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A nadie debe sorprenderle que –por el momento y sólo por el momento– Cuba y Venezuela se hayan convertido en los mejores aliados del Gobierno iraní. Los fascistas siempre acaban por encontrarse. Pero ya les conocemos. Tanto Castro como el nieto bastardo que le creció en Caracas ladran y ladran para inmediatamente después negarse a sí mismos. No tardarán en abandonar la partida. Pero nunca antes de intentar todo lo que esté a su alcance para que a Estados Unidos no le quede más remedio que entrar en una nueva guerra que les permita a ellos campar a sus anchas en Iberoamérica. El coma-andante y su más enajenado discípulo son expertos en disparar con pólvora ajena siempre que sean otros los que mueran. A Castro le humillan hasta el extremo los carteles que desde la fachada de la SINA –Oficina de Intereses de Estados Unidos en la Habana– le recuerdan que no es más que un anciano fascista, pero no se atreve a achuchar a sus perros en contra de la delegación de la potencia enemiga. Prefiere que sean los iraníes los que distraigan por un tiempo a los vecinos que siempre temió.
No obstante, le consta que correría un grave riesgo si insistiera en cebar a un peligrosísimo enemigo de Occidente y de las libertades. Lleva mucho tiempo jugando con fuego, y, aunque jamás se quemó, no siempre se va a ir de rositas. Si las cosas se ponen tan feas como parece que pueden ponerse, los estadounidenses no olvidarán las bravatas que el Tiranosaurio lanzó en mayo de 2001 en la Universidad de Teherán: "el régimen norteamericano es débil y nosotros lo vemos de cerca. Puedo asegurarles que nosotros no tenemos miedo a ese país. Los pueblos y los gobiernos de Cuba y de Irán pueden poner de rodillas a Estados Unidos". Más de lo mismo. Perro ladrador, poco mordedor. Confiemos en que el Gobierno de Irán retroceda en el penúltimo momento. Pero si no es así, se volverá a demostrar que su aliado cubano no es más que un macarra que sólo se atreve con los que antes otros han sujetado.
Y es que por loco que esté, Castro sabe que está pisando un terreno muy peligroso. No olvida que toda paciencia tiene un límite, y que aunque en lo que respecta a la tiranía cubana parezca lo contrario, nada en la Tierra es eterno. El tirano es consciente del peligro que afrontaría si uno de sus más próximos esclavos se toma en serio sus amenazas. Más que de los ajenos, se cuidará de los propios. Le consta que nadie le acompañaría en el caso de que pretendiera morir matando antes de que deje de hacerle efecto la Levodopa. Los cubanos –que le escoltan aborregados en sus paseos ante la SINA– jamás le seguirían en su último viaje. Antes se deshacen de su verdugo. Y su verdugo lo sabe. Como todo chantajista, no es más que un cobarde. No tardará en negar lo que dijo en la Universidad de Teherán. Acabará adoptando un neutralismo disfrazado de buenas palabras y de llamadas al diálogo. Como en tantas otras ocasiones, se mantendrá al margen del fuego después de haberlo avivado. Quienes no tendrían que olvidar sus bravatas son los estadounidenses. Nunca es tarde para hacer justicia.

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