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Columna publicada el 22-08-2002
Recientemente, la revista The Economist, al trazar un perfil sobre la figura del subsecretario de defensa americano, Paul Wolfowitz, considerando que el acostumbrado término de halcón no le hacía justicia, le denominó el velocirraptor. Wolfowitz, que, como el saurio de la película de Spielberg, ataca siempre y ataca al cuello, seguramente gustó de la comparación.
La imagen señala bien la audacia y agresividad con la que actúan los neoconservadores americanos. Éstos, un grupo reducido y cohesionado de gentes afines, nacieron para la política en la izquierda intelectual de los demócratas, partido del que se alejaron progresivamente a causa de su derrotismo en Vietnam, su apaciguamiento de la URSS en la guerra fría, y su inclinación propalestina en los 70. Con Reagan, se pasaron en masa a los republicanos, que les aceptaron por el rigor y la tenacidad que traían consigo.
Derrotado el comunismo, la coexistencia pacífica entre ambas facciones del conservadurismo se rompió. Los tradicionales (ahora paleoconservadores) propugnaban la reducción de los compromisos internacionales de Estados Unidos para aprovechar, tal como enseñaban los padres fundadores, el espléndido aislamiento que les otorga su posición central en el continente-isla, con una frontera sólo amenazada por las legiones de pobres centroamericanos. Tal como afirmaba el best-seller del paleo Pat Buchanan, Estados Unidos debía ser “A Republic, Not an Empire”, ya que el Imperio requiere un poder centralizado, altos impuestos y la movilización permanente. Es decir, el fin del sueño americano.
Los neocons no querían saber nada de eso. En un estudio auspiciado por el Pentágono para trazar la gran estrategia americana en la posguerra fría, Paul Wolfowitz afirmaba que Estados Unidos debería consolidar su predominio en el mundo e impedir “que las naciones industriales avanzadas desafíen su liderazgo, e incluso aspiren a un papel mundial o regional más importante”. Con ese fin, Estados Unidos debería mantener su protectorado militar en Europa y Asia Oriental, y evitar que en aquellas regiones del planeta con importantes recursos tecnológicos, humanos e industriales surgiera un poder unificado que pudiera desafiar a América. Ello requería conservar lo que la jerga militar americana denomina Full-spectrum Dominance. Columnistas afines lo argumentaron diciendo que Estados Unidos tenía el deber moral de ejercer ante el mundo la hegemonía benevolente.
George Bush Jr., que había hecho una campaña electoral en la línea paleo, prometiendo una política exterior humilde y poco intrusiva, incluyó a varios neoconservadores en su administración. Tras el 11-S, el viento sopla a su favor, y pretenden aprovechar el momento para llevar la Fuerza Aérea al espacio, la OTAN a Lituania y la guerra a Irak. Según ellos, se sentarán así las bases de un nuevo siglo americano. Según los críticos, precipitarán el colapso de un Imperio ya demasiado extenso. Y nosotros que lo veremos, pues la prudencia no es un valor en alza hoy en Washington.
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