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Paradoja de la pobreza

Una vez que los países comienzan a liberar y privatizar sus economías, aumentan las inversiones, se crean empleos, suben los ingresos de los trabajadores, se acelera el crecimiento y mejora el nivel de vida de la gente.

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Los economistas definen la pobreza como un nivel de ingresos menor a dos dólares por día o menor a un dólar por día en el caso de la pobreza extrema. La realidad es mucho peor que eso; es tragedia, desgracia, sufrimiento e infortunio. La pobreza deshumaniza, corrompe la moral, mata. Pero lo peor, quizás, es que algunos siguen creyendo que la pobreza es como el cáncer, que la ciencia todavía no logró descubrir su remedio o que no tiene cura. Esta es la idea que alientan los gobiernos del Tercer Mundo.

Las personas se sorprenden cuando se les explica que la medicación para la pobreza se divulgó ya hace más de 230 años, cuando el filósofo moral Adam Smith publicó La investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. La medicación prescrita por el fundador de la economía política para impulsar el crecimiento y traer prosperidad es la libertad económica. La medicina milagrosa ha sido muy efectiva: todos los países que la aplicaron han logrado salir de la pobreza.

Adam Smith enseñó que si los gobiernos se abstienen de intervenir en la economía, permitiendo a las personas buscar libremente su propio interés, sus esfuerzos terminarían beneficiando a todos. En un mercado libre, en el que la intervención del gobierno es mínima, los productores compiten entre sí para ofrecer a los consumidores los bienes y servicios de mejor calidad y menor precio. Así, buscando su propia ganancia y obligados por la competencia, productores y empresarios acaban favoreciendo a la sociedad mejor que si esa hubiera sido su intención original.

La libertad económica incluye la libertad de trabajar, contratar, comprar y vender, importar y exportar sin trabas ni impuestos, disponer libremente y con seguridad de la propiedad privada, tener una moneda sana, pagar pocos y bajos tributos en relación a los servicios públicos ofrecidos, así como otros derechos que los gobiernos de países pobres restringen inútil y perniciosamente con regulaciones, leyes, protecciones, subsidios, altos impuestos, burocracia y corrupción, todo, supuestamente, para evitar el caos en la economía y defender a los sectores más débiles de la explotación de los más ricos.

El resultado de la intervención es exactamente el contrario a ese objetivo. Los países donde más intervienen los gobiernos y menor libertad económica tienen las personas, no solo son los más pobres, sino también los más injustos, corruptos y caóticos. No hay excepción. Los grandes beneficios de la política económica liberal son muy claros. Una vez que los países comienzan a liberar y privatizar sus economías, aumentan las inversiones, se crean empleos, suben los ingresos de los trabajadores, se acelera el crecimiento y mejora el nivel de vida de la gente. Millones de personas han salido de la miseria y el hambre en las últimas décadas en China e India, gracias a un mínimo aumento de la libertad de trabajar.

¿Es sólo por ignorancia o por error ideológico que los gobernantes no promueven la libertad económica para salir de la pobreza? No. Es peor que eso. La liberalización de la economía no se ha generalizado en el Tercer Mundo porque los dirigentes rechacen el capitalismo, sino debido a que afecta los intereses partidarios y personales de los políticos y los privilegios que los grupos de poder económico disfrutan desde hace siglos.

Las élites entienden que el estatismo solo trae estancamiento y miseria. Los ejemplos están a la vista. Pero se niegan a abandonar el estatismo que corrompe a la sociedad, debilita la democracia y mata la libertad económica y el progreso porque es fuente de votos y poder. El estatismo no solo preserva los mercados cautivos, franquicias, subsidios y protecciones de sectores privilegiados, sino que provee a los gobernantes desde contratos para empresarios amigos hasta cargos públicos para su clientela política, coimas para funcionarios, policías y jueces mal pagados y grandes fortunas depositadas en Suiza.

Detrás de la pobreza en el mundo se esconde la corrupción de políticos populistas que prometen el paraíso terrenal, pero solo proporcionan desventura, violencia y miseria. Solo la libertad trae prosperidad.

 

© AIPE
 
Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de la agencia AIPE en Paraguay y presidente del Foro Libertario.

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