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Manuela Carmena es Hitler

Del mismo modo que durante la noche todos los gatos son grises, en la negrura de las analogías viciadas todos somos Hitler. Incluso Manuela Carmena.

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David Alonso Rincón

Manuela Carmena comparó en el Ayuntamiento de Madrid a Donald Trump con Adolf Hitler. Dado que tiene en sus filas a un filogolpista leninista como Sánchez Mato, no quedó claro si era un insulto o un piropo, dado el pacto que firmaron en su día Ribbentrop y Mólotov. Pacto que, según sus querencias bolcheviques, seguramente habría aplaudido el concejal de Economía y Hacienda de la capital si una máquina del tiempo lo hubiese transportado hasta el momento en el que sus admirados comunistas causaban uno de los mayores genocidios de la historia.

También cabía dudar del sentido de la comparación de la alcaldesa de Madrid porque los modos chulescos y agresivos del multimillonario norteamericano que ha llegado a presidente contra todo pronóstico –sobre todo de los politólogos, analistas y periodistas que desataron contra él un agit prop a la altura de la campaña trumpiana, sin darse cuenta de que le hacían el juego y se convertían en sus involuntarias marionetas y tontos útiles– encuentran su más acabado paralelo en la política española en la asaltacapillas Rita Maestre, una matona de ripios ofensivos, que actualmente es portavoz de la banda de extrema izquierda que gobierna el Ayuntamiento de Madrid.

Suponiendo que la comparación es despectiva, a pesar de la compañía con la que se hace rodear la alcaldesa, lo peor, sin embargo, es que denota una pereza mental que la incapacita no sólo para ser regidora sino para abrir la boca. Porque no ha habido candidato/presidente republicano en Estados Unidos que no haya sido rutinariamente comparado a Hitler (a veces con ventaja para el alemán). Goldwater era Hitler, Nixon era Hitler, Reagan era Hitler, los Bush –padre e hijo– eran Hitler. Tampoco pidamos a la anciana política de Podemos un alarde de originalidad para comparar a Trump con otro genocida, pongamos, por ejemplo, Mao Tse Tung (además, se le podría rebotar la mitad de su electorado). Pero lo que sí podemos exigirle, con respeto y humildad, es que, si no tiene nada relevante que decir, al menos no caiga en la vulgaridad del cliché, en la ignominia de la rutina.

Le preguntaban a un actor español de esos que declaran en su curriculum vitae que son progres si Reagan era el Trump de los ochenta, a lo que respondió con esa mezcla de desvergüenza y vileza que caracteriza a gran parte del establishment cultural español:

No, con Reagan se sabía hasta dónde podía llegar. Era un presidente de una derecha americana de arraigo y base. Reagan en este momento sería aceptado por la comunidad internacional.

Ha tenido que morirse Reagan y llegar Trump para que los mismos que declaraban al ex actor persona non grata y le gritaban "Yankee, go home" ahora le tributen, si no un homenaje, su sectarismo no les deja, al menos sí cierto reconocimiento. Recordemos que cuando Reagan visitó España, en el 85, se publicó una encuesta según la cual el 74% de los españoles consideraba que Reagan era un peligro para la paz mundial (¡qué tiempos los la Guerra de la Galaxias!), un 65% se manifestaba en contra de la línea económica que había emprendido a favor del libre mercado y un 66% era contrario a la presencia de las bases de Estados Unidos en el país (imaginen los lloros si ahora Trump decide desmantelarlas, en su estrategia aislacionista). Alfonso Guerra anunció que se iría de España mientras estuviese Reagan (al final se quedó) y Gregorio Peces Barba, presidente del Congreso, no se dignó acudir a recibirlo al aeropuerto. Ante los consulados norteamericanos se quemaron banderas yanquis. Un joven Zapatero, que ya presidente también ofendería a la bandera estadounidense, igual se encontraba entre la turba pirómana. En definitiva, sólo un 16% pensaba que Reagan y los Estados Unidos eran "leales y sinceros amigos para España". No creo que entre tan exiguo porcentaje estuviera nuestro artista y hater contemporáneo de Trump.

Más concretamente decía Felipe González (eso sí, antes de convertir a Javier Solana en secretario general de la OTAN) de la elección de Reagan:

Mi primera opinión es que la victoria de Reagan va a complicar realmente la situación mundial. El peligro de una agudización de toda la tensión internacional, de la política de bloques, de la carrera armamentista, se ha agudizado. Y (...) ha aumentado el peligro de una verdadera hecatombe.

Cambien "Reagan" por "Trump" y verán que las reacciones son similares. Para la izquierda mundial fue una "hecatombe", sin duda. Junto a Margaret Thatcher y Juan Pablo II, Reagan propinó el golpe de gracia al utopismo socialista (¿comprenden ahora la inquina de Carmena y sus camaradas a todo lo que huela a republicano?). El País apostillaba:

Los ideales básicos que alumbraron la gran revolución americana parecen relegados ahora frente a las formas de extensión de su poder.

Lo relevante, sin embargo, es que, según el Índice de democracias que elabora The Economist, los Estados Unidos han descendido durante 2016 a la categoría de "democracia defectuosa" por primera vez en su historia. Una consecuencia de las nefastas políticas de Obama, el presidente que más inmigrantes ha deportado de la historia y que más ha contribuido a que se propague la plaga de lo políticamente correcto que ha minado, esta vez sí, "los ideales básicos de la gran revolución americana". Pero no se preocupen, que en un "inesperado giro de los acontecimientos" la izquierda internacional también conseguirá culpar a Trump de la bajada del rating democrático durante el desastroso y fatídico año final de Obama.

Treinta años después de su visita a España, en la que fue insultado y menospreciado, Reagan es considerado uno de los más grandes presidentes norteamericanos de la historia, el mejor del último medio siglo. No creo que Trump le llegue ni a la altura de la suela de los zapatos, pero la comparación con Hitler es en el mejor de los casos una idiotez, mientras que en el peor constituye una banalización de lo que significó el nazismo. Y del mismo modo que durante la noche todos los gatos son grises, en la negrura de las analogías viciadas todos somos Hitler. Incluso Manuela Carmena.

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