
A los camisas pardas de la Esquerra, bastaría con recordarles que Barcelona es la única ciudad en la que han funcionado de forma simultánea tres plazas de toros, a las que asistía con regularidad Companys, fundador de ERC.
Prohibido prohibir fue uno de los sesudos eslóganes de Mayo del 68. Parece que sus autoproclamados herederos –los escombros de eso que antes se llamaba izquierda– no alcanzan a comprender tan compleja aseveración. Quizá sea pedirles mucho, no quiero pecar de exigente, pero con motivo del reciente cuadragésimo aniversario de la peculiar revolución parisina, el oficialismo progre lo celebró como propio. Luego, cuando llegan al Gobierno lo único que no prohíben es prohibir. ¡Lo han intentado hasta con las hamburguesas! Mucho me temo que este viernes el Parlamento catalán prohibirá la Fiesta de los Toros en una de las regiones más taurinas de España. Ojalá me equivoque.
Detrás de la justificación animalista se esconde el antiespañolismo enfermizo de la cleptocracia que detenta el poder en Cataluña. Me resulta difícil discernir cuál de los dos argumentos revela mayor estulticia. Del primero hay una versión radical que sostiene que los animales deben tener los mismos derechos que los humanos. Quien se considere a sí mismo igual a un cerdo, es muy libre de hacerlo; yo ahí no entro; que entre, si se tercia, un señor psiquiatra. La más extendida, que no por bienintencionada deja de ser disparatada, se basa en el sufrimiento del animal durante la corrida. Un toro llega a la plaza tras cinco años de lujo en la dehesa y la lidia dura apenas 20 minutos. Visiten ustedes cualquier explotación ganadera y piensen qué vida preferirían, ¿la del toro bravo, o quizá la de un pollo de esos que no salen de un cajón en su muy corta vida? ¿Media hora, o toda una vida de tortura? Sufrimiento, el del astado en la plaza, moderado por su propia genética.Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.
