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Columna publicada el 24-12-2002
Hace un año nos divertimos bastante al leer las deliberaciones de algunos analistas sobre el “brillante futuro democrático y liberal” que se abría para Afganistán, especialmente para sus mujeres, tras la operación antiterrorista de los aliados. La imagen de la mujer afgana quitándose el “burka” y poniéndose una minifalda estaba omnipresente. Era “lógico”, ya que todo el mundo pensaba que los afganos, junto con las galletas de la ayuda humanitaria, también tragarían los buenos modales y costumbres civilizadas. En aquel entonces, escribimos en las páginas de este periódico comentarios “políticamente incorrectos”, exponiendo, en plena campaña antiterrorista, nuestras dudas sobre la capacidad de Occidente de cambiar algo en la vida afgana.
Nuestra opinión se basaba en un cierto conocimiento del terreno y de la mentalidad de aquel país, tan lejano y tan opuesto a nuestra civilización y a todos nuestros principios. Hoy en día, los hechos nos dan la razón. El presidente Karzai, acorralado con sus guardaespaldas estadounidenses en su palacio de Kabul, al parecer, se siente a gusto sólo en Europa. Aquí aparece, de vez en cuando, para hablar de la democracia y pedir más dinero. Mientras tanto, su país está dividido entre los señores de la guerra, vencedores de los talibanes. “Toleran” a Karzai mientras no salga de la capital y no intente quitarles el poder en sus feudos tribales. Odiaban al antiguo líder del país, el mulá Omar, simplemente porque no quería compartir con ellos su poder. En cuanto a la ideología de los que mandan hoy en día en Afganistán, al parecer, es todavía más radical que la de los talibanes.
Basta mencionar a uno de los señores de la guerra más famosos: el todopoderoso cacique de la provincia de Guerat, Ismail Jan. El mulá Omar parece un ultraliberal comparado a este fanático integrista. Para vigilar el estricto cumplimiento de las normas islámicas, formó en su provincia una fuerza policial especializada. A las mujeres, que por supuesto llevan los “burkas” obligatorios, las detiene en la calle para comprobar su identidad y someterlas al reconocimiento ginecológico obligatorio. Las jóvenes solteras que no son vírgenes van directamente a la cárcel. Si el médico descubre que la mujer ha tenido recientemente una relación sexual, tiene que demostrar que ha sido con su marido, sino será detenida.
La mujer, bajo la amenaza de un severo castigo, tampoco puede hablar en la calle con un hombre que no sea su pareja legal. No tiene derecho a sentarse con un extraño en el coche, ni a estar con él a solas en un local. Por supuesto, las mujeres de Guerat no pueden trabajar, ni ocupar ningún cargo público. Pero Ismail Jan no es ninguna excepción. Prácticamente en todo el país pasa lo mismo. En la capital, donde están presentes las fuerzas internacionales, la situación es un poco mejor, pero pocas mujeres se atreven a quitarse el “burka” por miedo al castigo por parte de su propia familia o de los integristas de al lado.
Este ambiente fue descrito por una periodista rusa, Natalia Babasian, del periódico moscovita “Izvestia”, que visitó recientemente Afganistán. Lo mismo fue confirmado por los representantes de “Human Rights Watch”, que dedicaron un informe de 52 páginas a la horrorosa vida de la mujer afgana.

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