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El terrorismo es palestino, pero se castiga a Israel

Es fácil para el mundo culpar a Israel de todos los problemas. Pero no es correcto. De hecho, es una grave equivocación.

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EFE

Es fácil para el mundo culpar a Israel de todos los problemas. Es fácil para muchos de nuestros líderes culpar a Israel del fracaso del proceso de paz con los palestinos. Pero no por fácil es correcto. De hecho, es una grave equivocación.

Es fácil pensar que la comunidad internacional, las organizaciones multilaterales, como la ONU, o las conferencias internacionales pueden imponer una solución a las partes y poner fin, así, a los conflictos. Pero si las partes no quieren, si los conflictos no están lo suficientemente maduros, no hay solución posible. De hecho, una paz duradera, la verdadera paz, sólo puede ser el fruto de negociaciones directas entre las partes implicadas y los acuerdos a los que libremente lleguen.

Por eso la paz entre israelíes y palestinos no necesita más planes o conferencias como la que se va a celebrar en París este 15 de enero, auspiciada por el presidente Hollande. Lo que sí requiere son dos partes verdaderamente comprometidas a negociar. Desgraciadamente, no es el caso. Desde hace unos pocos años, los responsables de la Autoridad Palestina han elegido no sentarse a negociar con el Gobierno israelí y emprender una campaña unilateral para que sea la comunidad internacional la que imponga su reconocimiento como Estado soberano sin tener que hacer las concesiones típicas que toda negociación conlleva. ¿Para qué negociar con los israelíes si el mundo les puede servir su Estado en bandeja de plata sin pagar precio alguno?

Esta Conferencia de París puede que nazca de la buena voluntad, pero va a celebrarse en un pésimo momento. Por un lado, la Resolución 2334, adoptada recientemente por el Consejo de Seguridad de la ONU con el impulso del presidente americano Barack Hussein Obama, ha hecho suya la narrativa palestina de que el núcleo del problema se reduce a una cuestión geográfica: los asentamientos en Cisjordania y las fronteras de 1967. Pero esa es una interpretación que no se sostiene. Cada vez que Israel ha cedido tierra en aras de la paz, sólo ha obtenido más terrorismo. El caso más agudo y visible es la franja de Gaza: desde que Israel culminó su salida unilateral en 2005, Hamás gobierna en dicho territorio con total impunidad y los ataques contra Israel no han dejado de sucederse. Miles de cohetes y misiles han sido lanzados desde Gaza contra poblaciones civiles de Israel. Si todo se redujera a una cuestión de suelo, los palestinos deberían haber aceptado las generosas ofertas que en 2000 y 2008 realizaron Ehud Barak y Ehud Olmert, ambos dispuestos a renunciar al 98% del territorio en disputa.

Es fácil creer que el conflicto se puede reducir a una cuestión de territorios. Pero es falso. La realidad es otra. El verdadero problema es que los palestinos no quieren conceder lo mínimoque quieren los israelíes, a saber, que reconozcan a Israel como el Estado del pueblo judío. Algo tan básico como eso, ni más ni menos. Exigir a Israel que renuncie al Muro de las Lamentaciones y otros lugares que están en la raíz del judaísmo, además de un sinsentido histórico, es un paso en falso. Los palestinos hoy piden Jerusalén Este, mañana pedirán toda la ciudad y más tarde todo el país. Porque, de hecho, eso es lo que se enseña en su propaganda. Los libros de texto de los escolares, pagados todos con el dinero de los contribuyentes de la UE, están trufados de odio, incitación a la violencia y de puro negacionismo de Israel y del pueblo judío.

La paz no puede salir de la incitación al odio y la violencia. Y bien harían los participantes en esta reunión de París en exigir a los dirigentes palestinos que pongan fin a sus campañas y adoctrinamientos contra Israel y que asuman de una vez por todas que Israel fue creado como la patria del pueblo judío y que va a continuar siéndolo. Y que cuanto antes lo acepten, antes podrán alcanzar un acuerdo con el Gobierno de Jerusalén sobre el trazado de sus fronteras.

Igualmente, bien haría esta conferencia internacional en exigir que el Estado palestino cuente con unas instituciones transparentes, libres de corrupción y que defiendan la tolerancia y la convivencia pacífica con su vecina Israel. Ninguna democracia liberal puede darse por satisfecha si lo que establece y reconoce es un nido de corrupción, nepotismo, discriminación y violencia. No deja de ser una paradoja que todo lo que no pasamos a nuestros Gobiernos estemos dispuestos a perdonárselo a los palestinos. Conviene recordar, por ejemplo, que Mahmud Abás (Abu Mazen para los suyos) fue elegido para un mandato de cuatro años, lleva ya doce y se niega a convocar unas elecciones que, de todas a todas, perdería.

En fin, esta reunión auspiciada por el presidente Hollande tiene lugar en un pésimo momento. El pasado domingo un yihadista atentó mortalmente en Jerusalén, atropellando con saña a un grupo de jóvenes soldados. Como otros hicieron en Niza o más recientemente en el mercado navideño en Berlín. Israel viene sufriendo este tipo de ataques terroristas de baja intensidad a lo largo de los dos últimos años, pero sólo cuando los atropellos o acuchillamientos han sucedido en suelo europeo hemos empezado a considerarlos terrorismo. Así y con todo, lo que nos parece del todo condenable cuando pasa entre nosotros tiende a relativizarse cuando las víctimas son judíos o israelíes.

No es la hora de castigar o presionar a Israel. Por dos razones. En primer lugar, porque cuanto más crean los palestinos que Israel está aislado, más tentados se verán a incrementar la violencia contra Israel. Pasó con Arafat en el año 2000, cuando eligió lanzar la Segunda Intifada antes de que firmar un generoso acuerdo de paz auspiciado por Bill Clinton. Y volverá a pasar ahora si continuamos culpando y deslegitimando a Jerusalén. La Autoridad Palestina no ha condenado el último atentado, y eso no es lógico de alguien que quiere presentarse como un negociador amante de la paz. Hamás, cuyo fin último es la destrucción de Israel, ha festejado el ataque y pedido más sangre judía. En segundo lugar, porque aislar a Israel significa perder para nosotros tal vez el mejor aliado que tenemos para hacer frente a la amenaza yihadista. No en vano los israelíes la vienen sufriendo en sus carnes desde hace décadas y han sabido desarrollar todo un sistema para hacerle frente. Sistema del que nosotros podríamos aprender bastante. El verano pasado tuve la oportunidad de viajar a Israel con un grupo de exdirectores de policía y agencias de contraterrorismo de una decena de países para estudiar el sistema de seguridad interna de Israel, en un momento para Europa en que las fronteras externas e internas, en lo que se refiere a la amenaza yihadista, han dejado de tener sentido. El estudio Fighting Terror Effectively, publicado recientemente por ese High Level Home Front Group, lo deja bien claro: en Europa podemos y debemos incorporar muchos de los procedimientos empleados por Israel.

Esta conferencia, por bienintencionada que sea, es altamente contraproducente porque no puede producir ningún resultado que acerque la paz entre israelíes y palestinos. Al contrario, puede alimentar más violencia y rechazo mutuo, justo lo contrario de lo que pretende. No basta con querer el bien de los demás, hay que saber hacerlo. El anterior ministro español de Exteriores seguramente era incapaz de distinguirlo, Alfonso Dastis sí debería serlo. Ya permitió que España votara una resolución tan surreal como irreal; sería deseable que instruyera acertadamente ahora a nuestro representante en París y dijera lo que es de sentido común: toda conferencia sobre el proceso de paz que no cuente con la presencia de Israel es un ejercicio absurdo, y toda paz que no salga de unas negociaciones directas entre israelíes y palestinos es una peligrosa quimera.

© Revista El Medio

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