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La tentación de la indecencia

El prontuario de cocina del comunismo carnicero recoge una metáfora siniestra: Cuajar una tortilla exige cascar los huevos.

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Manifestación Comunista | Cordon Press

Hace ya veinte años el gran Pascal Bruckner puso contra las cuerdas a la internacional buenista y al progresismo fin-de-siècle despachando un ensayo, La tentación de la inocencia, que todavía hace las veces de libro de instrucciones para deconstruir, pieza por pieza, la inocentada del presente. Eso que el pensador francés llamaba "la inocencia" era una suerte de enfermedad moral que transformaba el tedium vitae de la Europa opulenta en caldo de cultivo de la cultura de la queja. Con el estado del bienestar ejerciendo de aya (antes fue su nodriza y antes su partera) de una generación de airados mozalbetes, los mandarines del pensamiento feble sazonaron el dogma biempensante con un pellizco -¡ay!- de masoquismo biendoliente. A falta de duelos propios, las penurias ajenas proporcionaban un flagrante casus belli a los apóstoles de una cruzada antisistema que convirtió la irresponsabilidad en estrategia, la victimización en espoleta, el balbuciente infantilismo en burladero de las leyes.

El ejercicio de la irresponsabilidad ilimitada divorciaba a los actos de las consecuencias. Equiparaba ser libre a ser impune. Multiplicaba los derechos y distraía los deberes. La victimización sacaba a la palestra el discurso del odio elevado a la histeria. Apuntalaba el gimoteo con el resentimiento. Le otorgaba la palma del martirio a quienes, por no sufrirse, no se asomaban al espejo. Acto seguido, la patulea infantiloide, polimorfa, perversa que le ríe las gracias al Párvulo Perpetuo, amplificaba el rigor de las desdichas sacrificando lo real en los altares del deseo. El alegato de Bruckner, al cabo de dos décadas, demuestra que lo nuevo es el recuelo de lo viejo. Que estamos donde estábamos en las postrimerías del milenio. Que la retórica salvífica de los mesías del prime-time es la burra de siempre con distintos arreos. Y que la tentación de la inocencia, en resumidas cuentas, sólo era un anticipo de la consumación de la indecencia.

Infantilismo a discreción, irresponsabilidad a voleo, impunidad a mansalva, victimización a espuertas. Formulados los cargos, sienten en el banquillo a Colau y a Carmena (vestales del cambiazo municipal y espeso) y sometan a juicio sus dichos y sus hechos. Los okupas de Gracia y sus juegos de guerra, el entrañable Bódalo y sus palizas justicieras, el coleguilla Alfon y sus bombas traviesas… La sacralización del Buen Salvaje, el contrato asocial que reivindica al violento, las bodas inciviles de la desfachatez y la indulgencia sitúan a las ediles podemitas en la boca de riego del tentadero posmoderno. La tentación es la antesala del pecado y los pecados capitales se absuelven con dinero. Barcelona y Madrid, Madrid y Barcelona (el billete a la ruina, en este caso, es de ida y de vuelta) han metido a barato su primogenitura por un plato incomible de utópicas lentejas.

La enfermedad moral que detectó Pascal Bruckner es, hoy por hoy, una pandemia que ha fundido los plomos a los partidos clásicos y las meninges a los insurgentes. Abocetado ex catedra por Iñigo Errejón, emulsionado por Bescansa en el matraz de las encuestas y reinterpretado por Iglesias en los platós de lanzamiento, el sentimentalismo-leninismo que ha muñido Podemos tiene, quizá, más vuelo y más pujos académicos que la empanada ideológica de la niña Colau o los abrazos asfixiantes de la ñoña Carmena. Recuerden, sin embargo, que el prontuario de cocina del comunismo carnicero recoge una metáfora siniestra: Cuajar una tortilla exige cascar los huevos. Y, aunque los casquen otros, los huevos los ponen ellas.    

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