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Juan Pablo II

Mi Papa favorito

El mundo nunca estuvo mejor. Nunca antes tantas personas han vivido en libertad y disfrutado de la prosperidad y la tecnología como ahora. Nunca tantos pueblos han vivido en democracia, eligiendo sus gobiernos. Es cierto, todavía hay demasiada pobreza, enfermedades y penuria. Pero la cantidad de personas que salen de la indigencia y la opresión aumenta cada año. En buena medida, esto se lo debemos a Karol Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II.
 
Karol Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en Polonia, trabajó como obrero y ayudó a familias judías a escapar de los nazis. Fue ordenado sacerdote a los 26 años. Se doctoró en filosofía en Roma y regresó a Polonia para resistir al régimen comunista. Conoció el socialismo desde dentro, vio a sus sacerdotes encarcelados y sus templos cerrados; vio cómo en lugar de resolver la miseria, la empeoraba. En 1967, a los 47 años, es nombrado cardenal, y en 1978 es elegido sucesor de San Pedro, quebrando una tradición de cuatro siglos de Papas italianos.
 
Juan Pablo II hizo lo imposible por liberar al mundo del yugo comunista. Colaboró con Ronald Reagan en debilitar a la Unión Soviética y sus satélites, hasta que en 1989 su misión se vio coronada con la caída del Muro de Berlín y, más tarde, en 1991, con el derrumbe del imperio soviético a causa de la ineficiente economía socialista. Millones de personas volvieron a respirar vientos de libertad y esperanza. Y como exponía en su homilía, Europa volvió a ser una otra vez.
 
Pese a ello, Juan Pablo II es rechazado por incontables intelectuales, políticos, grupos de izquierda y los muchos clérigos del "ala progresista" de la iglesia latinoamericana, debido a su condena a los que pretenden identificar catolicismo y socialismo, la lucha de clases con la doctrina de Cristo o aprovechar la fuerza moral de la Iglesia para avanzar sus ideologías. Su mayor ofensa a la izquierda fue la reafirmación en 1991 de la Doctrina Social Católica en la encíclica Centesimus Annus, cien años después de la Rerum Novarum del Papa León XIII.
 
Durante la Revolución Industrial, cuando el capitalismo estaba en auge, el Papa León XIII vio que la defensa de la vida y la dignidad de los trabajadores exigían la protección del derecho a la propiedad privada, al que consideraba un derecho sagrado. En su encíclica Centesimus Annus, Juan Pablo II también explica que la primera obligación del gobierno es garantizar la propiedad y la libertad individual, de manera que quien produce pueda gozar de los frutos de su trabajo con eficiencia y honestidad. Afirma que la falta de seguridad junto con la corrupción y difusión del enriquecimiento ilícito son los obstáculos principales para el desarrollo.
 
Para Juan Pablo II, el socialismo fracasó por estar en contra de la naturaleza humana. Un error antropológico. El socialismo niega la sublime individualidad y creatividad con la que Dios bendijo a cada persona, por lo que propugna el paternalismo, la intervención en la economía y la propiedad estatal. Ello quita responsabilidad a la sociedad y provoca pérdidas de energías humanas, así como el crecimiento exagerado del aparato estatal y su dominio por intereses que sirven a los políticos, no a los pueblos. Por eso el Papa rechaza toda economía que carezca de valores éticos o que no esté encuadrada en un Estado de Derecho al servicio de la libertad.
 
La Iglesia dice que no tiene modelos o programas de gobierno para proponer. No obstante, indica las bases del sistema que deben seguir los cristianos. Los países pobres que buscan la vía del verdadero progreso económico y social –señala– deben seguir una economía libre que reconozca el papel fundamental de la empresa, del mercado, de la propiedad privada, del libre comercio y de la libre creatividad humana en el sector de la economía. La economía libre es la forma más efectiva de satisfacer las necesidades sociales.
 
Mi Papa favorito tiene mucho de libertario, como se ve en su defensa de la vida, la paz, la libertad individual y el gobierno limitado. Una auténtica democracia, dice, es posible sólo en un Estado de Derecho, dado que una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo. ¡Cómo necesitamos tus ideas en este continente de lágrimas, Santo Padre!
 
 
© AIPE
 
Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de la agencia AIPE en Paraguay y presidente del Foro Libertario.

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