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Parece inobjetable que si una confesión religiosa consigue ocupar un espacio en la enseñanza de un país en el que hasta ayer por la tarde no existía, disponga también de libros, métodos de adoctrinamiento y material didáctico a su gusto, pues a fin de cuentas son ellos quienes mejor pueden decidir qué les interesa y conviene y qué no. Sin embargo, cuando el beneficio se contabiliza en pesetas, o euros, pagados por el contribuyente a través de una fundación (con lo cual la Unión de Comunidades Islámicas de España no desembolsa un céntimo, aunque sí recauda y se queda después el monto de las ventas), el asunto toma otro cariz por la discriminación descarada que implica contra otras comunidades religiosas autóctonas, empezando por la mayoritaria, a la cual se aprieta y escarnece un día sí y otro también desde los medios oficiales y afines. Recordaré sólo la presencia en primera fila de Dixie, la ministra culta; de Trini, la pija de la chupa y de otros prohombres y prohombros del régimen en la manifestación anticatólica y de exaltación homosexual que se celebró el año pasado en Madrid. La lista de ejemplos es tan nutrida que corto su enumeración. Pero sí es destacable la entrega de balde a los musulmanes de lo mismo que a los católicos se dificulta o niega con todo género de trabas. Y por parte de políticos y dominguillos asesores que nunca han celado su ateísmo.
El libro, como es natural, expone y promueve de manera sucinta y elemental las creencias básicas del islam (tampoco hay mucho más, la verdad), así como los "pilares" de ese credo, las obligaciones fundamentales del creyente, en un tono adecuado para niños de Primaria. No obstante, debemos comentar algunos aspectos quizá no muy visibles para las gentes de fuera. Lo primero de todo es la edulcorada presentación de cuanto concierne al islam, abordando de paso algunos de los tópicos de moda en nuestra sociedad, tal el ecologismo. Como si a los musulmanes, o al islam en su conjunto, les hubiera importado jamás un bledo la conservación de la Naturaleza. Si piden ejemplos, no van a tener caras suficientes para enrojecer: optimista que es uno, imaginando que pueden enrojecer por algo. La profusión de fotografías de hermosos paisajes alpinos con bosques, lagos y montañas nevadas augura felices comilonas de Eisbein (codillo de cerdo) y espumosos Bocks de cerveza negra, más que imagen alguna relacionada con lo visto por un servidor en los países árabes que conoce, que son unos cuantos.
Sin embargo, la sensación de ocultación de la realidad se acentúa en las mujeres que asoman en las imágenes: casi todas descubiertas, sin velo ni pañoleta (al final, p. 109, aparece una foto en pequeñito donde se vislumbra una fémina con pañolón oscuro, gafas negras y mandilón hasta los pies, diríase dosis preparatoria de lo que viene), todas sonrientes o cavilosas, irradiando paz y sabiduría, sin trapos represivos. El paraíso. Pero un observador atento tal vez se sorprenda de que junto a las no pocas imágenes de unos cuantos chavales rezando en la mezquita en distintas fases de la rak ‘a, no se ve ninguna equivalente de niñas: ¿por qué será? Aunque disimule, la cabra siempre acaba tirando al monte.
No entramos en aspectos pedagógicos, mejores o peores, como introducir azoras del Corán, en árabe, para que los críos las vayan memorizando en un registro lingüístico que es muy dudoso resulte comprensible para moritos de esas edades (si son españoles, todavía menos). Ese es un problema suyo y de sus prodigiosamente novedosas técnicas didácticas. Más interés reviste que, por fin, uno de los autores haya aprendido, pues lo escriben en letras gruesas, que "Islam quiere decir sumisión a Alláh". Quizás, gracias a esta gentil revelación, deje de decir en cuanta ocasión pública se le presenta (muchísimas) que "islam" significa "paz" en árabe.
Para quien ha dedicado muchas horas de trabajo, de atención y cuidado exquisito para facilitar la comunicación cultural a través de la traducción de obras literarias árabes –como es el caso del arriba firmante: un "aliado de civilizaciones" avant la lettre y sin cobrar por ello– resulta desolador ver cómo los musulmanes se obstinan en arruinar nuestros esfuerzos en un punto que rebasa el escenario nominalista y entra de lleno en el conceptual, sobre todo porque así lo entienden ellos. Me explico: creíamos superar el prejuicio, no poco peyorativo, corriente entre el pueblo español, de llamar Alá al dios de los musulmanes y siempre lo hemos traducido por "Dios" (como la Escuela de Estudios Arabes Española), para acercar la idea e infundir al lector todo el respeto que esa palabra disfruta entre nosotros. Si traducimos del alemán, inglés, francés hacemos lo propio y no dejamos en el texto Gott, God, Dieu, etc. No sólo es lo más digno, también es lo mejor comprendido y aceptado. Pues no, ahora vienen los musulmanes –siguiendo su línea tradicional de toda la vida– y nos recuerdan que Alláh no es Dios y mucho menos dios (iláh, el término corriente en árabe para designar al Ente en que creen los cristianos y otros descarriados más por el universo mundo). Vuelven a proclamarse los eternos pijoapartes: de la misma manera que ellos se autodefinen umma duna an-nas (una comunidad al margen de las demás gentes), su Alláh no es Dios, sino Alláh , sin traducción posible. Y punto. Todo nuestro trabajo de acercamiento, perdido. Les gusta marcar distancias. Y lo mismo sucede con el nombre de Mahoma, el corriente en español que cualquiera de por aquí comprende. Se aferran a la forma árabe ("Muhammad"), cosa normal cuando hablan en esa lengua, pero si pasan a otra lo lógico es utilizar los términos que en ella se entienden. Pero eso es lo lógico.
En resumen, versión suavizada para quedar bien con los monaguillos (y monaguillas) del Ministerio de Justicia que suelta los cuartos. Me pregunto si en los libros homólogos de uso en Argelia, Sudán o Arabia hay tantas caras lindas con los pelos al aire, tanta preocupación por cuidar los bosques y no tirar papeles al suelo.

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