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En Venezuela ha habido un golpe… hace 18 años

Un gobierno demócrata no es aquel que se somete a elecciones; es el que está dispuesto a marcharse si las pierde.

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Está muy conmocionado todo el mundo porque en Venezuela ha habido un golpe de Estado. La prensa usa la expresión para titular sus editoriales; esos mismos donde antes se celebraba la "indiscutible" democracia venezolana, y en los que se oponía erga omnes la razón sagrada de que "el chavismo gana elecciones". Pero ahora les ha caído el níquel, y resulta que el régimen venezolano tenía aptitudes de dictadura. Vaya por Dios.

Venezuela es el ejemplo más acabado de cómo el concepto de democracia puede estirarse como un chicle para cometer todos los abusos contra la libertad, y de cómo una pandilla de militares resentidos puede dar un golpe de Estado en el que el hilo constitucional, en vez de quedar roto, sea usado como un cordel para estrangular a los ciudadanos. Y todo eso se ha hecho con la sofística del "poder popular" y de la "democracia directa", jaleada ya no digamos por la izquierda mundial, sino por todos los que gustan de hacer razonamientos tan consecuentes y sólidos como ese que propone Pablo Iglesias: que cuando una sociedad ha estado de cuenta de ladrones en corbata, basta con dar el gobierno a los que no la llevan para tener garantizado que no robarán ni abusarán del poder.

Unos tipos que hacen de Tribunal Supremo en Venezuela acaban de anular al Parlamento elegido por la ciudadanía; pero lo cierto es que ese espectáculo ya se había visto en 1999, cuando una Asamblea Constituyente propuesta por Chávez al margen de la Constitución se atribuyó el poder originario para demoler todas las instituciones republicanas y volverlas a crear a su medida. ¿Por qué nadie chistó entonces, aunque el Congreso que pereció bajo el poder de esa Asamblea también había sido votado por los venezolanos, en las mismas elecciones de donde Chávez salió presidente? Misterios de esa forma que tienen algunos de definir la democracia según el pensamiento lateral. Porque un Congreso y una Asamblea Constituyente no son, a fin de cuentas, más que un grupo de personas que han recibido un mandato de los ciudadanos para hacer algo: el Congreso para legislar, la Constituyente para redactar una nueva Constitución. Pero no: los chavistas que se organizaron en la Constituyente, apoyados en la verborrea demagógica de su líder, se las arreglaron para convencer a la gente de que ellos eran "el pueblo", exactamente como se pretende que en mayo de 2011 todo el pueblo español cupo en las tiendas de campaña que tiraron unos en mitad de la Puerta del Sol. Así que, a cuenta de pueblo, la tal Asamblea ocupó todo el Estado, que era fundamentalmente para lo que había sido concebida por el teniente coronel, ya que él no había logrado hacerlo cuando lo intentó unos años antes a punta de fusil. Y, bueno: como se suponía que la Constituyente recibía ese nombre porque debía redactar, además, una Constitución, aprovechó y redactó una. Una normalita; genéricamente liberal; que dejaba aquí y allá algún cabo suelto por si hacía falta; pero que en cualquier caso estaba hecha para que nadie pudiese decir que en Venezuela no había un Estado garantista. Y ciertamente no lo había, porque los chavistas ya tenían un control totalitario del poder y pensaban pasarse la Constitución por salva la parte. ¿Cómo? Pues con la interpretación, ya se ve; que para eso le habían puesto la mano al Poder Judicial.

Y sí, los grandes cuñados de la teoría democrática mundial, encantados con la Revolución bolivariana, repetían su mantra sobre las elecciones, que al principio ganaba Chávez. Andando el tiempo, comenzaron a hacerse las señoritas Rottenmeier y a recordar a los chavistas que convendría que las elecciones, además, fuesen limpias. Y esa apostilla tuvieron que meterla porque poco a poco salieron a la luz algunos curiosos fenómenos de la cacareada vida electoral venezolana, verbigracia: el gerrymandering, la persecución inquisitorial a los que firmaban peticiones de referendos revocatorios, la presión sobre los funcionarios públicos para que votaran al Gobierno, la nacionalización masiva de chinos para acrecentar la masa chavista, la súbita muerte de los opositores en el censo electoral, etc., etc., etc. Pero, quizá por obvio, todo el mundo pasó por alto cierto principio elemental sobre la cuestión del voto, que es este: un gobierno demócrata no es aquel que se somete a elecciones; es el que está dispuesto a marcharse si las pierde.

El chavismo no tuvo jamás esa disposición, y sus líderes no lo han podido decir más claro. Sin embargo, vivimos en un tiempo en el que el cinismo se ha convertido en seña de talento político, y nadie da por supuesto, en ninguna parte, que las palabras de un gobernante puedan servir para acusarlo de nada. Por eso, para la comunidad internacional comprada con petrodólares, el chavismo era puro espectáculo, fanfarronería, exuberancia tropical; pero ¡hombre!: todos los demócratas tienen sus cinco minutos al día de creerse Napoleón, y no hay que tomárselos en serio.

Por otra parte, mal podía pedirse a los de fuera que reconocieran una dictadura, cuando los propios venezolanos tuvieron siempre la manga tan ancha para hacerlo, líderes opositores incluidos. ¿La razón de esta indulgencia? Hay varias, yo creo, y algunas caen en el complejo campo de la psicología social; pero entre todas hay una que descuella, y es que el chavismo ha cegado todos los medios para la supervivencia del ciudadano honrado, pero en cambio se los ha facilitado todos si se muestra bien dispuesto al delito, a la irregularidad y, por supuesto, a compartir el botín con la Revolución.

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