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Se lo aseguró al corresponsal de El País en Cuba. García Márquez presume de “conspirar” por la paz en Colombia casi desde que nació. Valoramos como merece su humildad, pero nos consta que no es de lo único de lo que puede presumir el escritor colombiano. También ha escrito al menos una gran novela, tiene casa en La Habana y es amigo de Fidel Castro. Se demuestra una vez más que el talento no siempre va unido a la vergüenza. Se puede escribir una maravilla como es “Crónica de una muerte anunciada” y, al mismo tiempo, justificar todo tipo de crímenes. Sólo así se entiende que García disfrute de casa en La Habana. Por supuesto, no se tratará de la mía. Es demasiado “chiquita”. Allí vivirá ahora alguna familia pobre –probablemente negra y numerosa– que jamás coincidirá con Gabo y no podrá preguntarle por qué es amigo de su verdugo.
La casa de García ha de ser grande y hermosa. La que corresponde a personaje tan notable como siniestro. En ella se podrá “conspirar”. No en la que fue de mis padres y que estaba puerta con puerta con la de la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución. Uno de los tristemente famosos CDR que sirvieron y sirven para organizar actos de repudio en contra de la disidencia. Ya les digo, no sólo era pequeña, también pecaba de mal “ubicada”. Lo que no impidió que la tiranía nos la robara incluso antes de que pudiéramos escapar de la isla de los cien mil presos.
Disculpen. Intentaré no dispersarme. Aquí lo que importa no es mi casa, es la de Gabo. Tal vez el novelista sepa a quién se la robaron. Pero mucho me temo que jamás “conspiró” para devolvérsela. No parece que le inquiete mucho disfrutar de lo que otro robó para su familia y sus amigos. Él se ocupa de temas más importantes. Nunca se interesó por el tráfico de propiedades robadas. Lo suyo es la alta política. La que no distingue entre víctimas y verdugos. Presume de trabajar por la paz en su país, pero vive muy bien en otro donde disfruta del favor de los carceleros. Jamás conspiró en su contra. Por tanto, me cuesta mucho creer que se interese por la suerte de los colombianos. Cuando nos importa el sufrimiento, nos importa todo tipo de sufrimiento. Las personas decentes no saben distinguir entre los verdugos. García, sí. Sólo así se entiende que –como otros muchos extranjeros– tenga casa en La Habana.
En Cuba encuentran refugio todo tipo de terroristas y fugados de la justicia estadounidense. No es el caso de Gabo, pero no podrá negar que quien les permite vivir allí es un sátrapa sin escrúpulos que puede invitar a sus amigos con lo que no es suyo. Es más, le consta que su casero es el más longevo y peligroso de los terroristas. Y aunque el colombiano se considere capaz de dibujar un círculo cuadrado, sólo logrará engañar a los que como él disfrutan de un desahogo moral que les permite presumir de trabajar por la paz mientras justifican los crímenes de un bandido que protege y financia a todo tipo de liberticidas.
Si García quiere que confiemos en su buena intención, a lo primero que tenía que renunciar es a su casa de La Habana. Le sobra la pasta. No necesita vivir de los logros de la Robolución. Un tipo que fue capaz de escribir “Crónica de una muerte anunciada” merece disfrutar de una vejez más digna. No de propiedades robadas. Es mucho lo que pudo hacer en favor de los cubanos y jamás hizo. Ya no esperamos de él que regañe a uno de sus mejores amigos. Sería pedirle demasiado. No obstante, me atrevo a sugerirle que si quiere que nos tomemos en serio sus “conspiraciones”, alquile un apartamentito con vistas a la cárcel de máxima seguridad en la que su Máximo Líder tortura a Óscar Elías Biscet.

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