones de personas están al borde de la muerte porque su gobierno se niega a distribuirles los cereales que fueran donados por Estados Unidos para combatir el hambre. La razón –según el gobierno– es que estos cereales fueron producidos por la biotecnología y en el futuro podrían presentar algún riesgo para las personas y el ambiente. Y si bien este argumento sólo trata de un riesgo hipotético, el ‘‘principio de precaución’’ que inventaron los socialistas recomienda evitar riesgos desconocidos.

Los gobiernos de otros cinco países africanos con hambrunas prohíben el consumo de cereales GM porque temen que la Unión Europea les rechace luego la exportación de sus cereales, por el riesgo de su contaminación con granos GM de la ayuda humanitaria. No han servido de nada los numerosos estudios realizados por organizaciones científicas que demuestran que los alimentos GM son seguros para la salud humana y el ambiente. Catorce millones de pobres que sufren hambre no pueden alimentarse a causa de las políticas de la Unión Europea, pese a que en los últimos siete años los norteamericanos han estado consumiendo alimentos GM con total confianza.

El conflicto de los cultivos GM es el corolario de una guerra comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea. Desde 1995, la Unión Europea prohibió las importaciones de granos GM de Estados Unidos y Canadá e impuso el etiquetado de los alimentos para proteger a sus productores de la competencia y preservar los nefastos subsidios agrícolas. Consideran que debe prohibirse el consumo de cereales GM por simple precaución, no solo en Europa, sino también en Africa, donde ello puede causar la muerte de millones de personas. La izquierda levantó esta bandera proteccionista en perjuicio de los más pobres.

En Paraguay, la izquierda no se queda atrás. La organización de mujeres rurales e indígenas rechaza el uso de semillas GM, que pese a incrementar la producción –dicen– son un ‘‘verdadero riesgo para la salud de la población’’. La organización impulsa entre sus asociados la producción orgánica de tipo europeo. A los socialistas no les interesa que los cultivos GM sean la única esperanza que tienen los países pobres del trópico de modernizar su agricultura, aumentar su productividad, reducir sus costos y salvar a los campesinos de la miseria.

A diferencia de los países ricos del hemisferio norte que gozan de un clima templado y alta productividad agrícola, sólo los cultivos GM logran prosperar en los climas extremos de las zonas tropicales, con plagas, sequías, inundaciones y suelos pobres y salinos. Los cultivos GM no sólo soportan las altas temperaturas y humedad del trópico, sino que producen altos rendimientos a menor costo, incluso con bajo uso de pesticidas y escasos trabajos de labranza.

Los agricultores de países tropicales, con suelos empobrecidos por la erosión y labranza, no tienen otra posibilidad de progreso que el uso de granos GM. Además, la biotecnología, en un esfuerzo por solucionar el apremiante problema de la salud en los países pobres, está produciendo cereales GM que podrán elaborar mejores vacunas y otros medicamentos.

Por insólito que parezca, la fuerte oposición de la izquierda a los cultivos transgénicos es una cuestión práctica, no ideológica. Tratan a cualquier precio de destruir las bases del pujante capitalismo norteamericano, sustentado en la libre competencia, los mercados abiertos y las continuas innovaciones tecnológicas. Y en esta dura pugna anticapitalista, la izquierda no perdona ni la pobreza ni el hambre.

Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de la agencia AIPE en Asunción (Paraguay).

AIPE

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