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Columna publicada el 05-03-2004
Los principios liberales, entendidos como primacía de la Persona sobre el Estado, jugaron un papel decisivo, pero poco conocido, en el buen fin de la transición española a la democracia y en el actual éxito del Partido Popular en España.
Desde México no se entiende muy bien que los más sólidos liberales españoles que criticaban al régimen de Franco en vida de éste, en España y dando la cara, fuesen también muchos de ellos monárquicos, del llamado Consejo de Don Juan de Borbón, padre de Juan Carlos I.
Parecería, a la distancia y desde la óptica de los españoles republicanos exilados en México, que sólo se podía ser liberal si se era republicano; pero no fue así. En realidad pocos de los llamados republicanos podrían calificarse cabalmente de liberales.
Pocos recuerdan hoy que el periódico español que más irritó a Francisco Franco con sus frecuentes críticas tanto al autoritarismo político como a las proclividades colectivistas del falangismo (en el cual el régimen solía apoyarse), fue el diario Madrid, dirigido por Antonio Fontán, monárquico liberal. El diario, fundado en 1966, sufrió unos veinte “expedientes administrativos” (eufemismo para castigos monetarios o penales por sus atrevimientos) que le costaron más de un millón de pesetas en multas y largos períodos de suspensión, hasta que fue definitivamente clausurado por el régimen de Franco el 25 de noviembre de 1971.
Pocos recuerdan también la desafiante aventura que encabezó Joaquín Garrigues Walker al fundar, en las postrimerías del franquismo y en los albores de la democracia, la Federación de Partidos Demócratas y Liberales. Más tarde, Garrigues vería una oportunidad para las ideas liberales en la incorporación de la federación liberal al naciente partido centrista de Adolfo Suárez, Unión de Centro Democrático (UCD).
El actual ministro de Trabajo, portavoz del gobierno del Partido Popular y joven miembro de la federación liberal en aquellos tiempos, Eduardo Zaplana, recuerda: “Fue Garrigues quien defendió que nos integráramos en la UCD; hubo muchas discrepancias, pero al final lo hicimos”.
Los liberales tuvieron poca fortuna en el heterogéneo gobierno de Suárez, quien sólo los incorporó nominalmente a su gobierno pero acabó marginándolos en la práctica.
De la UCD, la mayoría de estos liberales, sobre todo los jóvenes discípulos de Fontán y Garrigues, pasaron al renovado Partido Popular que ganó las elecciones en 1996. Desde ahí, en posiciones de gobierno clave pero poco espectaculares, los liberales han influido decisivamente en el milagro español.
Su aportación no es nueva, como el propio Zaplana señala: “El influjo del liberalismo es especialmente perceptible en la Constitución española de 1978: en su expresa consagración del modelo económico de mercado, en su avanzado sistema de derechos y libertades dotados de rigurosas garantías jurídicas, en la proclamación de la dignidad de la persona como el fundamento del orden político”.
Los gobiernos –es una de las lecciones de estos liberales– se hacen trabajando desde la cocina, no hablando sin ton ni son desde que amanece para ganar espacios en los medios.

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