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Río Cabe

Charlotada en la Carrera

El 25 de julio de 1593, el hugonote Enrique de Bearne (o de Navarra) abjuró del protestantismo en la Catedral de Saint-Denis para afianzarse como rey de Francia, es decir Enrique IV. Se cuenta que, tras la solemne ceremonia, comentó aquello tan edificante de "París bien vale una misa". Sea o no cierto, la idea está bien expresada. En estos días, en España asistimos a los actos de toma de posesión de los diputados en el Congreso, a la investidura de Mariano Rajoy y –por fin– a su jura ante el Rey como presidente del Gobierno. Acontecimientos formales que en un país normal no requerirían el menor comentario, y, sin embargo, en el nuestro cobran dimensiones inusitadas, sobre todo por lo menos importante: los detalles, los gestos, las fórmulas de compromiso. Un espanto, que hayamos caído tan bajo.

Todos tenemos conciencia –lo reconozcamos o no– de la descomposición y deterioro de la "sociedad española" (así la ha denominado Rajoy esta mañana al replicar al filoetarra: aquello del "pueblo español" pasó a mejor vida). Todos culpamos a los demás, lamentamos con fatalismo que "esto no tiene arreglo", convencidos de cumplir de tal suerte, con nuestra obligación cívica. Pero sin irnos muy lejos en la divagación, debemos empezar por la cabeza: la escasa –a veces nula– ejemplaridad que recibimos desde arriba. Nos ceñiremos al formalismo de adhesión y acatamiento a la Constitución, que resume y representa a todo el ordenamiento jurídico, político y hasta cultural de España. Pero unos juran, otros prometen, éste dice que "por imperativo legal", el último en llegar –cortito de letras y de lo demás– aclara y antepone que "pese a sus convicciones republicanas". O sea, el tipo nos perdona la vida y se la perdona a la Constitución, en virtud de la cual le vamos a pagar un sueldo que, trabajando, no podría ni soñar en su vida. Y omito unos cuantos epítetos que se me vienen a la cabeza y sin duda merece el prócer –dizque– comunista. En suma, un relajo total: un mensaje directo, nada subliminal, a la "sociedad española" de que aquí el que puede hace cuanto quiere. Nadie le pone cortapisas, aunque los ciudadanos de a pie tengamos la sospecha de que los políticos, en materia de intendencia y status son unánimes, si bien en otros campos hay grados y maneras.

Desde los tiempos de Suárez, la derecha aceptó que las formas no importaban, que se podía hacer la vista gorda ante las salidas de tono, en especial de los separatistas catalanes y vascos, porque, de aquella, los comunistas blasonaban de modositos y hasta exhibían la bandera roja y gualda y mientras hacían votos de fe monárquica. En vez de poner las cosas claritas desde el principio –cuando el estado y la "sociedad española" todavía tenían vigor para repeler el asalto– y dejar fuera del sistema político (y de sus suculentas tajadas) a quienes no aceptaran las normas (nadie les obligaba ni obliga a presentarse), la UCD y el compadreo de los "padres de la Constitución" permitieron cosas inadmisibles: ¿qué mamarrachada semántica es esa de "prometer"? ¿Por qué han tolerado que anide y crezca la idea de que "jurar" es de derechas y "prometer" de izquierdas? ¿De dónde se sacaron que el verbo "jurar" está embebido sin remisión de contenido religioso (ver acepciones 2ª y 3ª de DRAE)? ¿Por qué tragaron la primera vez que alguien añadió la payasa coletilla del "imperativo legal" en lugar de rechazar su candidatura y mandar al individuo a la escuela? Una escuela a la cual, aún, no había llegado la LOGSE. O por qué cuestionan estos necios, pero bien aprovechados, que se jure ante la Biblia y el crucifijo, símbolos y resumen de nuestra cultura y nuestra "sociedad", como se practica en los países serios, con independencia de creencias religiosas.

De una en otra, el Estado –vale decir sus representantes políticos– fue cayendo en el pitorreo general, como en el tango ("cuesta abajo en mi rodada") y ahora no hay manera de hacer entender a un salvaje de trece años que no debe zancadillear, pegar o insultar a su profesor, triste tipo que por 1.800 euros se come todos los días un quintal de sapos. En medio hay un largo trayecto que hemos recorrido encantados, con "las más altas magistraturas" al frente, desmerengándose la tierra, deshilachado hasta el último harapo. Enrique de Bearne, por lo menos se molestó en disimular.

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