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Los misiles de Trump: justos, necesarios, insuficientes

Este ataque entierra la doctrina Obama que tantos males ha generado para Oriente Medio.

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Evaluación de los daños en la base de Shayrat | EFE

La orden del Presidente Trump de lanzar un ataque de 59 misiles de crucero contra la base área de Shayrat, desde donde se había originado el bombardeo con gas sarín por parte de la aviación de Basher el Assad el pasado jueves, ha sido recibida como una auténtica sorpresa. Por un lado, era conocida la postura de Trump, contraria a una intervención militar en Siria; por otro, sus postulados de "América Primero" y el énfasis en basar sus acciones en la defensa de intereses concretos y no de valores abstractos, mostrarían la idea de una política marcada por el aislacionismo.

Y, sin embargo, aún antes de llegar a los primeros cien días de su mandato, Trump se ha puesto sin titubear el gorro de Comandante en Jefe y no ha vacilado en ordenar su primera acción militar.

Para los pacifistas de toda la vida, su pecado estriba en el carácter unilateral de la acción, adoptada por América sin pasar por ningún organismo multilateral, como la ineficaz ONU, o sin consultar a sus aliados. Para los halcones tradicionales, como el analista del Council of Foreign Relations, Max Boot, la acción no sólo estaría malamente motivada -según él, respondería a la necesidad emocional de hacer algo frente a las imágenes televisivas de la barbarie- sino que también habría resultado ineficaz: la pista de la base aérea ha seguido operativa, y una acción tan limitada no altera el curso del conflicto sirio.

Nosotros estamos firmemente convencidos de que ambas posturas críticas están muy equivocadas. No sólo porque la historia militar nos enseña que en ocasiones acciones limitadas tienen repercusiones de alcance estratégico (como sucedió con el bombardeo sobre Trípoli ordenado por Ronald Reagan el 14 de abril de 1986, que modificó sustancialmente el comportamiento internacional de Gaddafi); sino porque esta acción contra la fuerza aérea del régimen de Damasco cuenta con derivadas que la trascienden y que deberían tener consecuencias muy positivas en Siria, en la región y en todo el mundo. A pesar de haber sido un ataque muy limitado tanto por los medios empleados como por los objetivos políticos declarados, tiene aspectos positivos.

Un ataque justo, necesario y oportuno

Hay varias cosas que nos parecen dignas de destacar y que nos llevan no sólo a apoyar esta acción militar de Trump, sino a ser optimistas sobre sus consecuencias.

En primer lugar, este ataque entierra la doctrina Obama que tantos males ha generado para Oriente Medio. Obama llegó a La Casa Blanca con dos prejuicios profundamente instalados en su cabeza. A saber, que la presencia americana en el Medio Oriente era perniciosa; y que las acciones militares causaban más problemas de los que resolvían. No es este el momento de recordar lo desgraciadamente coherente y fiel a sí mismo que fue el Presidente Obama en sus ocho años de mandato. Nos basta decir ahora que sus ideas acaban de ser enterradas en la práctica: al presidente Trump ni le parece malo que América sea un actor relevante en la zona, ni le parece equivocado el empleo de la fuerza militar para buscar soluciones a determinados problemas. Puede que sea prematuro decir que América ha vuelto, pero todo movimiento exige un primer paso por pequeño que éste sea. Y el ataque del pasado jueves claramente rompe con la política de los ocho años de parálisis de Obama. Es una buena noticia.

En segundo lugar, aunque un ataque como éste no puede alterar sustancialmente el curso de la guerra en Siria, sí puede frenar y prevenir un nuevo uso de armas químicas en Siria: no sólo en Siria, sino en cualquier otra parte. El uso de armas químicas es un crimen espantoso, y ningún Presidente debe quedarse de brazos cruzados ante su uso. Obama trazó una raya roja sobre el empleo de las mismas que nunca se atrevió a sostener, prefiriendo engañarse con un proceso de desarme que, como hemos sabido poco a poco, nunca se cumplió: a pesar de lo acordado en la resolución 2118 de las Naciones Unidas, Basher el Assad no entregó para su destrucción la totalidad de su arsenal de agentes químicos y, sin embargo no sufrió castigo alguno por su incumplimiento. Pues bien, con el ataque del pasado jueves ha perdido en menos de una hora el 20% de sus aviones en estado operativo. Y no sólo eso: sabe que poco podría hacer frente a otro ataque de este tipo. Dicho de otra manera, la acción de Trump hará que se piense muy mucho volver a recurrir a armas químicas. Es más, cualquier otro que pudiera sentirse tentado por emplearlas en cualquier otra parte del mundo sabe que los Estados Unidos seguramente actuarían con igual contundencia contra ellos. Trump no sólo logra salvar muchas vidas de inocentes que sin su acción hubieran sido con toda seguridad gaseados por el Assad, sino que refuerza globalmente la prohibición internacional de utilizar armamento químico.

En tercer lugar, con su orden el Presidente Trump refuerza la imprevisibilidad estratégica americana. Como ha escrito el editor de The Atlantic, Jeffrey Goldberg, con este ataque Trump se convierte en un "aislacionista intervencionista". En un mundo bipolar, rígido, la previsibilidad es un valor indiscutible, pero en un mundo "apolar", donde cada uno de los principales actores se mueve según sus propias reglas, la capacidad de sorpresa estratégica se convierte en una ventaja neta: cuando se duda de la reacción de un posible adversario capaz de actuar, se tiende a ser más moderado, porque incluso una minucia puede conllevar una reacción devastadora. Desde el final de la Guerra Fría, grupos terroristas y "estados gamberros" han usado la previsibilidad occidental contra Occidente. Ahora sabemos que esto no tiene por qué ser así.

En este caso concreto, la cuestión es bien sencilla: ¿cómo podría ahora estar seguro el dictador norcoreano Kim Jong-Un de que América va a quedarse impasible frente a alguna de sus provocaciones? ¿O qué pensaran los ayatollas iraníes sobre cómo va a reaccionar Donald Trump cuando los botes de su Guardia revolucionaria molesten otra vez a los barcos de la US Navy en aguas del Golfo? Cuando estos países no cumplen las reglas del juego, la incertidumbre ante la reacción se convierte es un as estratégico en manos del nuevo presidente americano: una nueva forma de disuasión.

En cuarto lugar, la acción militar de Trump deja claro que América puede actuar allí donde lo crea necesario a pesar de la presencia rusa en el teatro de operaciones. Moscú no es ya un elemento paralizador para las Fuerzas Armadas norteamericanas como lo era para Obama. Cierto, para evitar una fricción innecesaria, se comunicó a Rusia que se iba a proceder al ataque, ya que en la base de Shayrat se encontraban soldados rusos y nadie en Washington quería provocarles ningún tipo de daño. Ahora bien, hacerles partícipes de la acción con el fin de que evacuaran el aeródromo militar no supuso ninguna negociación ni chalaneo sobre el ataque. Putin poco pudo hacer para paralizarlo, salvo poner a salvo a sus soldados ante la tormenta de fuego que se les venía encima. Y poco ha podido hacer después, más allá de subir el tono de su retórica, para contrarrestar sus implicaciones. El secretario de estado Tillerson visitará Moscú menos de una semana después del bombardeo y lejos de viajar más débil, el uso de la fuerza en Siria le otorga una mayor credibilidad frente a unos líderes en Moscú que entienden bien el lenguaje de la fuerza. Desde septiembre de 2015 la Rusia de Putin había vuelto al Oriente Medio y ya se creía la única superpotencia en la zona. Ha dejado de ser así de la noche a la mañana.

En quinto lugar, Trump acaba con otro de los mitos de Obama y los líderes post-modernos: el de que nada se consigue con el uso de las armas. Los misiles Tomahawks no sólo han resultado exitosos alcanzando sus objetivos (James Mattis, el secretario de defensa, ha dicho que han acabado con la quinta parte de los aviones operativos de Assad, que han destrozado los depósitos y los sistemas de repostaje, y que han pulverizado los sistemas de defensa aérea de la base. Es decir, que aunque la pista no fuese destruida, la base carece ya del valor militar previo). La acción militar ha dejado clara la superioridad tecnológica del arsenal de la democracia americana. Es más, esta acción aparentemente puntual, puede cambiar la situación política tanto en Siria como en la región si consigue introducir una cuña entre el régimen de Damasco y Moscú y entre Moscú y Teherán, el eje más peligroso desde el final de la guerra fría. Que Putin se avenga a ello es hoy más probable gracias al ataque ordenado por Trump. Y es que las armas sí pueden forzar a la diplomacia y transformar la política.

Un ataque insuficiente: lo necesario ahora

Como muchos apuntan, esta acción puntual no sirve para definir todavía una Doctrina Trump con mayúsculas. Es más, si a pesar de sus muchas y buenas implicaciones de las que sólo hemos dado cuenta de una pocas, este ataque pasa a ser un hecho aislado, la ventaja adquirida en estos pocos días acabará por esfumarse. Un ataque cambia las cosas, pero para que el cambio sea permanente, necesita una estrategia. Creemos que vamos en esa dirección. Para sorpresa de muchos, la atención que el presidente americano da a la región es innegable. También tiene clara su visión de quienes son sus verdaderos aliados y los enemigos en la zona. La cuestión ahora es implementar las medidas de manera prudente para mantener lo ganado y obtener más beneficios: saber actuar militarmente de manera mesurada y tener resultados estratégicos decisivos. Ese es el planteamiento sobre el que sabemos se esfuerza su equipo de seguridad nacional, y que puede marcar un antes y un después en la forma de entender la acción exterior de los Estados Unidos.

Pero como suele decirse, ganar la guerra es una cosa, asegurar la paz otra bien distinta. Hasta ahora, el planteamiento de La Casa Blanca era dar con un plan para eliminar de una vez por todas al Estado Islámico. Y es necesario: siempre y cuando se tenga en cuenta que el vacío que deje el EI no lo deberían cubrir los enemigos de América y Occidente, esto es, ni Basher el Assad, ni Irán, ni el criminal de guerra ni el estado patrocinador del terrorismo. Cómo forzar a Moscú para que colabore con este fin exigirá una diplomacia muy fina por parte de Washington: nuevas acciones militares podrían ser de ayuda.

La segunda gran cuestión pendiente es Irán. Porque realmente Irán está embarcada en una operación de largo alcance para establecer un creciente chií que abarque desde el Golfo al Levante y cuyos actores respondan a los intereses y el mandato iraní. De hecho, no hay problema en la región donde no aparezca su mano negra. Impedir que se aproveche del caos y que, bajo el paraguas del acuerdo sobre su programa atómico, avance hacia un arsenal nuclear en pocos años es un asunto que cuanto antes aborde la administración de América, más sencillo le resultará resolverlo. Las pretensiones iraníes deben ser frenadas cuanto antes, y la forma de hacerlo es con una presencia creíble de Estados Unidos en la región.

Por último, Trump tiene que liderar con su visión de que el terrorismo yihadista es un grave problema. Obama creía que la raíz del mismo se encontraba en la pobreza y en nuestra Historia. El resultado está a la vista: avance yihadista, terror en Europa, división y desconcierto en todo Oriente Medio. Trump por el contrario ha sido claro al recordar que el problema es el islamismo. Ahora está en una situación ideal para aglutinar a los líderes pragmáticos del mundo árabe para empezar a cambiar la narrativa imperante del odio, la radicalización y el fundamentalismo.

Nada de esto está directamente relacionado con el ataque de misiles de la semana pasada, pero si lo está indirectamente. Una golondrina no hace primavera, pero anuncia el buen tiempo. Está en manos de Trump dar continuidad al éxito del ataque sobre Shayrat, y usar el poderío demostrado como palanca en la región, con una estrategia amplia y coherente. Estamos convencidos de que es cuestión de tiempo.

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