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El problema en Ucrania

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Nadie sabe bien cómo salir del caos ucraniano. Las manifestaciones se han extendido desde Maidan, en Kiev, a otras ciudades de las regiones occidentales del país, como Lviv. Los más radicales de los opositores han pasado de los métodos pacíficos a las tácticas paramilitares. Ahí están, por ejemplo, parte de los seguidores del Frente de Derechas. Por cierto, su nombre se refiere al modelo de derecha autoritaria de entreguerras y no a la derecha de las democracias liberales. La lucha se libra también en el Parlamento ucraniano, la Rada, donde el Partido de las Regiones sostiene a Yanukóvich frente a la oposición, que, a su vez, va perdiendo el control sobre los disturbios callejeros. Hay, así, dos frentes en este pulso entre el presidente y los opositores: la calle y la Cámara. En realidad, hasta discuten qué Constitución debe aplicarse. Los opositores quieren aplicar una que fue anulada por el Tribunal Constitucional. Nadie dijo que el espacio postsoviético fuese sencillo de entender.

En realidad, la distancia entre la oposición democrática parlamentaria y los grupos violentos antigubernamentales ha complicado la solución política de este proceso a caballo entre la protesta permanente y la desestabilización subversiva. Del acercamiento a Europa se pasó a la exigencia de reformas y de ahí a la crisis política abierta. Primero pidieron a Yanukóvich que mirase más a Bruselas que a Moscú. Han terminado exigiéndole que se marche a casa. A medida que el presidente va cediendo, las exigencias son mayores. Al Ejército se le está acabando la paciencia. Es improbable que haya una guerra civil, pero las posiciones podrían endurecerse si los opositores moderados –cada vez menos– son arrinconados definitivamente por los sectores más nacionalistas y violentos. De hecho, el país está dividido entre una zona occidental más europeísta y una oriental –con Crimea incluida– que considera a Rusia una hermana. El trasfondo tiene raíces históricas: las divisiones que surgieron durante el periodo soviético, la hambruna de los años 19232-1933 (el Holodomor), el colaboracionismo con los nazis, la resistencia contra ellos, la pugna por el poder en la URSS entre ucranianos y rusos, Chernobil, las guerras del gas y la influencia de la Federación Rusa. Casi nada.

Sochi es la ocasión perfecta para que Yanukóvich reciba el espaldarazo del presidente Putin ante las cámaras de todo el mundo. Así compensaría las simpatías que distintos líderes y personajes célebres, desde George Clooney a Sakhashvili, han mostrado por los manifestantes de Maidan. Hasta el momento, la Federación Rusa ha demostrado que no deja caer a sus amigos, por duras que sean las circunstancias. Ahí están los ejemplos de Siria e Irán, que han logrado mantener sus posiciones gracias al apoyo político y diplomático del Kremlin. Si a los manifestantes los apoyan algunos europeístas, al presidente Yanukóvich lo apoyará el presidente Putin, ambos –como suele recordar la diplomacia rusa– democráticamente elegidos. Ambos, habría que añadir, cuestionados por movilizaciones callejeras, protestas y campañas en medios de comunicación extranjeros. El descontento en los dos países con la clase política ha dado algunos ejemplos inquietantes. A comienzos de noviembre pasado el pintor ruso Piotr Pavlenski se clavó los testículos en el pavimento de la Plaza Roja como "metáfora de la apatía, indiferencia política y fatalismo de la sociedad actual rusa".

De todos modos, a medida que pasan los días, la situación se complica. Los manifestantes han podido resistir la violencia de los Belkut –los antidisturbios ucranianos– y han arrancado concesiones inimaginables en los primeros días de las protestas. El presidente Yanukóvich no puede convertirse en una nueva víctima de revueltas populares que anticipen un próximo movimiento en Bielorrusia. Han complementado las pancartas con fragmentos de tubería, piedras y cócteles molotov. Antes había un colectivo que sufría la violencia y un órgano del Estado que la ejercía. Ahora las cosas empiezan a cambiar, mientras uno va buscando a los demócratas por la plaza Maidan.

Ahora bien, el tablero de Ucrania forma parte de la partida entre la Federación Rusa, los Estados Unidos y la Unión Europea, que trata de ampliar su esfera de influencia hacia el Este impulsada por Polonia, Suecia y en cierta medida Alemania. Así, comprenderán el escepticismo sobre la espontaneidad de los movimientos populares de uno u otro sentido. Hay quien pretende sacar partido del desorden controlado. Es una vieja estrategia que ha funcionado en toda Europa Oriental y los Balcanes. Hay que volver a leer historia para comprender lo que sucede en Ucrania. Por desgracia, cuando los nacionalistas sacan a pasear los retratos de Stepan Bandera no evocan el pasado sino que inspiran el presente. Y esto podría ser solo el principio de un cambio más profundo en el espacio exsoviético.

Ricardo Ruiz de la Serna, profesor en la Universidad CEU San Pablo (Madrid).

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