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Columna publicada el 24-03-2003
En contra de lo que pudiera parecer, la libertad no está reñida con la lealtad, ni tampoco con la gratitud. Antes al contrario, en algunas circunstancias, la lealtad y la gratitud son quizá la mejor prueba de independencia e integridad de una persona. Sobre todo cuando quien antaño nos ha favorecido atraviesa horas difíciles.
Nadie discutirá a Manuel Pimentel su derecho criticar primero y abandonar después al partido y al gobierno que le confió el ministerio de Trabajo –de cuya salida fue él mismo el responsable, al verse salpicado por las corruptelas de uno de sus colaboradores. La lealtad jamás debe extenderse hasta la anulación de las propias convicciones. Y cuando se cambia de opinión o cuando no se comparte , por los motivos que sean, la opinión mayoritaria del grupo del que se forma parte, es el momento de despedirse cordialmente de los demás compañeros y de tomar otro camino diferente.
Sin embargo, cuando se ha sido depositario de la máxima confianza por parte del grupo que se abandona, existe un deber ético de lealtad y gratitud con los antiguos compañeros por esa confianza, cuya expresión más evidente –a no ser que se trate de delincuentes o criminales– es tratar de no perjudicarlos con nuestra defección ni aprovechar la notoriedad que proporciona nuestra antigua posición para unirnos inmediatamente al coro de críticas de sus enemigos, al menos mientras nuestros ex compañeros estén atravesando momentos difíciles.
Por ello, no puede decirse que Manuel Pimentel, que anunció el pasado domingo su baja en el PP con un artículo publicado en la prensa andaluza –antes, en los medios de Polanco y en un libro de título pretencioso (Qué piensa Pimentel), ya había criticado la nueva Ley de Extranjería calificándola de inconstitucional y promotora del racismo, y había justificado los intentos de Ibarretxe de romper la Constitución por el “acoso” de Aznar–, se haya conducido con la lealtad y la gratitud que correspondían a un ex ministro y alto cargo del partido. Anunciar a bombo y platillo su baja en el PP para jalear inmediatamente, con la excusa de su oposición a la guerra, a quienes promueven el acoso la agresión y el insulto a sus ex compañeros, así como el ataque a las sedes de lo que hasta ayer mismo era su partido, reúne, al menos en apariencia, todos los ingredientes de una traición, perpetrada en el momento en que más daño puede causar al partido que abandona.
Ni qué decir tiene que el PP ahorrará molestias e inconvenientes con la salida de Pimentel de sus filas. Pero de lo que no cabe duda es de que el ex ministro de Trabajo, por respeto a sus ex compañeros, podría al menos haber sido un poco más discreto, manteniendo este asunto alejado de las cámaras en la medida de lo posible. Cuando Jorge Verstringe, después de ser delfín de Fraga, cambió de fe política, al menos tuvo la delicadeza de dejar pasar algún tiempo antes de convertirse en “becario” de Alfonso Guerra.
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