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Poner una pica en Cibeles

Viene a proclamar públicamente la independencia, a legitimar su golpe de Estado contra el orden constitucional, a asustar a los demócratas

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Conocida es la hazaña de Carlos V que tuvo que atravesar Europa con sus ejércitos desde Génova para imponer su dominio en la lejana Flandes, donde sus soldados clavaron sus picas. El acto simbólico que consagra una victoria militar se anuncia colocando el pabellón (la bandera) en lo más alto. Puigdemont, con su cohorte de mossos al mando del sargento Junqueras el Grosso, se dispone a colocar la estrellada en Cibeles. A diferencia del imperator, el president llegará cómodamente en Ave o en avión, y será recibido con la bendición y la venia carmelitana de la alcaldesa. Haciendo honor a su apellido, se subirá al pico más alto del monte capitalino y desde allí lanzará su arenga al mundo entero para que todos los medios se hagan eco de su hazaña. La toma del palacio de invierno de Cibeles no encontrará resistencia alguna, salvo algún tímido rechazo por parte de algún representante político debidamente autorizado. Los demás callarán y se ocultarán como batracios bajo el fango por miedo a ser tachados de fachas contrarios a la libertad de expresión.

Hemos llegado a un grado tal de claudicación, de confusión, de cobardía y pusilanimidad que no somos capaces de ver lo que, de pura obviedad democrática, deslumbra. No puede admitirse de ningún modo que el Presidente de una Comunidad, que es parte del Estado, utilice todos los recursos públicos necesarios para viajar a Madrid, denigrada como la capital del Estado opresor, ocupar su centro simbólico (Cibeles), contar para ello con la colaboración institucional de la alcaldía, y todo para hacer una exhibición propagandística destinada a legitimar en la opinión pública un acto de secesión, como es la realización de un referéndum ilegal, expresamente prohibido por la máxima autoridad jurídica del Estado, el Tribunal Constitucional. ¿De cuántos delitos penales podríamos hablar? ¿Prevaricación, malversación de dinero público, abuso de autoridad, desobediencia, pertenencia a banda organizada para delinquir…? No soy jurista, pero el sentido común me dice que no hay ley que ampare esta provocación, esta intimidación, este acto simbólica y realmente ofensivo, anticonstitucional, antidemocrático desde la raíz al mocho de la cabeza.

Ya oigo a los apaciguadores, por un lado, y a los podemitas partidarios de amenazar a la prensa, por otro, levantar el grito y el puño en nombre de la libertad de expresión, como si Puigdemont y todos los puigdemones del mundo no estuvieran ejerciendo esa libertad cada día y cada segundo, donde quieren y como quieren. Que nada tiene que ver el defender la independencia como opción política con todo lo que aquí estoy denunciando, que es utilizar al Estado para destruir el Estado, la democracia para destruir la democracia, haciéndolo, además, con el dinero de todos, añadiendo a ello todos los componente simbólicos agravantes.

Puigdemont trae consigo al Parlamento catalán, el Ayuntamiento de Barcelona, las Diputaciones… Viene a proclamar públicamente la independencia, a legitimar su golpe de Estado contra el orden constitucional, a asustar a los demócratas, a intimidar a la prensa opositora, y todo encubriéndolo con el falaz argumento de ofrecer no se sabe qué pacto al Gobierno, como si no hubiera tenido antes tiempo y otros modos y medios democráticos de hacerlo. Viene a hacerse la víctima mientras al mismo tiempo amenaza y actúa como un maltratador que lo único que quiere es que te rindas y le entregues el botín "por las buenas". El problema, digámoslo de una vez, no es él, no está en ellos, sino en quienes nos gobiernan y en quienes nos desgobiernan, del PP al exPSOE y exCiudadanos (Podemos forma parte de la trama independentista), que ya no saben ni por dónde andan, adónde miran, qué ven, qué virus suicida les ha comido las neuronas para albergar en su mollera tanta ceguera, tanta abyecta prevención, tanta cretinez unánimemente compartida. Que este acto antidemocrático se lleve a acabo es la muestra más desalentadora de la degradación de nuestra democracia. Transformemos la provocación en rebeldía. Nunca estaría más justificado recuperar aquél "no pasarán" en boca de todos los demócratas insobornables.

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