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¿Qué nos pasa?

Pero explíqueme, quien pueda, cómo hemos llegado a esta situación: un día sí y otro también nos desayunamos y acostamos con actuaciones, manifiestos u omisiones dignas de manicomio decimonónico.

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Viajar, leer y acumular experiencias durante años vacuna del narcisismo masoquista de pensar que nuestros malos son los peores o que –como decía la canción– "Lo que a mí me está pasando, no le pasa a nadie más". El mundo está plagado de absurdos, de acciones caóticas y de canallas con suerte: es verdad y sin embargo, una vez adelantadas tan prudentes salvedades y tan cautelosos argumentos, un español medio, de ahora mismo, sólo puede formularse una pregunta que suena a desesperanza o a preludio de suicidio: ¿Qué nos pasa? ¿Qué país de locos es capaz de albergar una clase política, unos jueces o unos artistas (salidos todos de la sociedad, ojo, o bien imbricados en ella) que, ufanos y divertidos, producen dislates con tal profusión y semejante desparpajo?

Los españoles que nos autoconceptuamos como normales, respetuosos de las leyes y derechos ajenos, temerosos del Fisco y con un razonable deseo de vivir de manera próspera y pacífica (es decir, la mayoría), nos hacemos cruces ante la avalancha de sinsentidos palmarios que nos caen encima todos los días. Entre la impotencia de unos y la indiferencia de casi todos. El contradiós en España se ha convertido en norma y casi nadie se da por aludido. Ya ni siquiera se trata de culpar a uno u otro partido, de exonerar a los nuestros, caso de saber –Beatus Ille– quiénes son los nuestros. El conflicto es más profundo, más difuso, nada fácil de identificar y reducir a "los malos"; aunque bien es cierto que unos son más creedores que otros a nuestra repulsa por detentar mayor poder, el BOE sobre todo.

Pero explíqueme, quien pueda, cómo hemos llegado a esta situación: un día sí y otro también nos desayunamos y acostamos con actuaciones, manifiestos u omisiones dignas de manicomio decimonónico. No insistiremos en las muy sabidas (y que por su gravedad requieren tratamiento individualizado y bien guarnecido de datos y matices madurados), como la imposibilidad de estudiar en español en España, el decidido propósito del Gobierno actual de instrumentalizar hasta la náusea la Guerra Civil, la manipulación desinformativa a favor del PSOE en casi todas las televisiones, etc. Hay más, pero no es ésta la materia de hoy.

Simplemente repasando los últimos siete días, para no aburrir a los lectores, nos damos de bruces con una batería de dislates que aterra: Mariano Rajoy confiesa su verdadera opinión sobre los desfiles militares, tal vez para estar en consonancia con su compadre Trillo –un tipo chévere– que estimaba que tales alardes debían circunscribirse a los cuarteles y que llamaba al Servicio Militar "la puta Mili" (lo más gracioso es que, a la sazón, era ministro de Defensa, es que te mondas, oye); y sin salir de esa onda, el PP sostiene una tesis sobre los trasvases en La Mancha y la contraria –sostenía– en Valencia y Murcia (Por cierto: ¿qué locura es ésta de que los ríos son propiedad de uno u otro territorio?); el PP de Galicia se apunta a la enésima condena del franquismo (se supone que para congraciarse con los progres: van listos, qué poco conocen el percal) mientras sigue racaneando para no mojarse en la enseñanza del español; un barco holandés se acerca a Valencia para practicar abortos en aguas internacionales, entre gran algazara y cachondeo de feministas (¿?) y Pilar Bardem, que quieren rodear de aires festivos la publicidad de las clínicas implicadas (mudando en juerga algo que –cuando menos y aparte de consideraciones morales– es grave y triste para cualquier mujer que esté en sus cabales y para los hombres que la rodeen); el juez Garzón vuelve a las andadas y pide la partida de defunción de Franco et alii...

Demasiadas emociones en tan pocos días, así no hay cardíaco que resista: ¿estará contemplada y tipificada como delito en el Código Penal la inducción al infarto? Oigan, que nada de esto es serio, que no hay por dónde agarrar a una sociedad tan encantada con su propio deterioro, que pasamos del regodeo a la indiferencia con velocidad de pasmo. Y por motivos lamentables. Por supuesto, Rajoy ha tenido eco en otros graciosos, periodistas o no; al Rubianes todavía no le ha pasado nada; ni al otro, barcelonés por más señas, que llamó "prostitutas" (en original circunloquio) a las madres de los militares; el señor Ibarreche persevera en despilfarrar nuestro dinero –recalcamos lo de "nuestro"– pagando 200.000 euros a Al Gore por soltar de nuevo la cantaleta del cambio climático; los rectores madrileños insisten en culpar a Esperanza Aguirre de la falta de liquidez de las universidades (con la firma de algunos de quienes cabría esperar más seriedad: qué caguetas), cuando todos sabemos quién es el responsable del desaguisado. Y así a diario: ¿qué nos está pasando?

A propósito: ¿Usted a quién votó?

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