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¡Viva el turismo! (1): Hotel Landa y Atapuerca

En época de jeremiadas anticapitalistas contra el turismo, nada mejor que publicitar lugares en los que gastar el dinero para incrementar la 'felicidad hedónica'.

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Según Woody Allen, masturbarse está bien pero haciendo el amor, además, conoces gente. Algo parecido podría decirse respecto de quedarse en casa o viajar. Como bien sabían Sócrates y Kant, que apenas salieron de sus ciudades de nacimiento, viajar está sobrevalorado pero de todos modos los seres humanos somos sedentarios a los que de vez en cuando nos entran unas ganas enormes de cambiar de aires. Cambiar de aires, de paisajes, de paisanajes y hasta de tono de idioma. No hay nada que canse más que el acento habitual que nos rodea, y escuchar otras inflexiones y otras lenguas es un lavado de mente con efectos similares a los de probar una gastronomía diferente.

En época de jeremiadas anticapitalistas contra el turismo, nada mejor que publicitar lugares en los que gastar el dinero para incrementar la felicidad hedónica, la satisfacción que nos viene del placer de los sentidos y del goce intelectual. Epicuro sentenció: "Es imposible vivir una vida placentera sin vivir sabiamente, bien y justamente. Y es imposible vivir sabiamente, bien y justamente sin vivir una vida placentera"; y Los del Río, que

dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa darle alegría y cosa buena.

Mucha alegría y cosas muy buenas se pueden encontrar en las inmediaciones de Burgos, junto a la autovía Madrid-Irún, Nacional I, km 235. Ahí se sitúa el que posiblemente sea el mejor bar de carretera de España. El lema "bueno-bonito-barato" es preciso y, sin embargo, no hace justicia a la extraordinaria relación calidad-precio que se ofrece en este lugar gastronómico emblemático de Castilla. En su gran mesa alargada del exterior, entre sombras de buenos árboles y junto a un imponente quiosco de música, así como en su equivalente del interior, una obra de arte de la ebanistería proveniente de un monasterio mallorquí, se sirve, con rapidez, desparpajo y profesionalidad, unos huevos fritos con morcilla que ya son leyenda, por su punto de delicadeza interna y crujiente exterior, junto a una ensalada donde la lechuga sabe como marca el ideal platónico de lechuga. El pinchito de riñoncitos de cordero y el consomé de buey y pollo son también soberbios, así como un final dulce por todo lo alto con sus canutillos rellenos de una crema pastelera con consistencia de natillas y un arroz con leche en su punto de cremosidad.

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Si además se alojan en el hotel, disfrutarán de una piscina al aire libre y otra dentro del edificio, dentro de una cubierta que a los niños les hará sentirse en Hogwarts. Situado en una torre de defensa del siglo XIV traída piedra a piedra de una localidad cercana, Albillos, por su visionario empresario hotelero, que fue ampliando el negocio como se trajo la torre, piedra a piedra, es una delicia descansar entre sus sábanas de hilo y pisar sus alfombras mullidas en un entorno de aire medieval, cruzándose con los turistas que se pasean por el hotel enfundados en los albornoces buscando el agua fresca de la piscina, desde donde se disfruta de un paisaje castellano que rivaliza con el de la Toscana, entre plátanos, castaños, laureles y otros árboles que le susurran mientras desde la cómoda tumbona escucha a algún niño despistado que confunde este tranquilo rincón del paraíso con alguna atracción de Disneylandia.

En la tienda gastronómica situada en el exterior, entre el bar y el restaurante, pueden comprar algunas de las exquisiteces de la zona, como rosquillas de aceite, miel de la zona o su bollería francesa, de cruasanes y reinosas. Una vez que la prueben será parada obligada siempre que crucen Castilla.

El turista esencial procura combinar la exquisitez gastronómica con la aventura cultural, llevando a la práctica el dictum de Juvenal del mens sana in corpore sano. A unos veinte minutos por la N-120 se encuentran los dos centros arqueológicos dedicados al yacimiento de Atapuerca, en ellos se pueden hacer sendas visitas a un taller paleolítico –donde disparar flechas, realizar grafitis a la manera prehistórica y prender fuego a mano– y a los yacimientos propiamente dichos –las cuevas de la Gran Dolina y la Sima del Elefante–, donde moraron desde hipopótamos hasta nuestros ancestros más o menos directos e inmediatos. Ambas visitas encantan a los niños y son una fuente de conocimiento no sólo antropológico, también de filosofía de la ciencia para los mayores. Se aprende como en ningún otro sitio la necesidad de imaginar hipótesis que conecten los datos empíricos a medida que van apareciendo, refutando teorías viejas y alumbrando historias sorprendentes sobre nuestro pasado. A los niños les encantaba la visita, con sus cascos blancos se sienten émulos de Indiana Jones, hasta que la guía, una estudiante de Arqueología de ojos brillantes e irónicos, cuenta que entre los restos de Homo antecessor había un adulto que devoró, vete a saber si solo o en compañía, a once niños de su especie. De carpaccio de infantes a huevos fritos con morcilla de arroz, cualquier tiempo pasado casi nunca fue mejor, al menos en gastronomía.

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