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Paradojas

Una enorme diferencia de experiencia política separa al muy veterano Justin Trudeau del novel Donald Trump.

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Justin Trudeau y Donald Trump | EFE

Nada más dictar Trump su orden para limitar la entrada en Estados Unidos a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, se precipitó a anunciar que su país tenía las puertas abiertas de par en par. No voy a entrar en el fondo del asunto, que, por otro lado, está en manos de la Justicia norteamericana, ¡ventajas que tienen los países en los que existe una clara separación de poderes! Sí que me llama la atención cómo dos líderes de dos países fundamentales de Occidente se manifiestan públicamente de manera opuesta sobre un asunto de enorme trascendencia. Probablemente, con sus declaraciones, tanto Trump como Trudeau, aparte de defender sus ideas, lo que están haciendo es dirigirse a los suyos, a sus electores, y lo que quieren, en el fondo, es apuntalar la imagen que de ellos se han formado, que es la que les ha dado el éxito. La de un líder inflexible que va a cumplir sus promesas electorales, por impopulares que sean, en el caso de Trump; y la de un líder simpático, abierto y progre, en el del premier canadiense.

Apenas dos semanas después de ese desencuentro dialéctico, Trudeau ha visitado a Trump en la Casa Blanca. Una visita absolutamente normal y lógica; Estados Unidos y Canadá comparten casi todo, entre otras cosas una frontera de casi 9.000 kilómetros. Las crónicas del encuentro hacen hincapié en la buena sintonía y la cordialidad que ha reinado entre los dos dirigentes, que han dejado a un lado sus diferencias sobre la inmigración para apuntalar las magníficas relaciones comerciales entre los dos países.

Pero en lo que he fijado mi atención, más que en el contenido de las informaciones que han salido en todos los medios, ha sido en las imágenes que hemos visto de esta entrevista. En ellas se ve a Trump con su aire de triunfador, un tanto hortera y siempre prepotente, que, con todo, no puede disimular los 70 años cumplidos que ya tiene; y a Justin Trudeau, que, a sus 45 muy bien llevados, podría ser el hijo del norteamericano.

Al verlos, cualquiera podría pensar que la experiencia política está del lado de Trump y que el ímpetu inexperto es patrimonio de Trudeau. Sin embargo, la realidad es exactamente la contraria.

Trump apenas lleva un año en política, nunca militó en partido alguno hasta hace muy poco, ni transitó por los pasillos del poder, ni conoció y se mezcló con los políticos profesionales y tradicionales, ni con los burócratas que llenan las instituciones públicas. Por el contrario, si de alguien se puede decir que le salieron los dientes en la política es de Justin Trudeau. Hijo del carismático Pierre Trudeau, que fue más de 15 años primer ministro de Canadá, y de la bellísima –y parece que complicada– Margaret Sinclair (29 años más joven que su marido), acompañó a su padre en actos oficiales desde su más tierna infancia.

Un testimonio muy divertido de esta precocidad de Justin a la hora de transitar por los tortuosos pasillos del poder se encuentra en un libro, Grand Amour, del escritor francés Érik Orsenna. En ese libro, el hoy miembro de la Académie Française, con un estilo jocoso y un tanto irreverente hacia Monsieur le Président, da cuenta de los años que pasó en el Elíseo como negro de François Mitterrand, al inicio de su primer mandato, de 1981 a 1984. Allí explica su participación en la cumbre del entonces G-7 que se celebró en Versalles en junio de 1982, y que consistió precisamente en ser el babysitter del hijo del entonces primer ministro Pierre Elliott Trudeau, el Justin de las fotos de ayer, que acompañaba a su padre.

Cuenta cómo tuvo que ocuparse de que el niño de 10 años, al que literariamente llama Oscar, practicara su francés, cómo comentó con él Los tres mosqueteros, cómo le llevó de un sitio para otro, cómo tuvo que hablar con él hasta de su madre –que, por lo visto, andaba un tanto desaparecida–, y cómo incluso tuvo que acompañarle a su habitación para acostarle, en no sé qué palacio en el que se alojaban las personalidades asistentes a la cumbre.

El episodio que narra Orsenna no tiene desperdicio y sirve para demostrar la enorme diferencia de experiencia política que separa al muy veterano Justin Trudeau del novel Donald Trump, aunque las fotos del viejo y el joven puedan hacernos creer lo contrario.

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