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El 23 de julio fue un día especialmente malo para todos los pobres del mundo: colapsaron las negociaciones de la ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio. La página de noticias de la OMC no podía ser más franca: "las conversaciones se suspenden. Hoy sólo hay perdedores". Eso reflejaba fielmente la opinión de su director general, Pascal Lamy.
Y el descorazonamiento –y hasta desasosiego– está más que justificado. Que las naciones del mundo no logren ponerse de acuerdo para liberalizar más el comercio mundial es, para el bienestar del planeta –especialmente para el bienestar de los más pobres–, el equivalente a que las naciones del mundo no lograsen avanzar un ápice en las negociaciones de paz en medio de una conflagración mundial. El consuelo es que el director de la OMC parece más consciente de la necesidad de resultados tangibles y eficaces en la liberación comercial global de lo que muestra el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan.
Ojalá este colapso en las negociaciones sirva como un campanazo de alarma, especialmente en la Unión Europea y en Estados Unidos; de lo contrario, el proteccionismo comercial se habrá anotado otra victoria en detrimento de los más pobres del planeta.
El libre comercio es el arma más eficaz para promover el crecimiento económico y abatir la pobreza en el mundo. Resulta desesperante que a la hora de la verdad, más allá de la retórica, los gobiernos de casi todo el mundo, especialmente los de la Unión Europea, Estados Unidos y Japón, pero también los de no pocos países en vías de desarrollo, se resistan a la liberación comercial.
Más triste es conocer la razón de fondo para tal resistencia. Esos gobiernos están defendiendo los intereses de pequeños pero poderosos grupos de presión en cada país, que están sobrerrepresentados en la arena política respecto de la poca representación efectiva que tenemos las mayorías, los consumidores.
Hace ya casi medio siglo Mancur Olson describió el fenómeno en su lógica de la acción colectiva. Dicho en breve: los grupos pequeños pero organizados que defienden intereses específicos (digamos, los agricultores en Europa y en Estados Unidos) tienen mayor eficacia para influir en las políticas públicas que grupos numerosos pero dispersos y desorganizados, como es el caso de los consumidores.
Y justamente una de las grandes carencias de los partidos de izquierda que padecemos en los países en desarrollo es que, equivocadamente, tales partidos enarbolan las banderas del proteccionismo comercial para satisfacer a sus bien organizadas clientelas: sindicatos, organizaciones campesinas y de agricultores, cárteles de cazadores de rentas.
Por eso también padecemos la otra triste paradoja, la de varios ricachones que se llenan la boca con retórica de izquierda, mientras sus empresas gozan de protección gubernamental, cuyo coste pagan los consumidores.

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