Menú

¿Y ahora que son radicales, qué?

El extremismo proclamado de Iglesias no es sino la voluntad de convencer a los españoles de no hay más que dos escenarios: o el conflicto o el gobierno de Podemos.

0
Flickr

Pues bueno: ya Pablo Iglesias ha sacudido las melenas, ha puesto en fuga al macho beta y ha circundado Podemos con la micción de su dominio, haciendo ver que se trata de un partido de izquierda radical. Nada de transversalidades, ni de indeterminaciones socialdemócratas, ni de blandenguerías burguesas. Esta semana los periódicos descubrían la primera consecuencia de esa clarificación en el amago de trifulca que hubo en el Congreso, y daban una imagen de ese Iglesias renovado que recordaba un poco a la famosa foto de la Callas en la Medea londinense del año 59, transformada en una Furia mitológica. "El Congreso puede convertirse en una gallera", advierte Raúl del Pozo, pero lo que uno se pregunta es si el programa radical va a limitarse a eso, o si tiene previsto algún otro itinerario para lograr su ansiada conquista dello Stato.

La cuestión es que la gente ya no puede ver a Podemos más que como un partido (¡vamos!, si algo dejó claro Vistalegre II fue eso: que es un partido, con gran sentido del organigrama, y donde el que se mueve no sale en la foto). Las tesis de Errejón han sido declaradas heréticas, y el teórico del concordismo con las instituciones representativas ha sido laminado (según ahora se ha puesto de moda decir, como si se tratase de preparar un carpaccio de político); pero total es que las esperanzas de Iglesias son las de suceder al PSOE en el liderazgo de la izquierda nacional, y el problema es que aspira a hacerlo con el perfil adecuado para suceder, en cambio, a Izquierda Unida. Existe, pues, una inadecuación esencial entre los medios y los fines del caudillo de la coleta, y los escenarios que se le plantean son harto contradictorios.

El peor de ellos, por lo que toca a la suerte de este país, es que la gente siga despistada en cuanto al verdadero cariz de Podemos. Si las teorías de Errejón eran ciertas y los éxitos del partido morado se habían debido a aquellos ingenuos que no llegaron a ver en él ninguna amenaza para la democracia, vaya usted a saber si ahora, después de aullar el lobo, se van a creer que lo tienen cerca. Para un tirano que busca amedrentar y meter miedo sería bastante patético acabar resultando simpático; pero el que todavía aspira a llegar al poder puede salir en cambio beneficiado por esa humillante simpatía, en la medida en que se traduzca en votos. Quién sabe si Iglesias lleva marcada en la frente la estrella de Forrest Gump y el éxito le llega de carambola, por su incapacidad para convencer a la audiencia de que su golpismo y su pasión antisocial son verdaderos.

Con todo, ese no parece ser el escenario con el que sueña él. Lo que Iglesias querría, claro está, es que toda la montaña electoral se desplazase hasta el punto desde donde la invoca este nuevo Mahoma del eurochavismo. Él se tiene en la suficiente estima como obrar ese prodigio, y conseguir que, aniquilado el PSOE, los españoles no distingan más colores que el azul de Rajoy y el rojo de Kim Jong-un. A Dios gracias, el narcisismo de Iglesias es capaz de convencerlo de que puede fiarlo todo al atractivo de sus feromonas, y de que ni siquiera es necesario que haga nada más, porque, dejándose ver de tanto en tanto en televisión, llegará el día de las elecciones y la gente no podrá sino pensar en Rajoy, compararlo a continuación con el irresistible batir de la coleta, y decidirse a poner este país de vuelta y media. Que Iglesias se resolviese por acomodarse en esta postura sería la mejor noticia para España, porque al fin el amado líder no haría sino estrellarse contra los que han sido siempre sus mayores fardos como político: la arrogancia y la autocomplacencia. Ensoñado en ellos, los resultados electorales acabarían tirándolo del burro y llevándolo a preguntarse una vez más, atónito, qué pudo haber fallado.

Pero no hay que despreciar el espíritu de gresca con el que el revalidado Iglesias ha vuelto por sus fueros. El caldear los ánimos, el buscar la polarización, el recurrir a las pasiones exaltadas es un método de probada eficacia cuando se quieren derrocar las formas de la legalidad constitucional para imponer el decisionismo, según la expresión de ese Carl Schmitt al que ahora le salen tantos adoradores por la izquierda. El extremismo proclamado de Iglesias no es sino la voluntad de convencer a los españoles de que para este país no hay más que dos destinos posibles: o el conflicto, o el gobierno de Podemos. Y, como no sería demasiado incitante ni bonito dar pistas sobre lo que habría de ser verdaderamente un gobierno de Podemos, es más probable que estén decididos a darnos a entender lo que sería el conflicto.

En España

    Recomendado

    Lo más popular

    1. Así manipuló el Frente Popular las elecciones de febrero del 36
    2. 'GH VIP': El descuido de Aylén en directo y las primeras finalistas del programa
    3. Muere la periodista Paloma Gómez Borrero
    4. Las mentiras de 'La Razón' sobre Murcia
    5. El expresidente de Murcia deja el PP con graves acusaciones contra Rajoy
    0
    comentarios

    Servicios