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¿Alguien recuerda haber visto a algún republicano mostrándose indignado? Los demócratas lo hacen cada dos por tres. Ted Kennedy se ha indignado más él sólo que todo el Partido Republicano al completo. Los demócratas pueden lograr que sus mentiras recorran el mundo antes de que los republicanos logren balbucear la verdad.
El caso es que defender ideas de derechas no debe ser tan difícil de realizar cuando las tertulias radiofónicas están dominadas por comunicadores liberales y conservadores de lo más elocuente. Hasta la prensa progre tiene columnistas conservadores tan claros y expresivos como Charles Krauthammer. También hay buenas secciones editoriales conservadoras en el Wall Street Journal y otros periódicos, así como inteligentes revistas de pensamiento de derechas como City Journal, The Weekly Standard o Commentary.
Es sólo en el lugar donde más importa, Washington, donde los conservadores se sienten cohibidos. Es uno de esos misterios que quizá nunca se resuelvan. Hasta algunos líderes republicanos lo reconocen. El anterior líder de los republicanos en la Cámara de Representantes, Tom DeLay, así lo reconoció durante una reciente entrevista en el programa de Rush Limbaugh. Tras recitar de un tirón los éxitos de la Cámara de Representantes cuando se encontraba bajo control republicano, se le preguntó por qué nadie los conoce. Admitió que los republicanos no hicieron muy buena labor dándolos a conocer.
Algo parecido estaba implícito en las declaraciones del antiguo presidente de la Cámara Newt Gingrich en las que señaló que existen distritos electorales en los que la mayor parte de los votantes tiene valores conservadores, pero que están representados en el Congreso por un demócrata progresista.
La ineptitud verbal de los republicanos es su problema, y en principio no tendríamos por qué preocuparnos por él si no fuera por una cosa. En un momento crucial de la historia del país y de la civilización occidental, los demócratas están adoptando una política exterior con una larga historia de derrotas que podría verse completada con la derrota definitiva ante naciones terroristas y movimientos con armas nucleares. Ese es el contexto en el que tienen que ser juzgados los muchos candidatos presidenciales de ambos partidos.
Entre los demócratas, todos los candidatos parecen intentar desbancarse entre sí defendiendo políticas derrotistas, como si pudiéramos poner fin a la guerra contra el terror saliendo de Irak con el rabo entre las piernas, entregando el país a los terroristas como base desde la que desestabilizar la región y lanzar aún más ataques contra Occidente, incluyendo a Estados Unidos.
Por eso es importante, incluso para quienes no somos republicanos, que éstos propongan un candidato que no sólo tenga agallas y cerebro, sino que también sepa cómo transmitir sus ideas a la opinión pública.
Buscar un candidato republicano elocuente reduce considerablemente el campo. Los mejores, aunque de distintas maneras, son Rudolph Giuliani y Newt Gingrich. El ex gobernador de Massachusetts Mitt Romney es un caballero que habla como corresponde a una persona culta, y probablemente sería un buen presidente, pero los republicanos ya tienen a muchos como él que no han mostrado su indignación en pública ni una sola vez en toda su carrera.
No hay duda de que Newt Gingrich es un político hábil que, al mismo tiempo, domina los grandes problemas de nuestro tiempo, tanto domésticos como internacionales. Bien podría ser el mejor presidente de todos los candidatos de ambos partidos. ¿Pero qué tipo de candidato presidencial sería? Ciertamente es muy elocuente, pero en el sentido discreto y en ocasiones irónico de un profesor universitario, algo que fue en un momento de su vida. Es difícil recordar a Newt Gingrich mostrando indignación, ni siquiera cuando fue falsamente acusado de abandonar y matar de hambre a los pobres por no destinar suficiente dinero para los programas de ayuda pese a que, en realidad, había incrementado el gasto público destinado a los que menos tienen.
En cambio, Rudolph Giuliani es más un tipo corriente de Nueva York, que no responde a los ataques y mentiras con indiferencia, ironía y moderación académicas. Es un luchador. Por eso, tal vez la mejor esperanza de su partido, y del país, sea un pasaporte presidencial con Gingrich y Giuliani, o Giuliani y Gingrich. Ciertamente sería una gran mejora con respecto a algunos de los candidatos que los republicanos han propuesto en otras ocasiones.
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