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La reciente Cumbre Iberoamericana celebrada en Montevideo ha vuelto a recordarnos no sólo la inoperancia retórica de ese género de pasatiempos diplomáticos, sino también la incapacidad de los españoles y su clase dirigente para entender al continente americano, fuera de las buenas relaciones que debemos mantener con Estados Unidos y que, con facilidad, degeneran hacia el seguidismo acrítico. Y no sólo con gobiernos de derecha. Las cumbres nacieron por interés particular del mexicano Salinas de Gortari y de Felipe González, que buscaban cartas de oropel y resonancia fácil de cara a sus propias galerías. Desde la primera, en Guadalajara (México) en el 91 hasta esta última de 2006, el evento ha ido languideciendo, perdiendo fuelle y corroborando que si no se alimenta al pollino, éste acabará exhausto y muerto por consunción. Lo están logrando.
En esta ocasión han faltado ocho mandatarios (alguno, como Lula, porque le resultaba más divertido irse a la playa) y los efectos concretos y útiles siguen viéndose poco; Portugal, fuera de Brasil, no tiene el menor interés por estos certámenes de turismo periódico; y España, que ahora sí dispone de medios para invertir y ayudar en serio, prefiere dedicarlos a mamarrachadas como la Alianza de Civilizaciones, que todavía cuesta poco aparentemente (según qué gastos contemos y cómo lo hagamos). Pero una vez más se comprueba que continuamos entre la retórica progre de acá (que ha sustituido a la imperial del franquismo) y la desbocada agitación verbal –¡ahora indigenista!– de allá. Nada nuevo ni bueno. Aumentan las inversiones españolas bancarias, petroleras o de servicios, pero si usted quiere pagar una pequeña compra a una empresa mexicana ha de hacerlo a través de un banco americano de Nueva York que, naturalmente, le cobra un porcentaje. Y eso haciendo la transferencia desde un banco español propietario del banco mexicano que recibe el giro. Y cuando le llega la modesta mercancía, la aduana de Barajas le mete un clavo del 50 %, quizá por aquello de la hermandad hispánica. Así andamos. Y no invento nada: me ocurrió a mí.
De nuestro lado, al que más debemos censurar, lógicamente, el estado de ánimo –o de desánimo– sigue igual que hace veinte, cuarenta años, sólo que ahora con más dinero en nuestros bolsillos: la actitud del español medio, no digamos de la veleta oportunista de los políticos, oscila entre la indiferencia, el desprecio o una vaga simpatía esporádica que nadie coordina, organiza ni aprovecha. Que en España se lee poco es bien sabido, pero la ignorancia se reparte con sabiduría distributiva entre derecha e izquierda, escépticos en el fondo de que "de aquello" se pueda sacar nada bueno. Y proliferan, hoy como ayer, los detractores españoles de Descubrimiento y Conquista: ¡da buen tono de progre! Aunque podamos preguntarnos cuántos de ellos se han tomado la molestia de leer una –una sola- crónica de la época, aunque no más fuese por documentar sus diatribas. Pedir que se lean las crónicas puede ser un eufemismo cortés, a sabiendas de que no hay que pedir peras al olmo ni a los españoles que lean libros.
No obstante, al entrar en los textos, nada aburridos, se percibe la veracidad y la frescura del testimonio de primera mano. Y junto al relato de atrocidades –que los cronistas suelen ser los primeros en denunciar– aparecen sacrificios, valentía, abnegación, fidelidad a los valores corrientes en el tiempo, dignidad y –sobre todo– sufrimiento y penalidades horribles, cuya mera mención haría temblar a los campanudos posmodernos impartidores de ética. Las páginas de Cieza de León, Cabeza de Vaca, Bernal Díaz, Agustín de Zárate, Francisco de Xerez, Juan de Betanzos, Pascual de Andagoya, Fernández de Oviedo y tantos otros constituyen una parte sustancial de la Historia de España sobre la que, estúpida e irresponsablemente, escupen ahora gentes incapaces de prescindir del vídeo, el coche o el aire acondicionado, bien parapetados, eso sí, tras una obviedad: matar y esclavizar es condenable.
¿Cuántos contemporáneos nuestros, de la movida, las languideces del diseño o el enchufismo progrepancista, se habrían atrevido a acompañar a Almagro en el cruce de los Andes o Atacama? ¿Conocen la increíble peripecia de Cabeza de Vaca por el sureste de los actuales Estados Unidos? ¿Saben que la no menos increíble aventura de Pedro Serrano, perdido durante siete años en un cayo caribeño, dio base –nunca declarada ni reconocida– para Robinson Crusoe, adjudicándose la hazaña al marinero Selkirk? Ni lo saben ni les importa, alienados hasta la médula, se limitan a manifestar su "solidaridad" latinoamericanista a base de berridos y de imitar como macacos a los norteamericanos en ropas, músicas, técnicas audiovisuales, bebidas, comidas y expectativas vitales: sólo les interesa proyectar sus fracasados ensueños revolucionarios en Cuba, Bolivia, Venezuela, Nicaragua, porque –piensan– allá se va a corporeizar la revolución que ellos nunca hicieron en España. Si en esos países caen los regímenes de sus amores, volverán a importarles lo mismo de siempre: nada.
Insistir en denostar la memoria de Cortés o Pizarro no conduce a nada. Si queremos hacer algo por los pueblos americanos, reclamemos que las Cumbres dejen de ser una colección de fotos de Sus Majestades con los mandatarios de allende; que las ayudas se materialicen de verdad en enseñanza, transporte, higiene, alimentación, medicina, para las poblaciones, indígenas o no; pidamos cupos amplios de inmigrantes de los países más necesitados, convirtiendo en realidad esa ficción de la doble nacionalidad con países a cuyos nacionales se acaba exigiendo visado; en el terreno cultural , pidamos que el intercambio de libros, música, arte, teatro, cine, becas se institucionalice al menos en los niveles alcanzados durante los gobiernos de Aznar: ¿qué ha sido de la Fundación Carolina en manos del sectarismo socialista?

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