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Columna publicada el 22-03-2003
No pueden ser más terribles las noticias que llegan desde La Habana. Mientras la atención internacional está puesta en Bagdad, Raúl y Fidel Castro encarcelan a decenas de destacados miembros de la disidencia interna. Son ya más de 80 las personas que en estos momentos están siendo torturadas en las mazmorras castristas. Los disidentes cubanos han sido las primeras víctimas de la guerra de Irak. Tenía razón el sátrapa caribeño cuando hace dos años aseguró que para reprimir a la disidencia no le hacían falta cañones. Destrozar a mujeres enfermas como Martha Beatriz Roque le resulta muy fácil. La economista cubana ya no podrá promover la sociedad civil en Cuba. Está siendo torturada en “Villa Marista”, sede de la Seguridad del Estado comunista, ahora convertida en campo de concentración. Pero, ¿a quién le importa? No le podemos pedir a José Saramago —buen amigo de sus verdugos— que se interese por ella. Tampoco a José Luis Rodríguez Zapatero o a Gaspar Llamazares, ambos muy ocupados en engañar a miles de incautos haciéndoles creer que les preocupa la suerte de los iraquíes, cuando desprecian y se burlan del sufrimiento de los cubanos.
Nada podemos esperar de estos comediantes. Sin embargo, jamás podremos justificar el silencio del Gobierno español. Siendo nuestro país el principal acreedor de la tiranía castrista, aún no ha sido capaz de exigir la libertad de los detenidos. De momento, la ministra de Asuntos Exteriores de España prefiere callar y no preguntar por lo que le están haciendo a Martha, a Raúl Rivero, y a otros ochenta disidentes pacíficos que, por no poder, no pueden ni esperar que les escuchen. A pesar de que muchos de los detenidos son nietos de españoles, el Gobierno de la madre patria todavía no se ha interesado por uno sólo de ellos. Cinco días después de que en Cuba se iniciara la más terrible represión de los últimos años, la Oficina de Información Diplomática no ha podido hacer público ni un mísero comunicado de protesta.
Hace pocos meses José María Aznar le pidió a Castro que permitiera a Payá recoger el Premio Sajarov, pero hasta ahora no ha tomado iniciativa alguna en favor de los que dice son sus amigos. Los canadienses —con mucha menos responsabilidad en Cuba que los españoles— ya lo han hecho; sin embargo, el embajador de Madrid en La Habana no ha encontrado tiempo para interesarse por la suerte de los periodistas encarcelados por los hermanos Castro; su agenda no se lo permite, está siempre demasiado ocupado celebrando las inversiones españolas en los descampados que rodean las más de doscientas cárceles que existen en la isla.
Después del brutal incremento de la represión en Cuba, el Gobierno español está moralmente obligado a romper todo tipo de relaciones con la tiranía castrista. Más tarde o más temprano tendrá que hacerlo. Ibarretxe lo sabe. Es sólo cuestión de tiempo. Pero de momento no le pedimos tanto. Según están las cosas nos conformaríamos con muy poco. Sólo le rogamos que no haga oídos sordos a los gritos de auxilio que le llegan desde La Habana, que pregunte por los presos, que exija su puesta en libertad, que haga responsable de su vida a los carceleros, que no se demore.
Los negocios españoles en la isla no justificarían nunca un silencio tan miserable. Castro ya ha movido ficha. Ahora le toca a Aznar. No hace muchos meses el presidente español declaró que cuando miraba a los cubanos, veía a los españoles; tiene hoy ocasión de demostrarlo. En las últimas semanas ha sido capaz de defender lo que creía justo. A pesar de que su protagonismo en la crisis de Irak podía acarrearle gravísimos problemas en España, el líder del Partido Popular ha obrado en conciencia y no ha dudado en cumplir con lo que creía su deber. No puede ahora mirar para otro sitio. Si se lo propone, el Gobierno español puede hacerle mucho daño a la tiranía comunista cubana. Aznar tiene que escoger entre auxiliar a las víctimas o silenciar los últimos crímenes de los verdugos. Los cubanos sufren tanto o más que los iraquíes. Llevan cuarenta y cuatro años sufriendo. ¡Basta ya!

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