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Columna publicada el 05-01-2004
Las autoridades egipcias, y las francesas, intentan convencerse y convencernos de que el avión charter de la empresa turística egipcia Flash Group que se estrelló en el Mar Rojo, con 148 personas a bordo, fue víctima de un accidente y no de un atentado. Transportaba a 129 turistas franceses que habían pasado las fiestas que se concluyeron trágicamente en la Marbella egipcia, Charm el-Cheik. El turismo es un negocio importante para Egipto, pero sabido es que los terroristas islámicos atacan a los turistas infieles, en ese como en otros países. Por lo tanto, si se trata de un atentado, los egipcios intentarán ocultarlo para no comprometer más su turismo.
Afirman que se realizaron los habituales controles de seguridad, pero fácil es imaginar que un terrorista suicida, un miembro de la tripulación, por ejemplo, se ha podido colar en el avión con explosivos. Además, sin ser especialistas en temas de aviación, me ha llamado la atención el hecho de que el aparato hundido en el Mar Rojo esté en mil pedazos, y que los cadáveres que se han encontrado, no sean cuerpos enteros, sino trozos. Sí, es horrendo, pero así es y eso indica una explosión, y si hubo explosión, imposible descartar la tesis del atentado. No se puede negar que el terrorismo islámico internacional ha logrado crear una psicosis de miedo en torno a los viajes en avión, con sobrados motivos, ya que los aviones han sido uno de los blancos predilectos de ese terrorismo, antes y después del 11 de septiembre, cuando fueron utilizados como bombas criminales.
Esa psicosis es menos fuerte en Francia, porque muchos consideran que les protege el que su país sea “amigo de los árabes”, y claro, se equivocan. Para capear la tesis del atentado, se acusa a la compañía de charter egipcia, Flash Aerolíneas, de no respetar las normas internacionales de seguridad. Desde luego, también hay motivos para ello, y nos enteramos de que Suiza había prohibido sobrevolar su territorio a esos aviones-basura, y había informado a los demás países europeos de los motivos de esta decisión. Como la mayoría de las víctimas son francesas, el ministro de Transportes, Gilles de Robien, no cesa de tartamudear por radio y televisión que sus servicios de control aéreo lo habían controlado todo sin encontrar fallos. Si se trata de un accidente, debido a la incuria, quedan dos soluciones, o bien el ministro miente, o bien sus servicios no sirven para nada.
Habrá que esperar a que se encuentren las “cajas negras”, y que sus informaciones no sean censuradas por las autoridades egipcias. A menos que salga en los próximos días un comunicado de los Hermanos Musulmanes, o de Al Quaida, revindicando el atentado. Puede que no lo hagan, por ahora. Después de todo, Libia y su tirano Gadafi, recién invitado al Jockey club, tardó años en reconocer que habían puesto bombas en dos aviones de líneas comerciales, uno norteamericano y otro francés. Con lo cual se demuestra una vez más que la “gran política árabe” de Francia, no les protege de nada. Al revés.
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