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Batalla campal en Madrid

Llega la intifada

Estaba cantado. Cuando hace dos años advertíamos de que los disturbios de Francia se extenderían a España sin remisión no descubríamos nada prodigioso. Sin dotes de adivinación ni virtudes sobrenaturales, cualquier observador atento y con alguna información podía alcanzar las mismas conclusiones. Tal vez uno de los problemas de nuestro país consista en que hablar de lo obvio, con frecuencia, es una hazaña heroica o, al menos, un descubrimiento peregrino que suscita sorprendidas llamadas de algunas televisiones o emisoras de radio al inocente descubridor de la evidencia. Y decimos inocente en su sentido original y básico, porque tal es quien avisa de las devastaciones producidas por inmigrantes que nos habían de caer, entre la indiferencia casi general y la complicidad de las televisiones al servicio del Gobierno de Rodríguez, que son todas las de cobertura nacional: los enemigos no son los inmigrantes, ni siquiera los que delinquen, son los españoles prestos a encubrirles con eufemismos, ocultaciones y una cuidada selección de imágenes y discursos, con el objetivo de birlar al pueblo español la imagen real de cuanto está ocurriendo.

Y empecemos por otra obviedad: en nuestro país no hay racismo ni xenofobia en proporciones perceptibles a efectos sociológicos. Pocos españoles en su sano juicio rechazan a los extranjeros que trabajan, respetan el ordenamiento legal y se integran en una sociedad, la nuestra, que tantas oportunidades ofrece para ello. Y resulta no poco reconfortante y emotivo ver en las fiestas y concentraciones de masas españolas –ya sea el 12 de Octubre o una manifestación de afirmación patriótica, a favor de la bandera o contra la ETA y sus cómplices– a inmigrantes, sobre todo hispanoamericanos pero también negros africanos, marchar a nuestro lado enarbolando nuestra enseña y expresándonos la solidaridad que demasiados españoles regatean o niegan de plano a la comunidad que les da de comer a diario. Entre nosotros no hay racismo, pero la tesonera acción de la autodenominada izquierda conseguirá que lo haya, creando primero malestar y después odio contra ciertos grupos de inmigrantes, también dispuestos a poner de su parte cuantos gestos y actos les puedan convertir en indeseables, por ejemplo, cometiendo delitos innumerables o haciendo muy patente su vagancia. Y sobran las oenegés que, amén de oficina de empleo para progres, son paternalistas protectores y garantes de personas a las que, sencillamente, hay que poner en la frontera.

Los sucesos de este 18 de octubre en la Cañada Real (Madrid) se han saldado con treinta policías heridos, algunos detenidos (que el juez pondrá en libertad de inmediato agarrándose a cualquier argucia leguleya), una batalla campal en la que la Policía – eso de las "Fuerzas del Orden" me suena a enmascaramiento cobarde para no llamar a las cosas por su nombre y asumir las consecuencias– se ha llevado la peor parte y, en especial, se ha puesto de manifiesto una vez más algo bien sabido por quienes sí queremos enterarnos de cuanto sucede: los inmigrantes marroquíes indocumentados se agrupan en guetos, los ocupan y proclaman más o menos a las claras como de su propiedad y establecen nuevas zonas liberadas del control político y administrativo del Estado. Por si no teníamos bastante con amplias áreas de Vascongadas donde se vive esa situación desde hace luengos años, ahora vienen ciertos moros –no todos, pero numerosos– a cerrar el paso a las leyes españolas ocupando solares que no les pertenecen y declarando con los hechos la inoperancia de nuestras normas y forma de convivencia en "sus" territorios.

Para ser justos y no desenfocar la cuestión es preciso recordar que en esas acciones vandálicas – que no son las primeras– andan implicados gitanos rumanos (a los que los rumanos honrados, la inmensa mayoría, detestan cordialmente) y... españoles de lo peorcito de cada casa (yonquis, okupas, traficantes y mangantes diversos). No es un conflicto "de inmigrantes", sino generado y desarrollado en determinados grupos de determinadas procedencias al socaire de las facilidades que la irresponsable, o dolosa, política de inmigración de Rodríguez, Caldera y demás tropa ha proporcionado a gentes que acuden a España y no a otros países europeos porque vivir del cuento, burlarse de las leyes o delinquir es aquí mucho más fácil.

Pero como no hay que achacar todos los desaguisados a buenismo o simple negligencia –que también pesan a la hora de fomentar la inmigración salvaje, como hace el actual Gobierno– cabe preguntarse por las motivaciones que inducen a cometer esta fechoría. Se ha hablado de la pretensión de amarrarse los votos de los recién llegados, supuestos sustitutos de los ya inexistentes proletarios; también se contempla el objetivo de atomizar la sociedad española en etnias y creencias enfrentadas, cuando no yuxtapuestas, para mejor dominarla; e incluso no falta la posibilidad de que la izquierda se esté vengando, de manera irresponsable y frívola, de su fracaso histórico como grupo hegemónico por la vía de arruinar todo el edificio del Estado. Todo podría ser pero, sobre todo, estas posibilidades no son mutuamente excluyentes. Todas, incluida la mera incompetencia por los conflictos de orden público que provocaría la mera aplicación de la legislación vigente.

Según datos policiales, en España hay un número similar de ecuatorianos y marroquíes (en torno a 700.000) y, sin embargo, la cantidad de procesados por delitos es unas diez veces mayor entre los segundos. No es una opinión, es un hecho, al cual debemos añadir, para percatarnos de la dimensión del dislate que están perpetrando nuestros políticos (unos adrede y otros por omisión y escapismo), que en Marruecos los índices de delincuencia son reducidos, dado el control del individuo que ejerce la sociedad musulmana, con mayor eficacia que la Policía. ¿Qué pasa, pues? Que el "papeles para todos", las viviendas para inmigrantes por delante de los españoles, la inopia ante actitudes inadmisibles como la pañoleta "islámica" para las niñas y la facilidad con que aquí sortean los delincuentes los infinitos meandros legales están cumpliendo el papel de imán de cuanta gentuza sobra en el país del sur. Y está claro que no me refiero al grueso de la inmigración de esa procedencia.

De momento, los salvajes de Cañada Real, entre lloros y barbarie, están cuestionando la misma existencia de nuestro Estado. Y no descarten que, de repente, algún político, solo o en compañía de otros, arbitre una solución mágica en la tónica habitual de parches y remiendos: facilitar pisos gratis a quienes apedrean a la Policía. Tome nota cuanto español, joven o no, carezca de vivienda: nada de cheque-ladrillo, aquí lo que hay que hacer es armar bronca, cuanto más cerca de La Moncloa, mejor.

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