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"Mal y peor" es lo que la opinión ortodoxa dice ahora respecto a nuestras opciones para luchar contra los esfuerzos del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad por obtener la bomba. Nos dicen que los ataques aéreos occidentales provocarán violentas reacciones en el mundo islámico, el terrorismo aumentará, dará poder a los obstruccionistas chiítas iraquíes, destrozará a la muy publicitada –pero de la que se oye muy poco— oposición iraní y que incluso después de días de bombardeo, no seremos capaces de demoler todas las instalaciones nucleares de Irán. Ésta es la opción "mala" a la que nos enfrentamos.
Aparentemente no hay nadie que crea que detener la bomba iraní humillaría a los mulás y enseñaría a otros en la región que no deben intentar algo similar, a pesar de que Libia abandonó su arsenal de armas de destrucción masiva sólo porque Muamar Gadafi temía correr la suerte de Sadam Husein, según admite él mismo.
"Peor" sería que consiguieran la bomba, lo que produciría un Irán nuclear amenazando a Israel, a las tropas americanas en Oriente Medio, a los árabes exportadores de petróleo de la zona y a capitales europeas, mientras que los progres occidentales discrepan acerca de si Ahmadineyad sólo busca prestigio, precios del crudo más altos, mayor poder sobre una población inquieta o el paraíso como la recompensa por destruir el estado judío. El iraní es un líder que escucha voces en una fuente, sueña con el desaparecido duodécimo imán, afirma que su público ni pestañea cuando se dirige a él y puede haber sido uno de los terroristas que asaltó la embajada de Estados Unidos en 1979, añadiendo el nihilismo mesiánico al polvorín de petrodólares, bombas atómicas y terrorismo.
Como respuesta al estilo Zen, Estados Unidos se mantiene en silencio en un segundo plano. El diálogo multicultural del que se jactan los europeos sólo sirve para que se ganen el desprecio iraní en lugar de su gratitud. La ONU, bueno... es la ONU y es más probable que se obsesionen por el arsenal que tiene Israel desde hace medio siglo en lugar de preocuparse por la nueva teocracia nuclear. Las autocracias árabes, mientras tanto, no parecen muy preocupadas ante una conflagración persa-israelí que podría baldar a ambos enemigos tradicionales, si lograra transcurrir sin demasiada lluvia radioactiva sobre Cisjordania.
China y Rusia quieren o bien petróleo iraní o petrodólares, y parecen disfrutar con la ansiedad occidental, confiados en que, en el peor de los casos, un Irán nuclear probablemente apuntará sus misiles y sus terroristas hacia otro objetivo. Rusia promete supervisar el enriquecimiento de uranio iraní, lo que sería como poner a la zorra a cuidar de las gallinas pues fueron ellos, en primer lugar, los que vendieron a los mulás la mayor parte de la tecnología nuclear necesaria. Los israelíes están en un callejón sin salida, por lo menos temporalmente. El miedo a un segundo Holocausto los hará actuar en el último minuto y a pesar de que la mayor parte del mundo respirará aliviado, saben que serán vilipendiados en los periódicos matutinos.
Heridos por la percepción de que no se puede confiar la seguridad nacional a los demócratas de más rancio abolengo, los senadores John Kerry y Hillary Clinton deploran la "deslocalización" de la responsabilidad americana para enfrentarse con Irán, aunque sin duda serían los primeros en condenar al vaquero Bush en cuanto la CNN empezara a emitir en directo hablando de los daños colaterales, digamos, el tercer día de cualquier campaña aérea.
El ex presidente Clinton pidió perdón el año pasado a la mulacracia iraní por el apoyo americano al Shá de Irán hace 30 años y por el espionaje de la CIA hace medio siglo, pero no se lo ha pedido al pueblo americano por permitir que, bajo su mando, Pakistán, Irán y Corea del Norte empezaran en serio sus programas de adquisición nuclear. Seguro que Jimmy Carter se nos aparecerá pronto exhortando a tener exquisita comprensión con las necesidades especiales de seguridad de Irán; en realidad, cuanto más cerca esté Irán de conseguir la bomba, más dirá la izquierda que es algo con lo podemos vivir.
De modo que, por ahora, la política americana parece haber abierto un periodo de inacción que durará más o menos un año, hasta que los servicios secretos confirmen que a los iraníes les restan unos meses para montar sus ojivas. Luego habrá, probablemente, una campaña aérea caótica, incompleta, que retrasará el programa nuclear iraní por quizá unos 5 años y disparará el precio de la gasolina por las nubes. Esperaremos entonces que no esté ya en manos de Hezbolá algo del material fisible y confiaremos en que las protestas mundiales antiamericanas no sean peores que la locura contra los daneses. Israel se tendrá que preparar para una campaña terrorista más horrenda aún y nosotros rezaremos para que los chiítas iraquíes sean más iraquíes que chiítas.
Lo único que ha cambiado en los últimos seis meses es la creciente toma de conciencia occidental de que el apaciguamiento da alas a un islam radical que va muy en serio con lo que dice. Hamás, una vez elegido, a pesar del dinero y apoyo occidental, no ha cambiado de opinión sobre el compromiso escrito en sus estatutos de destruir a Israel. Lejos de renunciar a su promesa de borrar a Israel del mapa, Ahmadineyad se la jugó a doble o nada en su alarde organizando conferencias oficiales que negasen el Holocausto, prerrequisito de cualquier judeófobo que desea pasar de la retórica a la acción. Sin embargo, a diferencia de Hitler, Ahmadineyad perfiló por adelantado, no sólo la intención, sino el método para llevar a cabo su deseada segunda parte del Holocausto.
Las quemas y matanzas por las viñetas danesas, pisándole los talones a los disturbios franceses, los atentados de Madrid y Londres y el asesinato de Theo van Gogh en Holanda, han removido a Europa hasta sus cimientos. Quizá la Unión Europea se dé cuenta de que sus 450 millones de ciudadanos no pueden tolerar el vivir al alcance de los misiles del islam radical, con el dedo de Ahmadineyad en el gatillo. Por eso Holanda aumentó su contingente de tropas en Afganistán. Muchos periódicos europeos publicaron las viñetas como muestra de solidaridad. La alemana Angela Merkel ha comparado al presidente iraní con Hitler. E incluso anteriormente, Jacques Chirac hablaba de usar las bombas atómicas de su país contra los estados patrocinadores de terrorismo. Nos vamos acercando al momento decisivo en el que sacudir la cabeza diciendo "mal o peor" ya no es excusa para la pasividad sino la trágica aceptación de que, después de todo, todavía queda una elección mala.
©2006 Victor Davis Hanson
*Traducido por Miryam Lindberg

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