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Eh, socialista: aunque no te guste, también es respetable

Allá donde una mentalidad socialista apuesta por el igualitarismo empobrecedor, el liberalismo subraya la riqueza de la competencia de diversos modelos.

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Susana Díaz | EFE

Una piedra de toque sobre si Ciudadanos es de verdad liberal progresista será su posicionamiento en Andalucía sobre los colegios que practican la –según el sesgo con el que se pretenda colorear la cuestión– educación diferenciada o segregada. Susana Díaz, siguiendo la tradición socialista que quisiera imponer un tipo de educación lo más monolítica posible bajo el paraguas de un tipo de Estado uniformador, pretende acabar con la aldea irreductible de unos pocos centros concertados que no son mixtos. De esta forma, el PSOE manifiesta su desdén hacia la tolerancia, su alergia a la libertad, su incapacidad para gestionar instituciones complejas. Hay dos fundamentos liberales para una sociedad pedagógicamente abierta: el respeto a la libertad de elección de las familias y la preferencia por la mayor diversidad y riqueza posible de opciones para experimentar diversos proyectos educativos.

Por supuesto, cabe exigir al Estado que establezca tanto un marco general educativo, basado en valores constitucionales, como un mínimo común denominador de la instrucción, siempre teniendo en cuenta criterios científicos, lo más objetivos y neutrales posibles. También, la construcción de un sistema estatal que garantice una educación básica que constituya el humus de una ciudadanía democrática, crítica y capacitada para afrontar los retos de una sociedad abierta e innovadora. Pero esto no significa, todo lo contrario, que el sistema educativo estatal tenga que ser único. Tampoco homogéneo y unidimensional. Allá donde una mentalidad socialista apuesta por el igualitarismo empobrecedor, el liberalismo subraya la riqueza de la competencia de diversos modelos. Donde el socialismo es represivo hacia todo lo que se escapa de su estrecha visión del mundo, el liberalismo multiplica los modos de ver el mundo razonables. Un marco político liberal es la mejor garantía para que se expresen una pluralidad de morales particulares, únicamente limitadas por criterios de razonabilidad ética. El relativismo sobre costumbres diversas no es óbice para que se respete un principio absoluto: no hacer daño a los demás ni vulnerar su derecho a desarrollar un proyecto de vida autónomo.

Sólo desde el republicanismo más rancio o desde el progresismo más estreñido cabe objetar la educación diferenciada. En Estados Unidos hay multitud de universidades femeninas (Hillary Clinton, por ejemplo, estudió en una de ellas), siguiendo una costumbre propia de su sistema educativo, del mismo modo que en España la tradición reside en los colegios e institutos de educación diferenciada que se basan en una metodología pedagógica alternativa a la ortodoxa, y en la cual se considera especialmente relevante la diferencia de maduración mental y de crecimiento físico durante la adolescencia.

No sólo cabe pararse en la educación diferenciada. En España también está en el limbo legal, y es perseguida torticeramente por la autoridad estatal, la educación en casa (homeschooling). El derecho a la educación de los hijos consiste en el deber de los padres de procurarles los conocimientos y competencias adecuados para desarrollar la mejor versión de sí mismos, pero no el de escolarizarlos obligatoriamente. El Estado tiene que garantizar que dicha educación realmente se produzca y, en ese sentido, establecer las pruebas pertinentes para certificar que se han alcanzado. Richard Feynman sacó a su hijo del colegio cuando se dio cuenta de que estaban matando su creatividad y lo educó él mismo en su casa. Claro que ni Clinton ni Feynman tenían que soportar la tolerancia represiva –su eufemismo favorito para la pura y dura intolerancia– de la izquierda española en materia educativa.

Un factor añadido para la intransigencia es que los centros que en Andalucía ofertan dicha educación diferenciada, y sobre los que Susana Díaz ha desatado una asfixiante caza de brujas, pertenecen en gran parte al Opus Dei, una de las bestias negras del imaginario progre y una presa fácil a la hora de azuzar los más bajos instintos populistas y anticlericales de su grey. Seguramente para los opusdeístas un liberal es todavía peor que un socialista, recordemos que para la Iglesia en tiempos del papa Francisco el liberalismo es casi sinónimo de pecado, y un liberal poco menos que un jinete del Apocalipsis. Pero ello no quita un ápice a la consistencia de la defensa de la tolerancia hacia posicionamientos que quizás no nos gusten, y con los que discrepamos profundamente, pero que respetamos en su razonable legitimidad. Podemos ser liberales pero no doctrinarios, pecadores pero sin maldad, jinetes del Apocalipsis condenados al infierno, pero defenderemos hasta que nos quemen las llamas el derecho de los opusdeístas, de Hillary Clinton, de Richard Feynman e incluso de Susana Díaz a educar a sus hijos como mejor estimen, ya sea en institutos públicos, concertados mixtos o diferenciados, privados, o por medio del homeschooling. Cuando Feynman revisó los libros de texto que se usaban hizo ver que era muy importante que tuvieran en cuenta la posibilidad de que hubiese respuestas correctas distintas de las esperadas y que no penalizaran modos originales y heterodoxos de resolver problemas. Mutatis mutandis para los sistemas educativos.

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