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Un absurdo debate absurdo

Las fuerzas políticas que están concitando más apoyos están fuera de la Cámara. Así que hemos asistido al más absurdo de los debates absurdos.

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Allá por 1983, la derecha española se dividía entre los restos de la UCD y la AP de Fraga y del siniestro Jorge Vestrynge. Panorama desolador. Ya entonces estaba en política Mariano Rajoy, que ese mismo año fue nombrado, que no elegido (una constante en su infinita carrera política), presidente de la Diputación de Pontevedra. No sé si es nostalgia, dudo de que este déspota de casino provinciano sienta ni padezca, pero parece que Rajoy se ha propuesto que la derecha retroceda 32 años. Después de las generales, la cosa puede ser similar, pero con Vestrynge en el otro bando.

Felipe González tenía más de 200 diputados y dos pasiones: él mismo y machacar a la derecha. Por eso decidió importar de EEUU el Debate sobre el Estado de la Unión. Una institución lógica y propia de sistemas políticos presidencialistas, como el yanqui, en el que el presidente sólo acude una vez al año al Congreso y defiende su política ante representantes y senadores, a quienes no debe el cargo. En un régimen parlamentario, como el español, en el que el Ejecutivo emana del Legislativo y está sometido diariamente al control parlamentario, este debate es innecesario, cuando no absurdo.

Por si la coyuntura no le fuese suficientemente propicia, Felipe González impuso un formato para mayor gloria del Gobierno, que empieza y cierra el debate y no tiene límite de tiempo para triturar a su antojo a la oposición. De debate sólo tiene el nombre. Y encima el último turno es para el portavoz del grupo parlamentario del partido en el Gobierno, debutó este año Hernando el de la "caca", como si no fuesen la misma cosa. Algo así como si Mariano debatiera con Rajoy, Felipe con González o José María con Aznar. Lógicamente, ninguno de los Gobiernos posteriores cambió este formato. Ni lo cambiarán los que vengan, porque lo último que quiere un Gobierno es debatir.

La partitocracia, y este falso debate es la fiesta de la partitocracia, deriva idefectiblemente en un despotismo atroz, como el que demostró Mariano Rajoy al decirle a un representante de la soberanía nacional: "No vuelva usted por aquí". Insólito en el mundo civilizado, pero cotidiano en democracias tan avanzadas como la chavista o la peronista. Rajoy nombra al Consejo del Poder Judicial y se comporta como si el Parlamento fuese su cortijo. Separación de poderes, dicen.

Pese a todo, durante años estos debates tenían cierta utilidad. Nos entretenían a políticos, periodistas y personas normales. Nunca fueron un espectáculo de masas, pero Felipe, Aznar o Anguita eran buenos oradores que engachaban a cualquiera que se interesase un poco por la política. Ahora ya ni se parlamenta. Se leen pepeluchos redactados por asesoruchos, en una sucesión soporífera de consignas prefabricadas, lugares comunes y bobadas políticamente correctas. También servían para poner encima de la mesa los problemas de la Nación. Ahora de la Nación, salvo Rosa Díez, ya no habla (o lee) nadie. Y, quizás lo más importante, permitía medir las fuerzas de Gobierno y oposición de cara a las próximas citas electorales. Ahora, las fuerzas políticas que están concitando más apoyos están fuera de la Cámara. En definitiva, hemos asistido al más absurdo de los debates absurdos.

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