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Columna publicada el 01-11-2003
Resulta gracioso el escuchar, de vez en cuando, a los mismos que dominan el discurso en la práctica totalidad de los medios de comunicación españoles hacerse las víctimas del que denominan “pensamiento único”. Es como tener que aguantar a Ibarreche y sus socios quejarse de la opresión de los que llevan escolta. Nuestro pensamiento, único en el sentido de ser el único que funciona, ha logrado poco a poco y por la vía de los hechos hacerse un hueco en la información nacional. Pero es en las secciones de internacional donde el socialismo tiene carta blanca; en el resto del mundo todo lo malo viene del capitalismo salvaje e indecente, y nos lo tragamos porque no podemos contrastarlo con nuestra realidad diaria. Tomemos dos ejemplos recientes.
Todos los noticiarios abrían las noticias con las revueltas de Bolivia, dirigidas por castristas y terratenientes del narcotráfico. La causa aducida eran las reformas neoliberales, que habrían provocado mucha pobreza. Sin embargo, las reformas liberales llevadas a cabo durante los 80 salvaron al país del desastre. En 1985, el PIB se había reducido a un quinto de lo que había sido cinco años antes, y la inflación estaba en el 23.500%. Una minucia. El cambio de rumbo político permitió que el país volviera a una senda razonable.
Sin embargo, varias de las medidas que han provocado esta violencia campesina, eran bien poco liberales. Losada incrementó el impuesto sobre la renta, se dedicó a privatizar el agua en régimen de monopolio protegido por el Estado y usó la fuerza militar para acabar con los campos de coca, sin tener ningún plan de sustitución viable. Pero era neoliberalismo, cosa mala. No tocar.
Lo de Suiza ha sido aún peor. La misma agencia EFE se dedicó a resaltar, abdicando de su supuesta objetividad, la alarmante subida de la extrema derecha xenófoba en ese tranquilo país. Las propuestas sobre inmigración de la temible UDC se limitaban a exigir un contrato de trabajo para entrar en el país y negar las ventajas del Estado del Bienestar a los recién llegados. Hay que recordar que, en la Grecia clásica, sólo se podía ser residente de Atenas si un ciudadano de la ciudad se hacía responsable de tus actos e, incluso, se le exigía una tasa a dicho “tutor”. Y la ciudadanía sólo se otorgaba por grandes servicios, como luchar en una guerra. Pero ya se sabe que Pericles era un peligroso fascista.
El Mundo indicaba, al hacer un retrato de su líder Christian Blocher, que era un “ultraliberal fundamentalista” y portavoz de la oligarquía bancaria. Pero sus recetas forman parte de un ideario liberal clásico, incluyendo desde luego la conservación del secreto bancario, pero también la salida de la ONU, el santo temor a entrar en la UE, la potenciación de las reservas de oro, la bajada de impuestos, la reducción de los programas sociales y, sobre todo, la devolución de la responsabilidad social al individuo. Pero, claro, eso es cosa mala, de modo que se le llama ultraliberal que suena peor. No tocar.
Pero Evo Morales no es ultracomunista, ni ultracastrista, ni neonarco. Es un dirigente campesino. Y la fuente única de El Mundo para hacerse un retrato de Blocher, Jean Ziegler, es un ex-diputado socialista. No un radical proyihad ni nada parecido.
Daniel Rodríguez Herrera es editor de Programación en castellano.
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