La ciénaga

Esto lo arregla Franco

Lo de la sociedad española con el franquismo es pura esquizofrenia. Con el dictador vivo sólo cuatro gatos –buena parte de ellos están hoy en posiciones liberal-conservadoras, asqueados de la izquierda– se la jugaban frente a la pasividad de la mayoría, que no estaba por eso de "meterse en política". Ahora, con Franco 35 años bajo tierra parece que nada mola más que declararse antifranquista. El certificado lo concede el sumo sacerdote de la progresía ibérica: Juan Luis Cebrián, que guardará en algún cajón de su mansión moralejina la camisa azul que le aupó a la dirección de informativos de TVE con Arias Navarro, nada menos, como presidente del Gobierno. 

Tan paradójico o más resulta que esta misma sociedad que ve tan guay oponerse a un esqueleto es el mejor reflejo de lo que dice aborrecer. Por mucho que se afanen en volar el Valle de los Caídos o retirar estatuas del dictador, su verdadera herencia, la que se mantiene vigente es la cultura política dominante, con dos rasgos fundamentales: la sumisión al poder y el miedo a la confrontación política. Exactamente lo contrario de lo que exige una democracia. 

Eso explica la cansina sacralización del consenso, que se presenta como la panacea de todos los males, al margen de en qué y para qué se pongan de acuerdo. Su efecto como placebo es innegable. Lo vemos estos días con eso del Pacto del Estado contra la crisis. Ni el Gobierno piensa rectificar, ni el PP se fía del Ejecutivo, ni los asuntos que discuten –ivas, icos, i+d y alguna que otra i– tienen el calado imprescindible para que la economía española remonte. Pero da igual, se reúnen y todos felices.

Vayamos a la barra de cualquier bar de una ciudad española:

  • Esto de la crisis está muy mal, ¿qué hacemos?
  • ¡Que se pongan de acuerdo los políticos!
  • ¿En qué?
  • Ah no sé, yo no entiendo. Es cosa suya.

Luego está la otra gran solución: el diálogo social, que ya no es cosa de cultura política, sino una estructura directamente heredada del franquismo. Uno de sus pocos rasgos puramente fascistas, en el sentido estricto del término: sindicalismo vertical y negociación colectiva. Tinglado costosísimo que esclerotiza el mercado laboral e imposibilita las reformas que, con consenso o sin él, de verdad necesitamos. Ser antifranquista es muy guay, pero liberado sindical no veas.

Todo esto se proyecta en la infame campaña publicitaria del Esto lo arreglamos todos. Si ese es el camino, resucitemos al dictador y listo.

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