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Columna publicada el 02-07-2003
Poco después de que el coma-andante acusara al presidente español de ser un lacayo de Estados Unidos, un centenar de patronos de nuestro país viaja a Cuba para escuchar las patrañas de su ministro de Relaciones Exteriores. Este viernes, Felipe Pérez Roque se reunió nada menos que con cien empresarios españoles para asegurarles que las malas relaciones que Castro mantiene con Aznar no pondrán en peligro sus intereses en la Prisión-grande.
No obstante, por mucho que el gobierno de la Isla se esfuerce en tranquilizar a los inversores extranjeros, la economía comunista no puede ofrecer peores resultados. Según informa la Agencia Reuters, en el pasado mes de octubre, Cuba –sin dar ningún tipo de explicaciones– suspendió todos los pagos de una deuda 380 millones de dólares que tiene con Bancomext, banco estatal mexicano.
Cuando la Unión Europea acaba de anunciar una revisión de sus contratos con la Isla-cárcel, la deuda externa –reconocida por la propia tiranía– alcanza los 12.210 millones de dólares y la cosecha de azúcar ha sido la más baja desde 1933. Los logros de la robolución están a la vista de todos los que quieran verlos. Los cubanos viven de las remesas de dólares que les llegan de Estados Unidos, de las propinas de los turistas, de la caridad internacional y del petróleo que le regala Hugo Chávez.
En la Isla-cárcel los ciudadanos aparentan que trabajan y el Estado finge que les paga. Es imposible que funcione un sistema económico en el que nadie jamás creyó. Sin embargo, Castro parece decidido a llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Otra cosa es la que pretenden sus herederos, animados por muchos que quieren contar con ellos en una futura transición. Los delfines de Esteban Dido se esfuerzan en apagar todos los fuegos que enciende su Máximo Líder, pero les va a costar mucho trabajo bajarse de un barco que lleva cuarenta y cuatro años navegando en un mar de sangre.
La futura transición cubana no debe estar hipotecada por intereses ajenos a la verdad y a la justicia. Aunque son muchos los que se empañan en negarlo, entre Alarcón, Pérez Roque y los hermanos Castro no hay mucha diferencia. En cualquier caso, el Máximo Líder –que no puede ignorar sus graves problemas de salud– que es ya incapaz de hilvanar con sentido dos frases seguidas y, que no se fía ni de su sombra, parece dispuesto a borrar todas las huellas, si no de sus crímenes, sí de sus fracasos.
Huber Matos, compañero de Castro en Sierra Maestra, insiste en Argentina en que el Monstruo de Birán quiere morir matando, “tiene miedo a perder el poder y, ante la realidad de que el régimen se hunde, de que está en la antesala del colapso, prefiere adelantarse a los acontecimientos desencadenando un conflicto armado con Estados Unidos”.
Y es que por mucho que se empeñen los delfines de Castro, nadie les puede asegurar un futuro tranquilo. Pueden reunirse en la Habana con todos los empresarios del mundo, pueden incluso engañarles y hacerles creer todo sus embustes; sin embargo, nada conseguirán mientras no sean capaces de desprenderse de Esteban Dido que, antes de contemplar desde el infierno como Alarcón, Lage y Roque toman el sol en Varadero, prefiere conducirlos a todos al sacrificio. Si nacieron con él, deben morir con él.

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