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Trump no es Pinochet

Un populismo no se combate con otro populismo, ya que únicamente tendríamos un populismo al cuadrado.

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Donald Trump | Imagen TV

Donald Trump es un tipo más americano que una hamburguesa del Burger King regada con Coca Cola, "bigger than life" y candidato, sin duda, a un capítulo de unos heterodoxos norteamericanos que hubiese escrito Foster Wallace en modo Menéndez y Pelayo. Licenciado en Economía por la Wharton School y multimillonario made in Ayn Rand, ha superado a William Randolph Hearst y a Howard Hughes en sus sueños de grandeza y poder llegando a la Casa Blanca, venciendo al Washington Post, a The New Yorker, a la Ivy League y a Barack Obama, además de, pero esto era más fácil, a Hillary Clinton. Por supuesto, es el enemigo público número 1 de la izquierda urbanita, llena de prejuicios hacia todo lo que no sea progre prístino, la que alucina con las aceitunas esferificadas y una tortilla deconstruida pero se desmaya ante la visión de un kilo de chuletón de buey en su punto.

Aunque los liberales estamos en contra de este proteccionista y mercantilista que amenaza con seguir traspasando la línea de vulneración de los derechos fundamentales que empezó Bush hijo y continuó el Premio Nobel de la Paz, NSA mediante, no podemos perder de vista que Trump tiene al menos un mérito evidente: haber puesto contra las cuerdas a la otra cara de la moneda populista en Estados Unidos, representada en la reacción histérica y acomplejada de la izquierda consentida y malcriada, inquisitorial y antidemocrática, mimada y prepotente. La que encuentra su principal y paradójico refugio en las universidades de élite, donde profesores consintieron que sus alumnos no hicieran exámenes, o faltaran a las clases, dado que se encontraban al borde de un ataque de depresión y angustia porque Trump había ganado contra todo pronóstico.

Ha tenido que ser el polémico filósofo (valga el pleonasmo) Peter Singer el que declare la perfecta legitimidad de Trump. Le plantearon a Singer si resulta ético trabajar en la Administración Trump, a lo que respondió que por supuesto. Aunque sería más discutible, seguía Singer, lo que hizo Friedman, trabajar para Pinochet, en cuanto que la esperanza de una consecuencia útil en términos democráticos se antojaba bien difícil en el caso del chileno, sin embargo, no cabe duda de que Trump ha vencido inobjetablemente unas elecciones y su programa respeta los fundamentos tanto de la Constitución como del American way of life.

Por supuesto, un populismo no se combate con otro populismo, ya que únicamente tendríamos un populismo al cuadrado, en una espiral creciente y multiplicadora de demagogia y odio. Por ello es que desde el liberalismo cabe plantar cara a ambas corrupciones de la democracia. Una democracia que un día fue liberal –con un Estado pequeño, eficiente y respetuoso de los derechos individuales– y cada vez más cabe etiquetar de populista. Ni Obama es San Francisco de Asís ni Trump es Pinochet. Para desmontar los fraudes tanto de demócratas iluminados reconvertidos en realistas cínicos como de republicanos empujados al radicalismo populista, una agenda liberal debe poner en valor la perspectiva de la racionalidad, la evidencia y el respeto a la verdad, en una época en la que tanto la izquierda como la derecha se encuentran en sus horas más bajas por lo que respecta al tratamiento de los hechos y el reconocimiento del adversario como tal y no como un enemigo. Solo entonces los estudiantes mimados y consentidos de las universidades americanas podrán recuperar el honor, la dignidad y la valentía perdidos, reivindicando el sapere aude en lugar del safe space.

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