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Medicina

Sanidad estatal y sanidad privada

Los defensores de la medicina estatalizada aseguran a veces que la atención médica es demasiado importante como para dejarla al mercado. Es el motivo de que algunos políticos estén instando a Estados Unidos a adoptar sistemas sanitarios como los de Canadá, el Reino Unido y las demás naciones europeas. Pero la sugerencia de que se está mejor atendido con más control gubernamental ni siquiera pasa el examen del sentido común.

¿Queremos que los empleados del Gobierno que dirigen el problemático hospital militar Walter Reed estén a cargo de todo nuestro sistema de salud? ¿Hasta qué punto le gustaría que las mismas personas que gestionan el departamento de tráfico, el sistema de educación pública, la Inteligencia exterior y otras agencias gubernamentales dirijan también nuestro sistema sanitario? Después de todo, ninguno de ellos está motivado por la búsqueda de beneficios, por lo que podrían ser de verdad personas maravillosas y desinteresadas.

En lo que a mí respecta, prefiero a personas motivadas por el ánimo de lucro para atender mi salud, personas a quienes les mueva lo mismo que a los que distribuyen bienes a mi supermercado, me hacen llegar los mensajes urgentes, fabrican mi ordenador y las aplicaciones que empleo en él, ensamblan las partes de mi coche y producen todo el amplio abanico de los bienes y servicios que utilizo.

No tiene absolutamente ningún misterio la razón por la que son peores los servicios prestados por el Estado que los que presta por el mercado. En éste último existen beneficios, pérdidas y quiebras que obligan a los productores a responsabilizarse de sus actos sin que los consumidores tengamos que hacer nada. Cuando los servicios los presta el Gobierno, no existe tal responsabilidad. Por ejemplo, las escuelas públicas han estado dando un servicio de baja calidad durante décadas. ¿Cuál es el resultado? Que las personas que las dirigen ganan salarios más elevados. Es casi imposible despedir a los incompetentes. Y los contribuyentes, que financian el servicio, se ven obligados a pagar más impuestos.

Nuestro sistema sanitario padece los obstáculos de la intervención gubernamental; la solución a sus problemas no pasa por aumentarla, sino por disminuirla. El tratamiento fiscal de los seguros sanitarios, donde las primas son deducidas del sueldo bruto de los empleados, explica porqué confiamos tantos en nuestras empresas para elegir y pagar al seguro. Dado que existe un tercero en discordia, tenemos pocos incentivos para comparar y utilizar los servicios de salud de manera inteligente.

Existen leyes que obligan a las aseguradoras a venderle un seguro médico a cualquiera que lo pida. Así que ¿por qué no esperar a estar enfermo antes de suscribir un seguro? Estas leyes tienen tanto sentido como dejar la casa sin asegurar hasta que ocurriera un incendio, y entonces asegurarse para cubrir los daños. Esas leyes elevan las primas de todos los demás. Después están los controles del gobierno sobre los precios, como el reembolso del programa Medicaid, cuya consecuencia práctica es que un número cada vez mayor de médicos es reticente a tratar pacientes de Medicaid.

Antes de adoptar un sistema sanitario estatal como los de Canadá o el Reino Unido, podríamos desear investigar un poco. El Instituto Fraser de Vancouver, radicado en la Columbia británica, publica anualmente Esperando turno. Su edición de 2006 ofrece los tiempos de espera de cada tratamiento desde el momento en que el médico de atención primaria deriva al paciente al especialista hasta que el especialista trata al paciente. El periodo de espera más corto era para oncología (4,9 semanas). El más largo era para cirugía ortopédica (40,3 semanas), seguido de cirugía plástica (35,4 semanas) y neurocirugía (31,7 semanas).

Según ha divulgado el Daily Policy Digest del National Center for Policy Analysisdel 28 de junio, el Departamento de Salud Pública de Gran Bretaña ha reconocido recientemente que 1 de cada 8 pacientes espera más de un año para cirugía. El fracasado sistema sanitario de Francia llevó a la muerte de 13.000 personas, la mayor parte de deshidratación, durante la ola de calor de 2003. Los hospitales dejaron de responder a los teléfonos y los auxiliares de las ambulancias decían a la gente que cuidara de sí misma.

No creo que a la mayor parte de los norteamericanos les guste una medicina más estatalizada en nuestro país. Dicho sea de paso, no tengo ningún problema con quienes quieren más socialismo. El problema surge cuando me lo pretenden imponer.

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