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En plena crisis financiera, cuando millones de españoles se preguntan si podrán cobrar una parte de lo que antes pagaron por si perdían su empleo, Zapatero, lejos de exigir lo que también es de ellos, no sólo le perdona a la tiranía castrista lo que ésta jamás pensó pagar, le ofrece nuevos créditos que, como los que ha perdonado, los parados españoles nunca recuperarán. Es lo que tiene la Alianza de las Civilizaciones. No sé cómo explicárselo a mi madre. Tiene 90 años y, aunque conserva toda su capacidad de raciocinio, no es capaz de entender muchas de las decisiones del Gobierno español.
Mi madre vivió y perdió en Cuba los 18 mejores años de su vida. Tras trabajar en lo que pudieron y, sólo gracias a su sacrificio, mis padres arrendaron un bar en La Habana. Me consta que más de un lector de Libertad Digital lo conoció. Aunque a mí entonces me lo parecería, no era muy grande. Estaba o está, cuando lo abren en la esquina de la calle Milagros con la Calzada de Diez de Octubre. Una mañana entraron tres policías de Castro, bajaron los cierres e informaron a mis padres que lo que creían suyo ya era de la Robolución.
Probablemente, ya siempre muy tarde, podré un día viajar a La Habana y comprobar qué quedó de lo que también fue mío. Quien ya no podrá volver será mi padre. Mi madre, si se empeña aún podría, pero no muestra mucho interés. Nadie ni nada le quedó allí. La patraña comunista le robó lo poco que fue suyo. No sé si sobrevivirá al verdugo de su juventud y de su esperanza, pero vivió lo suficiente para ver cómo con parte del dinero que de casa va para Hacienda se financia la barbarie que le obligó a regresar a España con una maleta de tela. No lo entiende. Está mayor. ¿Cómo explicarle lo que sucede en España desde la mañana del segundo jueves de marzo de 2004?
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