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Miedo a la tecnología

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La tenaz propaganda de la izquierda ha logrado convencer a muchos que la globalización, si bien trae algunos beneficios a los países atrasados, conlleva el grave riesgo de ahondar la pobreza de los pueblos y aumentar las desigualdades entre ricos y pobres, debido a que la introducción de nuevas tecnologías y maquinarias de alta productividad, que ahorran mano de obra, conducen frecuentemente al despido masivo de obreros y la destrucción de fuentes de trabajo. El rechazo a la globalización es por eso mayor en los países con alto nivel de desempleo.

Están equivocados. Es increíble cómo esta vieja falsedad tantas veces derribada, cual hierba mala vuelve a surgir con gran fuerza. Y lo que es peor, resurge de mano de los socialistas en los rincones más pobres y atrasados del planeta, donde más daño puede causar. En la larga lucha de más de 250 años entre los paladines del proteccionismo y los defensores del libre comercio se ha demostrado hasta el cansancio que las maquinarias y los avances tecnológicos crean, no desempleo como denuncian los estatistas, sino bienestar para todos.

La idea misma es irracional. Si fuera cierto que el progreso tecnológico y las máquinas traen desempleo y pobreza, la humanidad hubiera permanecido en la edad de piedra. ¿Para qué utilizar bueyes si ello ahorra mano de obra? ¿Para qué inventar la rueda si arrastrando las cargas se usan más obreros?

Pese al absurdo, culpar a la tecnología y la innovación de la falta de empleos es una idea que fácilmente se arraiga en los pueblos. Desde comienzos de la Revolución Industrial, con cada nuevo progreso tecnológico grupos furibundos de obreros y artesanos asaltaban las fábricas y destrozaban las maquinarias, por que éstas, al economizar trabajo, dejaban a los obreros sin empleo. No podían ver que al economizar trabajo crecen la eficiencia, la riqueza, el empleo y los ingresos.

La introducción de nuevas tecnologías y maquinarias, si bien puede ocasionar temporalmente una reducción del empleo en un sector, al aumentar la producción indefectiblemente se origina un incremento del empleo total y el mejoramiento del nivel de vida. La mayor competencia que comienza con el aumento de la productividad, reduce los precios, sube la demanda en el sector afectado e incrementa la producción. A su vez, la mayor producción crea nuevas fuentes de trabajo en la economía y origina el aumento de los salarios reales. Esta es la forma en que progresan los pueblos.

El uso de tecnologías modernas, no sólo aumenta la productividad de la economía y trae prosperidad a los países, como evidencia la historia, sino que es un proceso que beneficia principalmente a los trabajadores al elevar los salarios. Cada vez que se invierten nuevos capitales aumenta la producción, el empleo, los salarios y el nivel de vida. Un obrero, haciendo el mismo trabajo, recibe un ingreso veinte veces mayor en Estados Unidos que en Paraguay por la única razón que en Norteamérica la tasa de capital por habitante es mucho mayor. Allá el obrero maneja un tractor y aquí tiene una pala.

La globalización ocasiona dificultades momentáneas en algunos sectores, como ocurre con toda innovación tecnológica, pero en definitiva favorece a todos. Al permitir el libre flujo de bienes, servicios, capitales y tecnología entre países, la globalización se convierte en una poderosa fuerza para salvar a los pueblos de la pobreza. La ampliación de los mercados y las exportaciones crean numerosas oportunidades de trabajo. El aumento del salario permite acceder a más bienes y a precios más bajos, mejorando las condiciones de los más pobres.

Si la globalización es fundamental para mejorar el nivel de vida de los pueblos, ¿por qué son tantos y tan vehementes los grupos que rechazan la globalización? Lo mismo podemos preguntarnos del libre comercio. No le faltan enemigos, pese a que todo economista competente sabe que el libre comercio es esencial para impulsar el desarrollo económico. La historia demuestra que el libre comercio crea prosperidad a los países. Aún así, son pocos los gobiernos que apoyan la globalización y menos los que han liberalizado unilateralmente el comercio, eliminando barreras arancelarias que perjudican principalmente a los más pobres.

Los estatistas y socialistas en todas partes continúan defendiendo los privilegios, subsidios y las medidas proteccionistas para sus industrias, como en las épocas de Luis XIV. Ya no salen a las calles a destrozar las “terribles máquinas” que causan desempleo, pero destrozan las esperanzas de los pobres.

Porfirio Cristaldo es corresponsal de la agencia © AIPE en Asunción (Paraguay)

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