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Columna publicada el 03-02-2004
El reportero del New York Times Nicholas Kristof escribió en días pasados sobre los pobres en Camboya. En la capital, Phnom Penh, cientos de personas buscan restos de alimentos en los basureros, como también bolsas plásticas, latas y cualquier otra cosa que puedan vender. Así la joven Nhep Chanda logra ganarse 75 centavos al día. Lo que ella quisiera es conseguir empleo en algún taller que “explota” a los obreros pagándoles 2 dólares diarios y trabajando ocho horas, seis días a la semana, en lugar de pasarse todos los días del año, bajo el sol ardiente, hurgando en los basureros de la capital. Muchos políticos, académicos y sindicalistas mantienen que pagarle a alguien dos dólares al día es explotarlos y acusan a empresas norteamericanas de mudar sus instalaciones al tercer mundo para así explotar a esa pobre gente, utilizando a mujeres y niños en las líneas de producción, bajo inferiores condiciones.
Examinemos esa clase de “explotación”. Si usted gana 1.500 dólares mensuales y yo le ofrezco un trabajo por 4.000 dólares mensuales, ¿lo estoy, acaso, obligando a aceptar algo malo? Para la joven Nhep Chanda poder ganarse 2 dólares al día trabajando en una fábrica, en lugar de 75 centavos buscando algo de valor en la basura, se trata de una alternativa gloriosa que sería absurdo caracterizar como explotación. El congresista Dick Gephard, hasta hace pocos días aspirante a la presidencia de Estados Unidos, prometía que de llegar a la Casa Blanca presionaría a la Organización Internacional del Trabajo a establecer un salario mínimo mundial. Los líderes sindicales y los activistas enemigos de la globalización lo aplaudían y constantemente exigen mejores condiciones de trabajo en el tercer mundo. Pero, ¿de verdad cree que a ellos les importan mucho los pobres como Nhep en Camboya o María, que trabaja en una maquila centroamericana?
Por infame que nos parezca un empleo que paga 2, 3 o 5 dólares al día, la alternativa de esos obreros de países pobres no es conseguir un empleo mejor, sino quedarse sin trabajo y tener que recurrir a peores labores para subsistir. Las campañas contra las empresas multinacionales provienen de los sindicatos norteamericanos y europeos, lo mismo que de empresarios que temen no poder competir con los productos más baratos provenientes del tercer mundo. Ellos quieren aumentar, a como dé lugar, los costos de producción de los países pobres, si es posible con un salario mínimo mundial, lo cual sería devastador para los millones de obreros de países pobres, que convirtiéndose entonces su aporte en inferior al sueldo devengado, pronto se quedarían sin trabajo. Sólo si los empresarios de países pobres pueden tener ganancias e invertir parte de ellas en mejores maquinarias y en el entrenamiento de su personal, podrán los sueldos aumentar paulatinamente. Mientras tanto, la alternativa real para los muy jóvenes que trabajan en fábricas no es el colegio sino pedir limosna en la calle.
© AIPE
Walter Williams, profesor de economía de la Universidad George Mason y presidente de la directiva de la Fundación Francisco Marroquín.

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