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El Papa en Cuba

Carta a mi madre muerta en el exilio

Mamá, esta es la carta más difícil que voy a escribir en mi vida. No solamente porque tú no podrás leerla nunca, sino además porque al escribirla estoy diciéndote que, pese a tu valiente anticastrismo, sostenido hasta el último segundo de tu existencia, te equivocaste –como muchos cubanos– al creer que tu iglesia, la iglesia católica, estaba de tu parte, de parte del pueblo cubano.

Me da un profundo dolor contarte esto que he visto hoy. He visto al Papa, al sumo Pontífice, Benedicto XVI, representante de los cristianos en el mundo, y de la iglesia que tú amabas, y por la que tanto tuviste que padecer como católica, darle la mano al Diablo, a Fidel Castro. Al hombre que persiguió a tantos creyentes, que expulsó a curas y a monjas de Cuba, y que persiguió y encarceló a los cristianos. El Papa en persona tomó las manos del Diablo entre las suyas, tomó las manos del hombre que tanto injurió a los católicos, que mandó a entrar a sus tropas en las iglesias sin importarle la profanación de los templos con su extrema violencia, que fusiló a inocentes los que morían gritando: ¡Viva Cristo Rey!

Me dirás que ésa es la fuerza de Dios, el perdón. Pero no puedo entender ese perdón hacia un tirano, no puedo comprender ni lo haré nunca, que hoy se haya reunido con esa familia que tanto ha dividido a las familias cubanas, que expulsó a casi tres millones de cubanos al exilio, que ha obligado a prostituirse a sus jóvenes, que ha abusado de la infancia y de la vejez, que ha destruido un país y su cultura. No puedo entender que el Papa, para colmo, no haya tenido un minuto para las Damas de Blanco, que no haya deseado ver a la oposición, sólo sea por tener un gesto de paz, un gesto de valentía y de resistencia. Hoy, mamá, el comunismo le ganó a tu iglesia, y volvió a burlarse de ella, y de todos los cubanos. El Diablo volvió a llevarse la mejor tajada, y eso lo ha permitido la iglesia. Eso lo consiguió el peor de los culpables, el cardenal Jaime Ortega y Alamino, el que tú creías que era una persona decente, de fe y verdad, que haría mucho por los cubanos. Lo que hizo fue traicionarnos, negociar suciamente esa visita, pero mucho antes negoció el destierro de los presos políticos. No es una persona de fe, ni mucho menos de verdad.

Recuerdo ahora tu lucha, y la de abuela, para que mi primo y yo asistiéramos al catecismo, en la iglesia de La Merced donde hice la comunión, y la confirmación en la iglesia del Espíritu Santo. Recuerdo cómo nos apedreaban la mayoría de las veces que salíamos de misa, y cómo debíamos entrar a escondidas por la puerta del Refectorio. Y el Padre Gaztelu nos recibía con su pelo teñido con papel carbón, nos daba una escuálida merienda y las felicitaba a ustedes en un murmullo por insistir en darnos una educación religiosa, cuidándose de que no lo oyeran.

Tan contentos estaban los sacerdotes con nosotros que me dejaban pescar guajacones en la fuente del patio del convento de La Merced, con un jamo casero y encerrarlos en un pomo, para volverlos a tirar al estanque. Me permitían patinar en la iglesia, en las horas en que estaba desierta, y hablar con Santa Flora con su puñalada en la garganta; era la época en la que muy pocos se atrevían a volver a los templos. Y el hermano Raúl nos daba clases de canto, y de piano. Lo que provocó que en un matutino de la escuela me equivocara y en lugar de entonar un himno castrista me desgalillara con mi voz agudísima: "Tu mirada dulce y pura, llena al triste de contento: Ay, no dejes tierna madre, de mirarnos ni un momento. Bendícenos..." Ahí mismo la maestra me dio un reglazo en la boca que todavía recuerdo el ardor que me produjo y la humedad dulzona del hilillo de sangre.

Cuando iniciaron a los niños a los siete años como pioneros comunistas, a mí y a otras tres niñas y a un niño, nos apartaron de la fila. Allí estaba abuela, atenta, sus ojos azules rojos de ira. La maestra dijo que estos niños no podían ser pioneros porque eran creyentes y no recibirían la pañoleta de pionero comunista. El director de la escuela, viejo amiga de Julio Antonio Mella, Jesús Escandell Rey, se aproximó a mí e inquirió: "¿De quién quieres ser hija, de Dios o de Fidel?" Yo no sabía qué responder, para colmo mi padre no vivía con nosotras, y yo ansiaba tener un padre. Miré a mi abuela y ella me hizo un signo con los dos dedos, índice y del medio, como un número dos, entendí yo, y respondí: "De los dos". "Eso complica las cosas, dijo el director, pongamos que sólo podrás ser hija de Fidel", y anudó a mi cuello la pañoleta azul y blanca, que eran los colores de entonces, luego vino la pañoleta roja. Cuando salimos del acto mi abuela no paraba de regañarme, ella lo que había querido hacer era el signo de victoria, de que habíamos ganado resistiendo. Pero yo no había resistido, yo no había comprendido, yo había flaqueado. Yo ahora era pionera. La iglesia, al menos el padre Gaztelu, entendió y solo nos pidió que cuando saliera de la escuela directo para la iglesia que no entrara con la pañoleta, que no olvidara de quitármela. Nunca lo olvidé.

Hice la comunión, la confirmación, y continué hasta el segundo año de catequista, sólo porque tú querías y abuela también, que resistiera a la vulgaridad cotidiana que nos rodeaba con otro tipo de educación y de aproximación a la vida. Ser católica se convirtió en una forma de resistencia secreta. Sin embargo, en cuanto pude decidir por mí misma me alejé de la iglesia y asistía solamente cuando necesitaba de la soledad del templo, cuando me urgía recogerme en silencio para pensar y refugiarme en otro mundo, pero los rigores del adoctrinamiento comunista exigían mucho tiempo de todos nosotros. Tú seguiste asistiendo a la iglesia, con una fe a prueba de todo; pero a los cuarenta y tantos años caíste en una profunda depresión y pese a que dejaste de asistir con asiduidad a misa después que abuela se murió, seguiste creyendo en dios, en la madre de dios, en la virgen de la Caridad, y visitabas entonces tres o cuatro veces por año la iglesia donde me bautizaste, la de la Caridad, en la calle Salud, de donde recientemente la policía expulsó a un grupo de opositores con la anuencia y complicidad de los sacerdotes.

Estuviste en la gran manifestación de opositores en la iglesia de Reina en los años noventa, de allí te sacaron a empujones y porrazos y corriste loca de miedo acompañando a la madre de un disidente, que habías conocido en la iglesia. Con ella salías por las noches a marcar en las puertas consignas anticastristas, tú escogías casi siempre la misma, la que más te gustabas garabatear a toda prisa: ¡Viva la madre de Dios! ¡Abajo el comunismo! Eso lo hiciste hasta que tu amiga murió (me lo contabas por cartas), y hasta que pudiste salir al exilio y reunirte con nosotros. Aquí, en el exilio, me pediste ir a rezar a la iglesia de la Miraculeuse, en la rue du Bac, allí fuimos a menudo hasta que enfermaste. Allí le recé a la Milagrosa que no permitiera que sufrieras demasiado. Allí también me anunciaste que deseabas una ceremonia cristiana, católica, para el final de tu vida. Y así fue. Al morir te hice una misa cantada en la iglesia de nuestro barrio, en Saint-Paul. Donde mismo llevé a mi hija a que hiciera la comunión y la confirmación, solo porque tú me lo habías pedido, "mira, que la niña se había bautizado en Cuba" y sería idiota que no continuara cumpliendo con los santos sacramentos.

Recuerdo el bautizo de Luna, en la iglesia del Sagrado Corazón, en el Vedado, por nada vamos presos, porque el padre Anselmo empezó a gusanear en contra del régimen, y a pedirnos que despertáramos y que teníamos que luchar por nuestra libertad, yo apreté a la niña contra mi pecho, porque todos los que allí estábamos bautizando a nuestros hijos esperábamos que sucediera lo peor, ya que no era la primera vez que por la misma razón la iglesia se llenaba de policías que arremetían a palos en contra de la gente. Ese día por un tilín no sucedió nada, pero el padre Anselmo no duró demasiado en La Habana, lo expulsaron poco tiempo después. Eso fue, como recordarás, en el año 1994. El año de la Crisis de los Balseros, las iglesias se llenaron de cubanos, que lloraban por sus seres querido, los que se marchaban en balsas hechas con nada hacia un destino incierto, pero lo preferían antes que quedarse en otro destino todavía menos cierto. Ricardo filmó todo aquello, de ahí salió su documental Fiel Castro, al final vemos esas imágenes tan tremendas de todo un pueblo llorando en la iglesia de la virgen de Regla. Y faltó una imagen, o tantas, pero sobre todo aquella en la que Ricardo le preguntó a una mujer con un bebé en brazos, de la misma edad que nuestra hija, si no tenía miedo. Ella lo miró con los ojos aguados y le dijo que ninguno, que no tenía ningún miedo: "¿Ellos no dicen que Patria o Muerte? Pues yo prefiero irme p’a la Muerte". Y ayudada por otras personas se subió con su bebé en brazos a una balsa que se perdió en la oscuridad de la noche. Los cantos a la virgen mambisa, a la Caridad del Cobre, y también a la virgen de Regla, cantos católicos y yorubas fueron alejándose devorados por el bramido de las olas.

Por aquellos días tú no dejabas de encender tu mocho de vela (la que te tocaba por una casilla de la libreta de racionamiento), de darte tus viajecitos a Regla, y de rezar. También rezaste mucho para poder salir al exilio, donde viviste poco tiempo, donde enfermaste y moriste con una muerte digna, la que tú quisiste, una muerte cristiana que yo te procuré.

Mamá, siento decirte que esa iglesia que tanto quisiste, en la que tantas esperanzas pusiste, te traicionó hoy. El cardenal Ortega ha dicho que debemos desear la reunificación de todos los cubanos, yo sé que tú no habrías querido reunificarte con los que tanto nos han hecho padecer, con los que nos han humillado y expulsado de nuestro país, con los que albergan un odio y una infinita vileza. "Perdonad", ha repetido el Papa en su misa, en la Plaza de la Revolución, con la efigie del asesino de La Cabaña a sus espaldas, el Che Guevara. ¿Perdonar al tirano, a toda su estirpe? No, tú no lo hubieras creído ni en la peor de las pesadillas. Pero lo que sí no hubieras soportado es ver a tantos infieles disfrazados, a tantos castristas abarrotando las sillas y los espacios donde debieron sentarse los verdaderos cubanos. Los verdaderos cubanos estuvieron desaparecidos, encarcelados, apaleados, vejados. Los verdaderos católicos no pudieron presenciar esas misas Papales, no los dejaron, porque los verdaderos católicos fueron reprimidos con la aprobación y la colaboración de la iglesia, de su cardenal, y del Sumo Pontífice, que prefirió darle media hora al tirano antes que reunirse un minuto con las Damas de Blanco.

Mamá, lo siento, te equivocaste con la iglesia. Es tarde para que cambies de religión o para que te vuelvas atea, como me volví yo aquella tarde tras un pesado cortinaje de terciopelo morado en que comprendí el engaño de toda esa parafernalia, aunque lo asumí como educación complementaria. Mamá, me da mucha pena que estés debajo de esa tumba de mármol con un crucifijo encima. El crucifijo que tú querías y que mi amiga Enaida tanto zancajeó para encontrártelo. Lo siento, mamá, pero mañana mismo voy a arrancar el crucifijo de la tumba y botarlo a la basura. Y si la virgen, en la que sigo creyendo, esa virgen mambisa que tanto tú has amado y que me enseñaste a amar, me castiga, pues bueno, creo que ya hemos afrontado buena parte de ese castigo o de esa prueba. Pero si Dios ha permitido que su representante en la tierra sostenga entre sus manos las manos del representante del Mal, creo que se está verdaderamente pasando ya de la raya con el caso de los cubanos. Y si perdonó al Demonio, no tiene ninguna razón para castigarme a mí. Pero esa cruz te la quito de encima mañana mismo.

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