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Paraguay

Salir del estatismo

Una vieja costumbre del populismo latinoamericano es atacar a fantasmas para no hacer frente a la realidad. Nicanor Duarte Frutos, nuevo presidente de Paraguay, encontró una fórmula para solucionar la recesión, desempleo, crisis fiscal y pobreza que agobian al país: encarar una tenaz lucha contra el “cáncer del capitalismo neoliberal”. Algo parecido hacen Chávez en Venezuela y Kirchner en Argentina. Pero no hablan en serio.

El que hundió al país en la miseria fue el estatismo, en todas sus formas, totalitario o democrático, militar o civil, de derecha o izquierda. El capitalismo, en cambio, está tan lejos de Paraguay como las tormentas de nieve y la estrella del norte. Y del siniestro vocablo neoliberalismo se sabe aún menos. Pero los paraguayos sí saben del desmedido afán de poder y riquezas de los políticos y del clientelismo y la corrupción que se arraigaron en los 35 años de la dictadura estatista de Stroessner.

En Paraguay el estatismo es muy antiguo. El 15 agosto de 1537, cuando se fundaba el Fuerte Nuestra Señora de la Asunción en las ricas tierras del cacique Lambaré, el estatismo mercantilista ya se había extendido como epidemia en el nuevo continente. Los españoles se llevaron el oro a España, repartieron las tierras y usaron a los indios en sus estancias y yerbatales como esclavos. Curiosamente, en esos años, en reacción a la opresión de los indígenas nacía el liberalismo económico en el mundo, más tarde conocido como capitalismo. En la Universidad de Salamanca (España), los escolásticos, monjes dominicos y jesuitas, enseñaban que la ley natural defiende la igualdad de los indígenas, aún de los no creyentes, que el Estado no debe intervenir en la economía, que los reyes no deben confiscar las tierras de sus súbditos, ni crear monopolios estatales o nuevos impuestos sin el consentimiento popular, ni subsidiar a grupos privilegiados, devaluar la moneda o caer en el déficit fiscal.

Tres siglos de estatismo exterminaron las tribus guaraníes. El mercantilismo en Paraguay engendró luego a dictadores, el “caraí Francia” que prohibió el comercio e intervino toda la vida económica, a los López, los caudillos, el militarismo, y, finalmente, a Stroessner. Las empresas del Rey se volvieron las empresas del Estado, y las prerrogativas reales, los privilegios políticos. El estatismo, la opresión y el atraso se imponen así desde la colonia hasta el presente. Y si bien hubo connotados liberales, como José Segundo Decoud y Eusebio Ayala, pocos fueron defensores del capitalismo que engendra progreso.

En el capitalismo la gente sencilla trabaja, produce e intercambia el fruto de su esfuerzo, libre y voluntariamente, en forma pacífica e igualitaria. El estatismo, en cambio, origina una economía de privilegio, proclive a la violencia, en la que los políticos se disputan el botín estatal y obtienen votos de los grupos de presión a cambio de asignaciones presupuestarias, cargos públicos y leyes populistas que benefician a unos en perjuicio de muchos. Ello ha causado la crisis fiscal, el endeudamiento excesivo, la desocupación, la pobreza, la corrupción y la sobrepoblación de funcionarios.

Los seudo empresarios que viven colgados del saco del “papá Estado” buscando créditos blandos, protecciones y franquicias podrán tener mucho capital, pero no son capitalistas. Al igual que los contrabandistas, evasores y falsificadores, éstos manejan la política, financian campañas electorales, nombran ministros y consiguen subsidios a expensas de la población, como lo hacían los cortesanos del mercantilismo europeo del siglo XVI.

Los verdaderos empresarios no se meten en política, a los gobiernos sólo piden estabilidad, garantías a la propiedad, justicia honesta, moneda sana, bajos impuestos, que les dejen producir y competir sin interferencias. El empresario que aplica su ingenio y arriesga su patrimonio en la producción, creando riquezas, oportunidades, empleos y mejorando el nivel de vida de la gente es uno de los pilares de la democracia capitalista que se impuso en mundo, después del derrumbe del socialismo en los años 1990.

Paraguay está hundido a causa del estatismo. El presidente Nicanor, para sacar a su pueblo de la indigencia, debiera declararle la guerra al estatismo, no al capitalismo. Todas las democracias capitalistas son prósperas y libres. Los estatismos están como Venezuela, Argentina, Cuba.

Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de © AIPE en Asunción y presidente del Foro Libertario.

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